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  Esto no significa que el teólogo pueda desentenderse del debate alma-cuerpo, ni poner en duda que es un debate justificado y aun indispensable. En el ser humano se dan características que manifiestan su extensión, su realidad objetiva y perceptible por los sentidos, y que consideramos atributos del cuerpo; y existen asimismo características que le abstraen del espacio, haciéndole subjetivamente incomunicable, sólo alcanzable por la interpretación, atributos que designamos con el término alma. Carecería de sentido negar la existencia de fenómenos que transcurren exclusivamente a nivel orgánico y corporal, como el metabolismo y todo el ámbito de manifestaciones inconscientes, y de otros fenómenos que debemos referir a la conciencia, al espíritu, a la libertad. Finalmente resulta banal recordar que se dan interferencias entre los dos ámbitos, que no sólo permiten sino aun exigen hablar del ser humano como totalidad. Analizar estas relaciones es la tarea de la antropología -biológica, médica y filosófica-.

El teólogo se tomará todo esto muy en serio, pero como teólogo apenas si puede entrar en la discusión. En tiempos pasados lo ha intentado a menudo con muy mala fortuna. Basta recordar las discusiones sobre la evolución en el siglo XIX o sobre monogenismo o poligenismo hace unos 50 años.

 

 

 

La imagen cristiana del ser humano

  

 

Su intervención en la antropología hay que buscarla en otro ámbito. Ha de dejar claro que sólo habrá posibilidad de comprender al ser humano si se lo entiende radicalmente como el ser que gracias a su relación de , mediante su comunicabilidad óntica y gratuita con Dios, ocupa un lugar prominente en la creación.

El lema de la antropología bíblica -el ser humano imagen de Dios- lo expresa claramente. En la exégesis contemporánea interconfesional se está de acuerdo en que esto no denota un vector parcial del ser humano o en el ser humano (figura exterior, espiritualidad, transmisión de poder, libertad) sino a él mismo en su esencia específica. Karl Rahner escribió breve y concisamente: «Se da en cuanto el mismo ser humano existe y en consecuencia como creatura de Dios. No sería ser humano si no fuera imagen de Dios».

La antropología, y en especial el debate cuerpo-alma, ha vivido siempre de la idea de que lo específico del ser humano es una originalidad primigenio vivida por y en él mismo. En una concepción dualista resultaba fácil identificarla con el alma. En cambio, una especulación enraizada en la antigüedad y bien consolidada en la dogmática cristiana la define como personalidad del ser humano. Precisamente el trasfondo de la teología cristiana permitió ver esta originalidad primigenia como condicionada creacionalmente y donación gratuita del Dios tripersonal, el único que ha hecho así al ser humano. Aquí estriba y se funda su dignidad, libertad y responsabilidad, su autonomía e indisponibilidad, en una palabra: su humanidad. El ser humano existe o deja de existir con su ser persona. Mientras la teología lo valore sin concesiones, prestará a la disputa antropológica una profundidad y una seriedad que trasciende la antigua problemática cuerpo-alma. Así escribe Eberhard Schockenhoff:

«La categoría de persona designa al ser humano llamado por Dios a su propio ser, que no puede ser poseído por ninguna instancia humana. No contesta a la pregunta ¿qué soy yo?, por la que el ser humano intenta comprenderse en comparación con los demás vivientes, sino a la pregunta ¿quién soy yo?, la única capaz de destacar la incomparabilidad de cada ser humano».

En el fondo subyace aquí la antropología de Romano Guardini, que describe así los rasgos de la personalidad:

     La problemática cuerpo-alma (1)     La problemática cuerpo-alma (2)     La problemática cuerpo-alma (3)     Está en ella     La problemática cuerpo-alma (5)    



«Persona es la esencia creacional-espiritual, interior y dotada de figura, en cuanto existe en sí misma y dispone de sí misma. Persona significa que yo en mi propio ser no puedo ser en último término poseído por ninguna otra instancia, sino que yo mismo me pertenezco; persona significa que no puedo ser utilizado por otro, sino que soy mi propio objetivo; persona significa que yo no puedo ser inhabitado por ningún otro, sino que únicamente estoy en relación hacia mí; que no puedo ser representado por otro, sino que soy único».

Es obvia la actualidad de esta definición. El pensamiento tradicional de occidente ha inspirado en ella su comprensión del derecho y, en especial, de los derechos del ser humano.

Pero por importancia que pueda tener este concepto de persona, no es parte esencial de la dogmática ni de la predicación cristiana. La consideración personal del ser humano explica mejor la esencia humana, en cuanto ilumina mejor realidades antropológicas que trascienden la simple pregunta por lo material y lo inmaterial del ser humano. Sea el alma producto de la evolución y su función sea o no capaz de explicarse a nivel meramente neuronal, sigue en pie la pregunta por la libertad, la subjetividad, la distancia respecto al mundo objetivo, la dignidad, y esta pregunta sigue reclamando que se aclare el misterio. La teología cristiana, al mostrarlo, da vigencia al mensaje que la revelación le ha confiado y, partiendo de sus principios, podrá opinar sobre los problemas del debate antropológico que plantea la expresión cuerpo-alma.

 

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