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Los problemas que pretende
resolver la reflexión teológico cuerpo-alma son
principalmente cuatro: 1. ¿De dónde procede el alma del
individuo? 2. ¿Hasta qué punto individualiza el alma a
cada ser humano concreto? 3. ¿Qué ocurre en su muerte?
4. ¿Qué significa resurrección de los muertos?
Intentemos esbozar cómo podría ser una respuesta:
1. ¿El alma individual creada
por Dios? En la dogmática se contraponen dos puntos
de vista: generacionismo y creacionismo. El
generacionismo sostiene que el alma y el cuerpo de
cada feto los proporcionan los padres al engendrarlo;
según el creacionismo, los padres no engendran
más que el cuerpo, mientras el alma del embrión es
creada actu por Dios. La Iglesia oficial está
claramente a favor del creacionismo. El Catecismo de
la Iglesia Católica enseña aún que «cada alma
espiritual es directamente creada por Dios -no es
producida por los padres- y que es inmortal: no perece
cuando se separa del cuerpo en la muerte y se unirá de
nuevo al cuerpo en la resurrección final» (n° 366).

La fundamentación teológica incide
en que de otra manera no podría darse la personalidad
individual del ser humano, ya que este principio formal
propio de cada individuo no puede atribuirse al poder
generativo de los padres. Esto supone la tesis de que en
todo caso sólo la formación del cuerpo ha seguido el
proceso evolutivo, no la hominización en
conjunto.
Como observó Karl Rahner hace unos
cuarenta años, el creacionismo implica que Dios no es
verdaderamente creador, sino a lo más actúa como
demiurgo en concurrencia con la causa segunda,
degenerando así él mismo en causa segunda. Si se
pretende evitar esto, se debe situar totalmente el acto
de la generación del individuo en el proceso generativo.
En él los padres vienen facultades por Dios como causa
primera, para reproducirse de tal modo que no solamente
nazca un ejemplar más de la misma especie, sino uno
nuevo, es decir, un ser humano único, individual,
personal.
Se repite el proceso de la primera
hominización. En un punto determinado del proceso de la
evolución, ocurrió la constitución iniciada por Dios de
una creatura como su tú personal, que el Génesis designa
como imagen de Dios. Al ocurrir esto,
surgió el primer ser humano. Cuándo, dónde, cómo se
diferenció, sobrepasa los actuales conocimientos
históricos. Además, teológicamente, resulta de poco
interés. Lo que hemos descrito es un acontecimiento
transempírico y, a la vez, sumamente real, que puede
pensarse independientemente de todo modelo
antropológico, dado que lo específicamente humano no es
el alma, sino el ser persona del ser humano entero.
2. ¿Alma asexual? Agustín y
otros Padres de la Iglesia pretendían zanjar el dilema
entre el patriarcalismo cultural y la equivalencia
bíblica de los sexos atribuyendo el primero a la
diversidad corporal y la otra al alma indiferenciada. En
la misma línea, R. Schulte cita las palabras de Franz
Ebner fundador del personalismo: «En la espiritualidad
de su existencia, el ser humano no es varón ni mujer».
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El debate teológico
cuerpo-alma
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Esta perspectiva es inaceptable.
Pues, aun entendiendo al ser humano primariamente como
unidad de alma y cuerpo, no responde a la vivencia
originaria del yo individual, que, como sexual, se
experimenta determinado sólo por su anatomía. Hoy
sabemos además que la sexualidad biológica no se agota
en la conservación y propagación de la especie, sino que
es y ha de ser expresión de la inclinación y amor humano
en todas sus dimensiones. Lo contrario es como si se
definiera el apretón de manos en un encuentro por un
simple movimiento de brazos.
Con mayor razón la tesis del alma
asexual no se sostiene, si ser persona constituye la
esencia del ser humano y le caracteriza como un todo.
