¿BASTA LE FE DEL CARBONERO?

 

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LA FE DE LOS SENCILLOS

as procesiones, algunas veces injusta y demasiado rápidamente criticadas, suelen ser ocasión para que la piedad popular, la fe los sencillos, se manifieste. No cabe duda, sin embargo, de que no todo es religiosidad pura, y hay que depurar de adhesiones impropias estas manifestaciones populares.

Esta escena pastoril tan cristalina parece, a primera vista, no dar más de sí que lo descrito con gozo por San Lucas. Canto angélico, buena nueva del Salvador, alegría popular junto al pesebre.

Interpreten c o m o interpreten los exegetas este fragmento del Evangelio de la Infancia, es evidente para nosotros que la escena de los pastores está cargada de misterio y es portadora de un mensaje que, al menos, provoca la sorpresa y ojalá también la meditación Para ello habremos de ponernos a tire del misterio, dejando a la puerta de la cueva complicaciones y prejuicios que parecen connaturales a eso que llamamos hombre moderno. Ni Herodes, ni los doctores de Jerusalén, ni los vecinos «razonables» de Belén se enteraron de nada, estando a dos palmos del Portal. Hoy sigue ocurriendo lo propio. ¿Porqué no acercarnos con sencillez a la fe de los sencillos?

DIOS PREFIERE, PERO NO DISCRIMINA

ncontramos una primera clave en el canto de los ángeles: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». Si los pastores disfrutaron de las primicias del anuncio, estaban evidentemente incluidos en esta lista de seres afortunados. Le caían bien a Dios. No entremos en averiguaciones ni imaginemos a un Dios caprichoso que discrimina en el amor a sus hijos. Más razonable resulta preguntarse qué atractivo encontró el Señor en los pastores para hacerles el regalo. A María le dijo el ángel: «Has hallado gracia delante de Dios». Algo así, a su escala, ocurrió con estos muchachos.

He recorrido de noche el campo de Belén, salpicado de peñas negruzcas y de rocas agrietadas, con pequeñas prominencias desde las cuales el zagal divisa el hato de sus animales y puede silbarle al compañero de la manada próxima. Se explica la hoguera al anochecer del invierno o la tertulia vigilante, cerca de los rediles, en las suaves noches del estío.

Dios se comunica a gentes así y obtiene respuesta inmediata: «Vamos a Belén». Hombres fieles a su trabajo, austeros en sus costumbres, bien avenido entre sí, con enorme experiencia de silencio y honda comunicación con la naturaleza. Idealistas y capaces de asombro, expertos en noches estrellada pero a un tiempo concretos y cazurro como gentes de monte que no se deja engatusar. «Vamos a Belén a ver esto que el Señor nos ha anunciado». La decisión es un arranque generoso, pero  también una preocupación realista ¡Qué difícil aunar ambos talantes! La de los sabios, o se dispara a veces p teomanías rebuscadas, o se obsesiona con la comprobación experimental aplicando a Dios y a su palabra el microscopio electrónico.

 

AMISTAD DE DIOS CON LOS SENCILLOS

  ara Dios, la comunicación con los sencillos y el trato familiar con ellos una costumbre inveterada. Pastor eran Abrahán, David, Amós y tantos otros.

Idéntica línea de actuación observa Jesús al establecerse en una aldea como trabajador manual, sumergido lleno en una cultura rural. Posteriormente escogerá sus apóstoles en, pescadores, labriegos y algún funcionario de baja escala administrativa. De parecida extracción social serían los fiel de las comunidades cristianas primitivas, a juzgar por lo que Pablo escribe a los de Corinto.

Estos datos de San Pablo siguiera registrándose en los crecientes núcleos cristianos del Imperio, hasta el punto que despectivamente llegó a hablar de una religión de esclavos. Si bien avanzado ya el siglo II, la Iglesia refleja en su seno todos los estratos de la escala social.

