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Los
complejos orígenes de la visión cristiana del diablo
combinan conceptos hebreos (Satanás, Lucifer, la serpiente
tentadora), conceptos griegos (daimon y diabolos) e ideas
egipcias (el n'ter, espíritus malos, fantasmas y
apariciones, que no son otra cosa que las antiguas
divinidades paganas de Egipto). Este ser aparece en la
literatura del desierto y va a tentar a los ascetas; aparece
como un daimon, un espíritu que infesta las regiones bajas
de la atmósfera que rodean la tierra; un satanás, a sea,
un adversario que compendia todas las fuerzas que se oponen
al poder de Dios, y como un n'ter, un fantasma torturador y
aterrador.
1.
CAUSA SEDUCTORA DEL PECADO (TENTADOR)
Demonio,
adversario, espectro; estas características explican las múltiples
funciones del diablo: una criatura que seduce y tienta, que
representa todos los hechizos del mundo y de su belleza,
pero también un ser monstruoso, que aterra y ataca al
monje; un espíritu repugnante y asqueroso. Las tentaciones
y las luchas de los Padres del desierto oscilan entre estas
dos representaciones del poder diabólico, visto como
belleza y como horror.
En
el primer caso, el tentador es presentado en forma humana e
incluso superhumana; como una persona de una belleza
maravillosa o como ángel de luz. Los primeros cristianos
griegos lo pintaron como un joven o una muchacha bellísima
y encantadora; reconocieron que el mal es tan atractivo y
tan poderosamente seductor, que los hombres
"ceden" o "asienten" a su tentación. El
símbolo apropiado del mal debía ser personal y fascinante,
y también aparentemente bueno (bonum apparens).

2.
EL HORRIBLE RESULTADO DEL PECADO
El
arte medieval prefirió representar al diablo como un
monstruo feo y horrible. Su simbolismo del mal subraya los
efectos más que la causa del mal. La figura horrible y
subhumana del mal, en parte hombre y en parte animal,
simboliza personalmente el mal que altera y deforma la
integridad natural, corpórea y espiritual del hombre.
La
culpa, el sufrimiento moral, las psicosis y neurosis privan
al espíritu del hombre de su equilibrio y su integridad
natural; por consiguiente, el mal es propiamente simbolizado
en una figura personal deformada, casi bestial o nada
humana; por consiguiente, el rostro de Satanás puede
revelar algo de la bestia, de sí mismo o del ángel. Por
debajo de una u otra de estas posibles manifestaciones hay
una experiencia humana correlativa y genuina del mal.

3.
EL DIABLO COMO ÁNGEL DISFUNCIONANTE
La
Iglesia pone en guardia contra las exageraciones y las
distorsiones de la fe en el diablo, en los diablos y en los
ángeles. No contempla al diablo según un dualismo
absoluto, como si se tratase de un antagonista independiente
de Dios. Su condición es la de una criatura finita, de un
ángel imperfecto y disfuncionante. La influencia diabólica
no se limita al campo de lo extraño y lo curioso, sino que
se ejerce en una medida igualmente grande en el de lo
"respetable", lo "razonable" y lo
"inteligente"1. Sin embargo, no es posible tener
la certeza de que en un caso particular se trata de un
influjo de este estilo; a lo sumo, se puede tratar de una
posibilidad.
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