Teológicamente en esto consiste la comunicación con
Dios, ampliada a la comunicación corpóreo-anímica con el
mundo y con los demás seres humanos, igualmente seres
comunicativos y con parecidas relaciones. Claro que en
tal comunicación interviene el cuerpo, desde la
insinuación por un simple gesto o el apretón de manos
hasta la compenetración sexual, pero si es realmente
comunicación humana, es un actus humanus y
no un mero actus hominis y, en consecuencia, su
sujeto es propiamente el yo apostrofado. Este es
-hablando de nuevo en lenguaje teológico- creatura de
Dios, quien nunca ha creado un ser humano asexual. No
existe jamás el ser humano, sino siempre únicamente un
varón o una mujer. Lo que puede afirmarse de un varón o
de una mujer se enraíza en su respectiva humanidad
individual, también su sexualidad. El aspecto anatómico
y biológico no es más que una manifestación de su
realidad antropológica.
3. ¿Alma inmortal - cuerpo
mortal? Desde fines de la edad antigua, el principal
ámbito en el que se desarrolló la antropología teológica
y, por consiguiente, el debate cuerpo-alma fue la
escatología. Esto no puede sorprendernos. Pues, ante el
hecho frecuente de la muerte, se palpaba que el ser
humano constaba de dos piezas, una de las cuales seguía
allí, ni que fuera por poco tiempo, mientras que la otra
-en opinión común- continuaba existiendo, ya que era de
naturaleza espiritual y, por tanto, indestructible: no
moría el ser humano, sino el cuerpo
humano.
Cierto que la doctrina cristiana
desplazó los acentos: la inmortalidad del alma se
consideraba un don gratuito de Dios. La ausencia del
cuerpo se entendía como carencia y no como ansiada
liberación. únicamente al unirse con el cuerpo el último
día volvería el alma plenamente a sí misma. La
resurrección del cuerpo, idéntico al cuerpo terrenal
era, pues, un correctivo esencial. Sin embargo, la
doctrina cristiana no cambió nada del dualismo tan
fundamental como problemático de esta concepción: ¿cómo
puede ser feliz o infeliz el alma incorpórea en ausencia
del cuerpo, que le pertenece esencialmente?
Estos problemas desaparecen al
considerar -con la Biblia- la personalidad como
expresión esencial de la antropología cristiana. Quien
entra en la existencia como creatura, es este ser
humano; luego, quien se va de este mundo debido a su
mortalidad, no puede ser más que este ser humano.
La muerte es, en consecuencia, la muerte de este ser
humano en todas sus dimensiones, ya que el ser
humano es mortal. Esto plantea inmediatamente la
pregunta sobre el significado del artículo de fe
«resurrección de los muertos».

Pero antes conviene llamar la
atención sobre la aplicación médica de la
temática cuerpo-alma. Pensemos en el problema de la
certificación de la muerte, de suma importancia en
el transplante de órganos. En casi todos los países se
acepta legalmente como decisiva la muerte cerebral. Se
considera que ha llegado la muerte cuando todas las
funciones cerebrales se extinguen irreversiblemente, y
esto es constatado al menos durante media hora por la
línea cero de/ EEG y la paralización de la
circulación sanguínea cerebral. En el esquema
cuerpo-alma ¿puede hablarse realmente de muerte cuando
todavía se dan procesos biológicos corporales
(circulación sanguínea mantenida artificialmente,
funciones respiratorias) referibles posiblemente a una
acción anímica? En tal caso el ser humano conservaría su
unidad de cuerpo y alma, estaría todavía vivo y no se le
podrían extraer los órganos. Pero, si el ser humano se
define como persona, el fin de la vida no es ya
simplemente equiparable al cese de las funciones
biológicas. La muerte se da cuando resulta imposible
realizar actos personales debido a la irreversible y
total desintegración de las funciones integrativas: el
muerto cerebral está muerto.
4. ¿Quién vive cabe Dios?
En la antropología cuerpo-alma la respuesta es simple:
inmediatamente después del fin de la vida de cada
individuo su alma y, a partir del juicio final, el
cuerpo resucitado junto con el alma restituido en la
prístina unidad (= ser humano). Si se renuncia a esta
posición, se requerirán nuevas consideraciones. Las
variantes tomistas de la teoría cuerpo-alma y la
antropología personal concuerdan en que la muerte debe
entenderse como muerte total del ser humano en cuanto
tal. Si la fe afirma una vida más allá de la línea de la
muerte, el motivo sólo puede ser la misma acción de
Dios. Pero ¿cuál es el objeto de esta acción?

