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  Ante todo se trata de comprobar la antropología en la norma normans non normata, o sea en la Sagrada Escritura. En ella no se plantea aún nuestro problema, pero sí la discusión de una perspectiva antropológica, en la que aparecen términos propios de la antropología griega, mientras lo característico de la visión bíblica del ser humano no es el ensamblaje de cuerpo y alma, sino la imagen de Dios.¿Qué significa esta expresión?

El texto más antiguo de la creación del ser humano (Gn 2,7) la describe así: Entonces Yahvé Dios formó al ser humano con polvo del suelo, sopló en su nariz aliento de vida y el ser humano se convirtió en ser vivo. El autor no piensa según el esquema griego, que no conocía; constata que el ser humano, como creatura, es como todas las demás y convive con ellas, pero también es más que todas en cuanto sólo a él le ha sido otorgada la vida divina.

El aliento de vida es peculiar de Dios, quien hace partícipe de él al ser humano. Objetivamente coincide esto con la expresión de ser imagen fiel del creador de Gn 1,27. Al igual que imagen no denota un espejismo momentáneo sino una cualidad inmanente del ser humano, la inspiración del aliento de vida no debe entenderse como un acontecimiento fugaz, sino como la obra permanente de Dios.

 La teología cristiana asumirá la creación progresiva bajo el concepto creatio continua. En el momento en que Dios no confiriera ya su aliento vital los seres humanos fallecerían: «Si escondes tu rostro, desaparecen; les retiras tu soplo y expiran, y retornan al polvo que son» (Sal 104,29; véase Jb 34, 14s). La muerte no es la desintegración platónico de soma y psique, sino el fin de la comunicación divina. Para los israelitas, la vida significa «estar con Dios», «participar inmediatamente de la vida que Dios otorga» como nefes, ruach, basar, leb, o como se quiera llamar al ser humano; lo cual ponía más que difícil a los seres humanos del Primer Testamento creer en una vida después de la muerte. Si no se goza del aliento de Dios, todo se acabó. Únicamente si se une la idea de la fidelidad divina al concepto de la vida, puede dibujarse también la resurrección de los muertos en el horizonte mental de los judíos.

 

 

 

 

 

El tema antropológico en la fe cristiana

  

Siendo la comunicación de fuerza vital una suerte de comunicación, lo que define el aliento de vida como esencia del ser humano puede describirse con conceptos de la teoría de la comunicación. En la tradición derivada de Gn 1, la creación se describe como un acontecimiento de comunicación oral, traduciendo sus órdenes por dice Dios; también en la creación del ser humano, cuya diferencia de esencia y función proclama solemnemente.

El ser humano es la única creatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Ésta es la primera diferencia. La segunda consiste en que Dios, inmediatamente después de completar su obra, entra en comunicación con él: «y les bendijo Dios y les dijo: creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gn 1, 28). Ser imagen de Dios conlleva la responsabilidad y su condición previa -la libertad- como característica del nuevo ser. El cuidado señorial sobre el resto de la creación por encargo divino requiere sopesar, decidir, proponerse un fin, operaciones que suponen y exigen procesos conscientes de valoración.

Los seres humanos devienen así mandatarios y fieles administradores de Dios en el mundo. El autor usa bien el plural ya que al principio no existía el ser humano en singular, sino que Dios lo creó como hombre y mujer (Gn 1, 27). «Hombre», como «fruta» o «flora», es un abstracto que como tal no existe. Lo que se da son ambos géneros y este ser doble género es tan originario como el devenir ser humano. Ni por un instante ha existido sólo un ser humano.

La valoración de Gn 2 es aparentemente distinta. Si allí existe primero el hombre, no debe atribuirse a la preeminencia de ser varón, sino a la insuficiencia de ser singulare tantum, inherente a la incomunicación del hombre solitario: «estar solo» no es bueno para una creatura esencialmente relacionada con Dios. Del cuerpo del hombre, es decir de lo más noble de la creación, forma Dios la ischa para el isch, la varona para el varón, en buena traducción literal. El varón entabla enseguida un diálogo, cuya primera frase reconoce su igual valor y dignidad: esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada (Gn.2,23).

