VIDA COMUNITARIA
Cualquier
agrupamiento de personas no es ya una comunidad. Ni cualquier
comunidad es ya una comunidad cristiana. Hacerla es un trabajo
lento y difícil. Su construcción debe cimentarse en tres
pilares básicos: comunión de
bienes, de vida y de acción.
Comunión
de bienes: Es compartir nuestros dineros y todas nuestras
cosas hacia dentro y hacia fuera de la comunidad. Aquello que
dicen los Hechos de los Apóstoles de los primeros cristianos
debe ser el objetivo: "Todo lo tenían en común".
Pero hoy día eso requiere formas nuevas que hemos de inventar
en cada comunidad con su propio estilo y dinámica. Por dos
razones:
Para no
quedar atrapados en el materialismo de la sociedad de consumo.
Para
vivir la primera bienaventuranza: "Dichosos
los que eligen ser pobres".
Comunión
de vida: Los miembros de una comunidad han de sentirse
queridos, aceptados, reconocidos, vivir la cercanía y la
preocupación de los demás por cada uno/a, poder hablar,
expresarse en libertad, ser conocido sin caretas. La comunidad
ha de preocuparse por ser un espacio cálido y afectuoso,
libre y cordial, atento y preocupado por los otros. Por dos
razones:
Para
romper el aislamiento individualista en el que nos mete la
sociedad egoísta de lo privado.
Para
vivir la fraternidad según Hechos 2,44-47:
"Una
comunidad es una persona nueva que une a las personas por el
corazón. No es una multitud. Cada cual conserva su
originalidad irreductible y el conjunto es como una orquesta.
No se une a las personas ni por sus intereses, ni por sus
impulsos, emociones, envidias y prejuicios, ni por sus
servidumbres. No se les une más que por sus vidas interiores,
que van desde ellas mismas a la comunidad" (E.
Mounier).
Comunión
de acción: Es necesario que la gente vea y note que la
comunidad está abierta hacia fuera, comprometida en la
transformación de la vida. Pero la comunidad cristiana en
cuanto tal no se constituye en un grupo frente a otros grupos
humanos queriéndose distinguir por sus "propias y
exclusivas" alternativas sociales. No. El compromiso es
secular, profano, autónomo. El cristiano/a está presente allí
donde la gente de buena voluntad construye la historia con sus
organizaciones adecuadas. La comunidad es la que estimula y
alienta a sus miembros a estar ahí, al mismo tiempo que queda
enriquecida con cuanto ahí se vive. Por dos razones:
Para
romper la manipulación y la reducción de la vida a lo
privado y a lo intimista, a lo cual nos empuja esta sociedad
cada vez más manejada por unas minorías.
Para
hacer creíbles las palabras de Jesús: "Como la luz
para los hombres, así debéis vosotros alumbrar: ellos deben
ver que hacéis el bien y así dar gloria a vuestro Padre
Dios" (Mt. 5,16).
Aquí
tenemos otro reto: poner nuestra fe en acción
comunitariamente. Lo cual no es otra cosa sino cumplir con
el amor al prójimo. "La experiencia de la comunidad
es en primer lugar una experiencia de alteridad. No se ha
dicho: amarás al Hombre (no tampoco a los hombres, ni al prójimo)
como a ti mismo, sino: amarás a tu prójimo como a ti mismo;
es decir, dándote a él como a la realización de tu persona:
sin medida". (E. Mounier).

MINISTERIOS
Y CARISMAS
El
concilio Vaticano II rompió el esquema de Iglesia clerical y
piramidal y devolvió su lugar propio a los laicos cuando habló
de la Iglesia como Pueblo de Dios. El bautismo es el
sacramento de donde brota la Iglesia de Cristo Vivo y la
diversidad de ministerios o servicios no puede ser una especie
de escala de rangos, puesto que la dignidad de hijos/as de
Dios es igual para todos.
La comunidad
cristiana es una Asamblea (= ecclesía) de laicos/as, no de clérigos.
Todo el pueblo es sacerdotal y la función del presbítero es
una más entre otras, que no debe absorber a los demás
carismas (del griego "járisma" = regalo, don). El
capítulo 12 de la I Corintios es fundamental para comprender
que la comunidad cristiana no es algo desordenado o informal,
sino un colectivo estructurado.
Pero
se trata de una estructura hecha por el Espíritu y no por la
ley ni el Derecho Canónico. Dice Pablo: "Los dones
son variados, pero el Espíritu es el mismo; las funciones son
variadas, aunque el Señor es el mismo; las actividades son
variadas, pero es el mismo Dios quien lo activa todo en todos.
La manifestación particular del Espíritu se le da a cada uno
para el bien común" (I Cor. 12,4-7).
En
este aspecto, aparecen dos retos importantes:
Configurar
la pequeña comunidad con la aportación de los dones de cada
uno y articular una fraternal organización de todos los
servicios.
