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Celebración comunitaria de la penitencia

   evangélicamente fundada,

históricamente ratificada,

dogmáticamente correcta,

pastoralmente recomendable,

    

PRESENTACIÓN

 Hace años que se agotó la cuarta reimpresión de mi librito Dios ama y perdona sin condiciones. Mucha gente lo seguía pidiendo en las librerías y también a mí me llegaban numerosas cartas y peticiones de algún ejemplar o fotocopia del libro. Por eso me ha parecido conveniente hacer una nueva edición, para atender a esas repetidas demandas.

Debo comenzar diciendo que se trata del mismo libro, pero con distinto título y con un contenido también un poco distinto, porque se ha incluido un nuevo capítulo y un apéndice, y se han hecho no pocas correcciones y ediciones cuando me pareció oportuno.

El autor no ignora que el primer título era llamativo y teológicamente incorrecto. Se deseaba llamar la atención sobre una gran verdad que era necesario poner de relieve: el perdón de los pecados, si hay verdadero arrepentimiento, es mucho más sencillo y fácil de lo que imaginamos. Dios siempre está dispuesto a perdonar sin exigir nada a cambio. Se han puesto muchos obstáculos en la historia del sacramento de la penitencia para hacer fácil y alegre la reconciliación con Dios y con los hermanos. Se han añadido condiciones y obligaciones que Dios no exige, y es necesario recuperar la alegría del perdón y celebrar el sacramento como una buena noticia, como una liberación de algo que nos impide ser de verdad lo que somos: hijos de Dios e hijos de la Iglesia.

Todos los requisitos y condiciones que se enumeran en los catecismos y libros de teología, o de derecho canónico, para una buena "confesión", debieran ser una ayuda para desear y vivir la alegría de la salvación y de la reconciliación. No siempre lo son.

                             

Desde el punto de vista de la teología, no hay perdón posible sin conversión, sin un arrepentimiento sincero. Pero, cuando éste existe, no hay que poner límites a la misericordia de Dios ni imponer más cargas de las necesarias. Son palabras del Espíritu Santo y del primer "Concilio" reunido en Jerusalén: "Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las necesarias" (Hch 15, 28). Es necesario romper los prejuicios, eliminar los obstáculos que hacen difícil el sacramento de la reconciliación y abrir el corazón a la bondad y misericordia de Dios, que a todos acoge y a todos perdona.

En los Evangelios, cuando Jesús perdona los pecados, sólo exige fe y amor. En estas dos palabras se incluyen todas las disposiciones necesarias para recibir el perdón de Dios. La única condición en la que insiste Jesús en sus enseñanzas es que no podemos obtener el perdón de Dios si no perdonamos de corazón a nuestros hermanos. Es tan importante esta condición que la incluye en la quinta petición de la oración por excelencia, el Padre nuestro: Perdona nuestras ofensas, porque también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6, 12). El evangelista no se contenta con esta afirmación. Para dar más relieve a esta motivación añade: "Si vosotros perdonáis a los demás sus ofensas, os perdonará también vuestro Padre celestial; pero, si no perdonáis a los hermanos y hermanas, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (Mt 6, 14-15; véase también la parábola de los dos deudores, Mt 18, 23-35).

Debo reconocer que mi librito Dios ama y perdona sin condiciones ha tenido muy buena acogida y ha suscitado un amplío eco en varías naciones y en los fieles de diversas categorías: laicos, religiosos/as, sacerdotes, profesores, gente sencilla. Ha sido traducido a cuatro lenguas (alemán, inglés, portugués –Brasil- e italiano). No puedo menos que alabar y bendecir a Dios, autor de todo bien, por las diversas cartas y adhesiones que me han llegado de diversas partes. Es un consuelo que nadie me podrá arrebatar. Este librito ha hecho bien a muchos, y espero que lo siga haciendo para gloria de Dios y paz de los seres humanos a quienes Dios ama y perdona.

Como ya he indicado, la presente edición incluye numerosas variaciones y correcciones de poca importancia, pero añade un nuevo capítulo (el IV) sobre "La confesión a los laicos", que duró algo más de seis siglos, y un apéndice, donde me hago cargo de algunas objeciones que me hicieron y amplío algunos conceptos y datos que fundamentan mi posición. Este apéndice se publicó en Iglesia Viva (1). No se trataba sólo de dar respuesta a algunas dificultades, sino que presenta también nuevas reflexiones y datos de interés que me parecen útiles para los nuevos lectores de este libro. Al copiar estas reflexiones, nueve años más tarde, no he podido resistir a la tentación de añadir y modificar algunas cosas para mayor claridad. [Nota de la edición telemática: en esta edición telemática no se incluye ni el capítulo IV ni el apéndice citado, que se pueden obtener de la edición en papel, de Nueva Utopía].

Agradezco vivamente sus observaciones a los que me han manifestado sus dudas o su adhesión. A todos nos une el mismo amor a Cristo y a la Iglesia, aunque se exprese con diferentes posiciones teológicas.

Quisiera terminar esta presentación con unas palabras escritas hace poco para un retiro a religiosos/as comentando la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32). Nos resulta fácil identificarnos con el hijo menor que huye a un país extranjero, malgasta sus caudales y, arrepentido, retorna a la casa paterna. Nos cuesta más pensar que nos parecemos al hijo mayor, que se cree justo porque cumple sus deberes, es observante, obedece las órdenes de los superiores, pero tiene un corazón duro, insensible, crítica a los hermanos y rehúsa participar de la alegría de la fiesta. ¿Me atreveré a identificarme no sólo con aquel que es perdonado, sino también con aquel que perdona, no sólo con el que es invitado, sino también con el que invita a la fiesta? ¿Qué me dice Jesús?: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36). Jesús nos ha trazado el camino que todos debemos seguir(2).

 Granada, 28 de enero de 1999

 Notas de la introducción

1. Núm. 148, julio-agosto de 1990, pp. 69-79 con el título Responsorio

2. Cf. NOUWEN, J. M., El regreso del hijo pródigo, Madrid 1996, pp. 131 ss.