Lo que en todo caso resulta evidente es una cierta predilección de Dios por los humildes y sencillos y una mayor capacidad de éstos para dar su asentimiento al Evangelio. Todo esto se condensa en las bienaventuranzas, donde los pobres, los pacíficos, los misericordiosos, los limpios de corazón, son candidatos preferentes para la posesión del Reino (Mt 5,3‑11).

Con todo, para dar el cuadro completo, hay que recordar que Jesús no ejerció el menor clasismo, que incluso arrostró la crítica de «comer con publicanos y pecadores» (Mt 11,19), los ricos de aquel tiempo, y mantuvo amistad con personas de cierto rango social, en cultura o en economía, como Lázaro, Nicodemo y José de Arimatea.

 

SER NIÑOS O HACERSE COMO ELLOS

 dmitida una aparente contradicción, parece que el contraste nos invita a calar más en la mente del Señor. Mucho ayudan a ver claro otras expresiones del Maestro: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10,14‑15). Los pobres, los humildes, el pueblo, acusan como rasgo común cierta sencillez y simplicidad. Va ésta muchas veces unida a la ignorancia, pero no se confunde con ella. Ni con la pobreza, aunque sean buenas amigas. Muchos hombres y mujeres del pueblo llano en el universo mundo conservan un talante de candor que no ha pasado con su infancia. No pocos intelectuales creyentes reciben el carisma de hacerse como niños. Así, a veces, grandes teólogos o profundos pensadores. ¿Cómo no evocar aquí a García Morente, a Paul Claudel, a Jacques Maritain?

Recibir el Reino de Dios como un niño -en la vigorosa transcripción de San Marcos-, ahí está la clave. Los pobres se adhieren a la fe porque no tienen obturada la sensibilidad ni estropeado el paladar por el disfrute de otros bienes. Los carentes de ciencia humana se dejan invadir sin complejos por la sabiduría de Dios.

CATÓLICOS FORMADOS Y MASA CREYENTE

na vez acogida la fe, su desarrollo en cada hombre y en cada época es de lo más plural. Puede ciertamente conducir a floraciones religiosas de elevada calidad estética o de profundo nivel teológico. Pero no está predeterminada la tipología cultural del cristiano.

El cristianismo, como fenómeno histórico y como realidad contemporánea, llena con su presencia intelectual millares de bibliotecas. Partiendo siempre de la fe, el pensamiento cristiano ilumina la vida íntima y el contorno familiar, la investigación científica y el quehacer político. Tesoros de ciencia bíblica, de reflexión teológica, de historia de la Iglesia, de liturgia y culto, de moral evangélica, de espiritualidad, de humanismo cristiano, de doctrina social, vienen enriqueciendo sin interrupción el patrimonio espiritual de la humanidad.

En contrapartida, ha existido siempre, y en áreas demográficamente vastísimas, el llamado cristianismo y catolicismo popular, que, en sus versiones más elementales, suele alimentar la religiosidad con muy contados elementos. Ciñéndonos a la Iglesia católica, el continente latinoamericano y vastas zonas de Italia, de España y de Francia ofrecen amplio muestrario de estas masas creyentes. ¿Puede decirse que su escaso desarrollo humano, su débil o casi nula evangelización, constituyen un ideal para la Iglesia a la que pertenecen, por el hecho de que los pobres y los sencillos ocupen primeros puestos en el Reino del Evangelio?

 

COMO OVEJAS SIN PASTOR

cotemos el campo de observación, Miramos a la inmensa turba anónima, cuyos componentes tienen obviamente nombres y apellidos que nacen, viven y mueren entre los afanes de este mundo, pero confesándose cristianos y acreditándolo por unos signos que son válidos para ellos.

