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Competencia de la teología

El nuevo esquema interpretativo suscita un sinfín de interrogantes. Sin embargo, el principal objetivo de la labor teológica no puede ser «asegurar la fe de la gente», como recordaba J. Ratzinger en el contexto de la escatología. Pero en 1977 él rechazó la tesis de la resurrección del ser humano integral en la muerte (con la consiguiente vuelta al dualismo) para acabar con una mentalidad que deja la predicación sin palabra. La misma preocupación muestra el documento Recentiores episcoporum synodi que en 1979 insiste en la existencia de un estado intermedio así como en el término alma, consagrado por el uso en las Sagradas Escrituras y la tradición; y, aunque la Congregación de la Fe reconoce la amplia polisemia bíblica de este vocablo, declara que no existe razón convincente para desecharlo, ya que, para la conservación de la fe, es indispensable un verbale instrumentum, un instrumento terminológico adecuado. También el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, n°362 al 368, sigue la antropología griega.

Es de alabar el deseo de regular el lenguaje. La Iglesia lo necesita como toda sociedad. Pero el lenguaje cambia. Términos usuales entendidos por todos de modo más o menos unívoco, se van haciendo disonantes, inexpresivos, de doble sentido y por fin ininteligibles. Puede que en su destino histórico tomen un «matiz» característico y exclusivo. Esto es precisamente lo que ha ocurrido con los términos cuerpo y alma, que hoy se entienden de modo totalmente distinto en las ciencias humanas.

Aunque consciente de ello, la teología científica debe insistir en que su competencia peculiar es la valoración de la Palabra de Dios conforme a las fuentes de la fe, también en puntos problemáticos de la antropología. Esto traza nuestro esquema: preguntar qué contienen o no las fuentes (tarea de comprobación), cuál es la intención de las expresiones bíblicas (tarea de validación) y cómo puede expresarse racionalmente esta intención (tarea de penetración intelectual) respecto a las discusiones antropológicas que impregnan la sociedad de lenguaje -sincrónica y diacrónica- que es la Iglesia.

 

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