Ha sido una auténtica fatalidad el que se haya interpretado en referencia plenamente patriarcal una narración que ciertamente contiene elementos patriarcales, haciéndole decir lo que no contiene, con los infaustos resultados que por fin hemos advertido.

¿Qué se saca de la comprobación de los datos de la Escritura para la imagen bíblica del ser humano? Responder a esta pregunta es responder a la vez a la cuestión sobre qué es lo que, en el cristianismo y en la teología cristiana, tiene un valor incondicional y ex negativo qué no es de fe. Resumámoslo en las siguientes tesis:

 

1 El principio básico de toda antropología es idéntico al de la Sagrada Escritura: en la diferencia entre Dios y mundo, eternidad o temporalidad, creador y creatura, trascendencia e inmanencia, el ser humano pertenece siempre a la segunda categoría: en todas sus dimensiones, relaciones, componentes, en todos los niveles de su ser, es dependiente de Dios, orientado hacia Dios, vinculado a Dios.

2. La distinción fundamental incluye una coincidencia radical. Por distintos que sean Dios y el mundo, siempre están en relación mutua por la creación. Dios se origina de su plenitud de ser y por libre voluntad llama a ser, a lo no divino. De ahí que sea reconocible por y a través de las creaturas, presupuesto básico de toda teología, y que la obra de Dios acuse también cierto parecido entre creador y creatura.

3. En el ser humano, llamado a la comunicación directa con Dios, en cuanto creado como mandatario y a imagen suya, se realiza por esencia y en sumo grado la relación básica del mundo con Dios: ya en su bisexualidad y por encima de ella, está en diálogo con Dios. Morir equivaldrá, por tanto, a pérdida de comunicación y a la entrega del ser. Por el contrario, vida será un sinónimo de unión con Dios y obra de su amor. Esto supone recíprocamente que también el ser humano ama a Dios y su vida discurre en su amor.

 

  


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4. En todas las proposiciones de valencia antropológica, el sujeto es el ser humano, es decir, un todo integral. Esto no excluye los análisis que la Escritura hace del ser humano y que la han convertido en un libro de vida y consuelo de infinito valor para millones de seres humanos. Pero todos estos estratos son niveles de funciones en que el ser humano se realiza. De modo certero lo expresa el salmo 84, 3, que en un solo verso equipara tres de los cuatro estratos usuales: "Mi ser [alma] languidece anhelando los atrios de Yahvé; mi mente [corazón] y mi cuerpo se alegran por el Dios vivo".

5. Los adoradores de Yahvé irán comprendiendo que, si Dios dialoga con los hombres y mujeres y los ama divinamente, este diálogo amoroso no podrá interrumpirse jamás, ni por la muerte. Esto resplandece en la figura de Jesús de Nazaret, cuya humanidad, en perfecta unión con la divinidad, no puede conocer la corrupción -como decía Pedro remitiéndose al salmo 16, 8-11 (Hch 2, 27)-. En consecuencia, el creyente experimenta a Jesús como el Resucitado de entre los muertos, como «primicia de los que murieron» (cf. 1 Co 15, 20-22), como el primero de una serie de generaciones que le han de seguir.

En estas consideraciones nunca se alude a ninguna suerte de dualismo que de algún modo articule alma y cuerpo. El ser humano vive, el ser humano muere, el ser humano resucita del sueño de la muerte. Todo cuanto va más allá de esta antropología, que penetra toda la Biblia, es interpretación, pura teorización teológica: la teoría de cuerpo-alma, las teorías escatológicas sobre lo que ocurre en la muerte, sobre el estado intermedio, etc. Su valor no depende ya de las fuentes de la fe, sino de la congruencia de la argumentación. No afirmamos, pues, que sean nulas o que carezcan de sentido. Nos limitamos a constatar que no representan parte alguna de la Revelación ni son de fe.

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