III. Origen del concepto y funciones del diablo

Los complejos orígenes de la visión cristiana del diablo combinan conceptos hebreos (Satanás, Lucifer, la serpiente tentadora), conceptos griegos (daimon y diabolos) e ideas egipcias (el n'ter, espíritus malos, fantasmas y apariciones, que no son otra cosa que las antiguas divinidades paganas de Egipto). Este ser aparece en la literatura del desierto y va a tentar a los ascetas; aparece como un daimon, un espíritu que infesta las regiones bajas de la atmósfera que rodean la tierra; un satanás, a sea, un adversario que compendia todas las fuerzas que se oponen al poder de Dios, y como un n'ter, un fantasma torturador y aterrador.

1. CAUSA SEDUCTORA DEL PECADO (TENTADOR) 

Demonio, adversario, espectro; estas características explican las múltiples funciones del diablo: una criatura que seduce y tienta, que representa todos los hechizos del mundo y de su belleza, pero también un ser monstruoso, que aterra y ataca al monje; un espíritu repugnante y asqueroso. Las tentaciones y las luchas de los Padres del desierto oscilan entre estas dos representaciones del poder diabólico, visto como belleza y como horror.

En el primer caso, el tentador es presentado en forma humana e incluso superhumana; como una persona de una belleza maravillosa o como ángel de luz. Los primeros cristianos griegos lo pintaron como un joven o una muchacha bellísima y encantadora; reconocieron que el mal es tan atractivo y tan poderosamente seductor, que los hombres "ceden" o "asienten" a su tentación. El símbolo apropiado del mal debía ser personal y fascinante, y también aparentemente bueno (bonum apparens).

2. EL HORRIBLE RESULTADO DEL PECADO 

El arte medieval prefirió representar al diablo como un monstruo feo y horrible. Su simbolismo del mal subraya los efectos más que la causa del mal. La figura horrible y subhumana del mal, en parte hombre y en parte animal, simboliza personalmente el mal que altera y deforma la integridad natural, corpórea y espiritual del hombre.

La culpa, el sufrimiento moral, las psicosis y neurosis privan al espíritu del hombre de su equilibrio y su integridad natural; por consiguiente, el mal es propiamente simbolizado en una figura personal deformada, casi bestial o nada humana; por consiguiente, el rostro de Satanás puede revelar algo de la bestia, de sí mismo o del ángel. Por debajo de una u otra de estas posibles manifestaciones hay una experiencia humana correlativa y genuina del mal.

3. EL DIABLO COMO ÁNGEL DISFUNCIONANTE 

La Iglesia pone en guardia contra las exageraciones y las distorsiones de la fe en el diablo, en los diablos y en los ángeles. No contempla al diablo según un dualismo absoluto, como si se tratase de un antagonista independiente de Dios. Su condición es la de una criatura finita, de un ángel imperfecto y disfuncionante. La influencia diabólica no se limita al campo de lo extraño y lo curioso, sino que se ejerce en una medida igualmente grande en el de lo "respetable", lo "razonable" y lo "inteligente"1. Sin embargo, no es posible tener la certeza de que en un caso particular se trata de un influjo de este estilo; a lo sumo, se puede tratar de una posibilidad.