Que
la dirección de la Iglesia no anule a la base, ni la base se
descuelgue del cuerpo eclesial. "En el primer caso
tenemos una deformación monstruosa: una especie de Iglesia
macrocefálica, donde lo jerárquico se alza como única
representatividad y como único signo eclesial. En el segundo
caso nos encontramos con un peligro de dispersión sectaria,
que acaba diluyéndose en grupos profanos de liberación
social o momificándose en guetos" (J.M. González
Ruiz).
LA MUJER, LOS JÓVENES, LOS NIÑOS
He
aquí un triple reto siempre pendiente de encarar con todas
sus consecuencias:
a)
La mujer: "Para describir de un modo gráfico la
situación actual de la mujer en la Iglesia, la voy a comparar
con la que tienen los minusválidos en la sociedad. Para ambos
colectivos se formulan las más bellas teorías: igualdad,
integración, derechos, etc. frente a la realidad palpable de
cada día: desigualdad, marginación, prejuicios... Falta
crear puestos a nuestra medida, pero que nuestra medida no la
decidan los hombres. Para ello hay que analizar despacio
cuales son las tareas en las que las mujeres pueden prestar un
mejor servicio: la animación litúrgica, consejera conyugal,
ayuda a drogadictos, animación teológica de la comunidad,
etc. El sacerdocio de la mujer está por descubrir. No hay por
qué copiar de los hombres; hay que ser mujeres en la
Iglesia" (Marifé Ramos).
b)
Los jóvenes: Que huyen de los formalismos y buscan sinceridad
y grupos humanos vivos, que son amantes de lo festivo y de la
amistad... ¿Cómo hacer que la comunidad cristiana no sea un
grupo semi-aburrido y cerebral de gente adulta? Hay en esta
cuestión cuatro problemas principales:
A
los jóvenes no les llega nuestro mensaje.
Los
jóvenes no entienden qué aporta la fe al sentido de su vida.
Los
jóvenes no entienden nuestro lenguaje.
Lo
jóvenes no se identifican con nuestras estructuras.
"Entre
Iglesia y jóvenes hay interferencias que no permiten escuchar
ni comprender el evangelio que la Iglesia anuncia y propone
como una buena noticia para la vida cotidiana de los jóvenes"
(Charo Lafuente).
c) Los niños:
Principalmente, los hijos de los miembros de la comunidad.
Sabiendo que "los niños no aprenden, sino que
imitan". ¿Cómo crear un ámbito donde los niños se
sientan a gusto, acogidos, y reciban una catequesis a través
de los sentidos y de los valores, y no únicamente a través
de ideas doctrinales?

CATECUMENADO Y FORMACIÓN TEOLÓGICA
Los
clérigos se adueñaron del saber teológico y por eso tienen
el poder en la Iglesia. De ahí que en la medida en que los
laicos/as sepan más teología, los clérigos irán
recuperando su dimensión evangélica de servidores y no de señores
de la comunidad.
Este
es otro reto importante: toda comunidad cristiana debe
procurar una formación teológica sistemática para todos sus
miembros y establecer distintas etapas de acceso a la
comunidad (catecumenado). Disponer de una formación continua
y una reflexión acerca del sentido y alcance de la fe
cristiana en la vida. Pero no se trata de estudiar teología
como se aprende matemáticas. Nuestro saber teológico debe
estar unido a la oración y al compromiso consecuente.
No
podemos descuidar este aspecto ni improvisar. Es necesario
comprometer a los teólogos a salir de los centros oficiales y
bajar a la base. Las comunidades han de disponer de personas
teológicamente preparadas y de materiales de formación
asequibles y organizados.
LAS CELEBRACIONES
Los
bautizados se reúnen para celebrar la resurrección de Jesús.
Y también para celebrar otros hechos, pues la liturgia
cristiana abarca todo lo que es celebración de la vida en sus
múltiples aspectos. La liturgia está íntimamente unida al
compromiso y también a la evangelización, puesto que la
liturgia ayuda al grupo cristiano a identificarse, afianzarse
internamente y arraigarse a la vida.
La
comunidad ha de hacer una liturgia no leguleya ni teatral;
sencilla y no recargada de ceremonias; recuperando símbolos e
inventando otros nuevos, no por mero afán estético, sino
para expresar las nuevas situaciones que hoy vivimos. Sin
olvidar que somos andaluces y que nuestro ser colectivo como
tal debe tener también su expresión.
Es
este otro reto a afrontar: No podemos actuar a la ligera. Es
muy oportuno que la comunidad disponga de un grupo de
liturgia, elaborar y coordinar iniciativas litúrgicas con
otras comunidades, el canto, la fiesta, los símbolos, el tono
de oración, llevar los hechos de vida a la celebración, etc.
He aquí todo un trabajo por hacer siempre.
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