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  Es evidente que la fe cristiana entraña la fe en la vida eterna. Así lo profesamos en el último artículo del credo. Y lo proclamamos repetidamente en la lectura del Evangelio: «No es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven» (Lc 20,38). No hay duda de que la concepción del ser humano como compuesto de cuerpo y alma, además de explicar por qué hay algunas operaciones suyas que se atribuyen al cuerpo y, otras que, al no poderse atribuir al cuerpo -pensamiento, conciencia, libertad- se asignan al alma, se ajusta a los datos de la fe. Pero ¿es ésta la única teoría capaz de dar razón de lo que profesamos en nuestra fe? El autor del presente artículo recuerda que la concepción del ser humano como compuesto de cuerpo y alma no encaja en la antropología bíblica y hunde sus raíces en la filosofía griega. El dualismo platónico -cuerpo y alma como substancias completas y enfrentadas- y el hilemorfismo aristotélico -cuerpo y alma como substancias incompletas formando una unidad- tuvieron su continuidad en el pensamiento cristiano con el agustinismo y el tomismo respectivamente. Y es así como se hizo tradicional y penetró en la liturgia y en la vida de piedad del pueblo cristiano. El presente artículo afirma que la teoría cuerpo-alma no es la única que da razón de los datos de la fe. La antropología bíblica nos abriría el camino a una comprensión más profunda y satisfactorio de nuestra fe en la vida eterna.

 

Publicación original: Die Leib-Seele-Problematik in der Theologie, Stimmen der Zeit 218 (2000) 673-687.

Edición en papel de esta edición resumida: revista «Selecciones de Teología» 161 (2002) 39-50

 

 

 

 

 

La Problemática Cuerpo-Alma en Teología

Wolfang Beinert

 

El problema cuerpo-alma es sincrónico con la hominización. Más concretamente: con la experiencia original de la muerte y del más allá, que, si para los etnólogos constituye uno de los primeros datos de la hominización, también lo son de la religión –sepelio y culto de los muertos

Antes de la muerte se da cuerpo + X; en la muerte se separan de algún modo cuerpo y X, quedando únicamente cuerpo - X. Si se da un más allá, sólo puede darse para este X que nosotros llamamos alma, en alemán se denomina Seele o «perteneciente al mar» (See: morada de los difuntos) y en latín anima.

En el año 45 a.C., Marco Tulio Cicerón concluía así la discusión sobre este término: «acerca de qué es en realidad el alma, dónde está y de dónde viene, no se está en absoluto de acuerdo». Unos veinte siglos más tarde podría volver a formular esta frase con más razón aún, ya que bajo este concepto subyace toda la antropología.

El problema cuerpo-alma será asimismo un tema fundamental de la teología cristiana, la religión del Verbo humanado y de la divinización del ser humano, pero no ciertamente desde sus comienzos y a partir de las fuentes primitivas. De hecho, lo que le da impulso a la temática cuerpo-alma es el dualismo antropológico que se basa en el análisis de la evidencia de la muerte: «el ser humano = cuerpo + alma».

Por el contrario, el pensamiento hebreo, formulado en el Primer Testamento, considera al ser humano de modo sintético, reconociéndolo así antropológicamente como un ser múltiple en la unidad. La Biblia distingue entre nefes (aliento, vida, sujeto de la vida corporal y de los deseos), ruach (la realidad espiritual del ser humano), basar (transitoriedad de la creatura) y leb (libertad personal de decisión). Pero estas realidades son simples aspectos del ser humano, grandiosa unidad global basada en ser imagen de Dios, realizada en el varón y la mujer, y que no es nefes + ruach + basar + leb, sino imagen de su creador como nefes, ruach, basar y leb. El Segundo Testamento radicaliza esta concepción por el hecho de que Jesucristo es la imagen original de Dios. El ser humano es, pues, la imagen de esta imagen de Dios.

El acuerdo entre la teología cristiana y el antiguo pensamiento griego fue relegando al olvido la antropología inicial. La espiritualidad y el dualismo antropológico del pensamiento platónico y neoplatónico fascinó la devoción de los Padres. Cuerpo y alma ya no eran componentes equivalentes; se comportaban más bien como el carcelero respecto al encarcelado. La única aspiración de éste es la libertad: liberarse del cuerpo se convirtió en la gran aspiración del individuo. La antropología se escatologizó y la escatología se convirtió en patrimonio exclusivo del alma

 

 


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Revista Electrónica Latinoamericana de Teologia (RELaT)

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   Gracias a la cristología, la teología cristiana no aceptó este segundo aserto, incluyendo en su fórmula de fe la resurrección de la carne. En cambio, el primer aserto se impuso sin dificultad hasta fines del siglo XX, cuando la dogmática desglosó un tratado específico de Antropología teológico. Hasta entonces se lo estudiaba en la teología de la creación o en la escatología, en un esquema bipartito:

1. Después de la muerte el alma sobrevive, ya que es inmortal, mientras el cuerpo se descompone.

2. En el juicio final el cuerpo resucita y se une al alma.

Esto llevó a establecer un estado intermedio para el alma sin cuerpo, en espera del destino definitivo. Pero, no obstante esta corrección, Platón había triunfado. La revisión de Tomás de Aquino, que ve en el alma y el cuerpo dos principios de la realidad «ser humano», pasó sin pena ni gloria y lo mismo ocurrió al secularizarse la antropología a principios del modernismo. Descartes dividió el ser humano en res cogitans (realidad pensante) y res extensa (realidad extensa) y esta visión perduró hasta el monismo materialista, para el que únicamente existe el cuerpo, mera materia, mientras el alma es un epifenómeno suyo. La discusión reciente sigue a este nivel. No se preocupa de cuestiones metafísicas, sino psico-fisiológicas, es decir de la relación entre psique y physis.

¿Y la teología cristiana? Sigue anclada en su esquema mental. La pregunta por el ser humano se concentra en qué ocurre después de su muerte. Desde mediados del siglo XX, los ataques de la crítica llevaron a un nuevo lema: resurrección en la muerte. Al morir, el ser humano fallece totalmente -alma y cuerpo-, superando así el platonismo. Pero es resucitado por Dios en su integridad -con cuerpo y alma- en un nuevo modo de ser. Veamos las consecuencias que esto implica.

Alejandro von Rechnitz

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