Aquí divergen las opiniones. Si el
ser humano está compuesto de alma y cuerpo, se podría
pensar en una sucesiva intervención de Dios, aunque en
la concepción tomista resulte ésta apenas convincente.
Primero intervendría Dios en el alma, luego en el
cuerpo. Pero esto no resolvería las dificultades. En
cambio, en la perspectiva personal, debemos afirmar: si
la muerte es la aniquilación del ser humano integral en
su forma actual de existencia, la resurrección es un don
gratuito de Dios a todo el ser humano, que no consiste
única y exclusivamente -como sostiene la teoría
evangélico-luterana de la muerte total- en permanecer en
el fiel recuerdo de la memoria de Dios, quien realizaría
luego una nueva creación del ser humano. Resulta difícil
ver cómo se puede seguir hablando de este ser humano
antes de la resurrección, supuesto que no existe ya un
portador humano de identidad.
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A nuestro modo de ver, la mismidad
del individuo se funda en su personalidad, que significa
la autonomía por la llamada del amor de Dios. Dado que
esta llamada es la voz del amor de Dios y que el amor
tiende, por naturaleza, a la eternidad (fidelidad), la
constitución de esta persona significa siempre la
llamada a la eternidad, y esto en cualquier hipótesis,
también en la hipótesis de la mortalidad del ser humano.
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Muy
distinta es la situación si lo que se aduce como
motivo no es la acción de Dios, sino la mortalidad
del ser humano, ya sea por condiciones meramente
naturales, como se sostiene normalmente hoy día, ya
por el pecado del [primer] ser humano, conforme a la
doctrina clásica del pecado original: la
resurrección del individuo, según la antropología
bíblica, debe entenderse en la muerte. Esto
era una idea habitual en el cristianismo primitivo:
ya las cartas de S. Ignacio, pero también
testimonios posteriores en la línea de las actas de
los mártires, manifiestan su fe en que, al menos en
el testimonio de sangre, la resurrección corporal
tiene lugar inmediatamente después del suplicio.
Este
modo de ver está de acuerdo con la doctrina de la
resurrección expuesta por Pablo en 1 Co 15, donde el
tránsito de la existencia mortal a la inmortal viene
descrita como una transformación. Es propio de ésta
designar un proceso en el que lo mismo (identidad y
continuidad) se vuelve otro (diferencia y novedad).
Cuando a un individuo le alcanza la muerte, muere
total y plenamente; en el mismo instante (no pensado
cronológicamente, ya que la categoría de espacio y
tiempo está ligada a la vida en este mundo), en el
punto lógico de la muerte, triunfa la fidelidad
divina, levantando la comunicación al nivel superior
que siempre ha constituido ya la creación de este
ser humano.

Apertura del misterio
Con esto
cerramos el esbozo que debía describir la aportación
actual de la teología cristiana a la problemática
cuerpo-alma. Aunque fragmentario y a grandes trazos,
el punto de vista expuesto pretende evitar el
estancamiento en la estrechez tradicional, apuntando
a algo que es y actúa, en una dolorosa
limitación, como feliz apertura al infinito. A fin
de cuentas, si la antropología es un pan tan duro de
roer es porque nos introduce en el misterio de Dios,
cuyo reflejo es el ser humano creado a su imagen.
Por esta razón sigue siendo un profundo misterio,
pero un misterio que, acompañado por el gozo del
amor comunicativo y dialogal de Dios, ya ahora, al
intentar responder fatigosamente a la pregunta "¿qué
es el ser humano?" recibe como respuesta
:¡Es de Dios! Ésta es la última y suprema
respuesta de la teología que -en definitiva- el ser
humano puede esperar.
Tradujo y
condensó: RAMÓN PUIG MASSANA |
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