Con acusada ignorancia religiosa y débil compromiso cristiano (al menos en visión de superficie), estos millones de hermanos engrosan las estadísticas de la Iglesia y plantean graves problemas a la reflexión teológica y a la acción pastoral. Se les cataloga hoy como cristianos sociológicos, dando por sentado que su fe y sus prácticas religiosas son un legado rutinario de la familia y el ambiente nativo. Educados, se dice, in «situación de cristiandad», donde la pertenencia a la comunidad humana conlleva la afiliación bautismal a la Iglesia establecida, viven de hecho en una realidad de misión, pues aún están globalmente por evangelizar.

El primer aldabonazo para la toma de conciencia de este fenómeno lo dio lace treinta años el sacerdote francés Henri Godin, con su libro La France, pays de mission? Escrito sobre testimonios directos, con vivacidad de datos, con vigor literario y celo ardiente, logró una difusión de cien mil ejemplares en Francia y fue profusamente traducido.

Godin produjo una inmensa sacudida y, de algún modo, cambió el rumbo de la metodología pastoral, que desde entonces se divide en todas partes, no sin oscuridades y tensiones, en pastoral de cristiandad y pastoral de misión. Con pinceladas gruesas, la primera daría por creyentes a todos los bautizados, y la asegunda arrancaría del supuesto contrario.

Se acostumbraba hasta hace poco a á medir el nivel de religiosidad católica en x un conjunto social por el coeficiente de bautizados que cumplían con los preceptos de misa dominical y de confesión pascual. Ahora se analizan, con métodos apropiados, los índices de fe, de inserción en la Iglesia, de convicciones y conducta moral, de participación en el culto litúrgico y de compromiso social cristiano, dentro del grupo que se estudia. Además de las prácticas externas, se sondean las actitudes profundas. Y aunque algunos ‑no ciertamente los más expertos‑ inciden en un sociologismo exclusivista, poco atento a la peculiaridad teológica del dato religioso, en su conjunto la sociología religiosa, al menos la citada, se va haciendo más humilde y comprensiva, consciente de su papel especializado e instrumental para un diagnóstico profundo de los contenidos religiosos de las masas populares.

Repuestos del shock profundo provocado por el descubrimiento de la descristianización o la escasa cristianización de los cristianos, vamos recobrando la serenidad para evaluar con equilibrio y con amor la fe de estas turbas de hoy, que provocarían la compasión de Cristo, por vagar, no pocas veces, como ovejas sin pastor (Mt 9,36).

 

EVANGELIZAR LA RELIGIOSIDAD

 odernamente, los historiadores y sociólogos de la religión han establecido la diferencia ‑acogida a veces sin discernimiento por gentes menos avisadas‑ entre la «religiosidad» y la «fe» del pueblo, entre sus contenidos religiosos y sus elementos cristianos. Siendo útil la distinción, suele ser precipitado el diagnóstico de muchos, que sentencian como pura religiosidad natural o pagana las expresiones cristianas de pueblos y hasta continentes enteros, dejando a salvo las minorías evangelizadas en el sentido que hoy se otorga a esta expresión.

Las misas han entrado ya, en los países de vieja tradición cristiana, a formar parte de los actos sociales, colectivos. A la entrada de nuestros pueblos y ciudades, un_ cartel anuncia a los que pasan el horario de las misas.

Evidentemente, la fe cristiana, o al menos la confesión de la misma, coexiste, en vanos estratos demográficos, con la ignorancia religiosa, con la superstición o con graves lacras morales. Para juzgar con equidad, convendrá recordar que la fe de las personas más cultas y más catequizadas -clérigos y militantes inclusive- no está exenta, las más de las veces, de fuertes contrasignos, anejos a la condición pecadora del hombre. Si Jesús directamente viniera a clasificarnos a todos por orden de fidelidad a su persona y a su Evangelio, ¿quiénes saldrían mejor parados?

Es óptima, a todas luces, la fórmula de Helder Cámara, que encabeza estos párrafos: «Evangelizar la religiosidad. Entendida la evangelización como una

labor de amplio espectro que va desde el primer anuncio de Cristo Salvador, intimando a convertirse y a entrar en la comunidad, hasta el cuidado amoroso de las ovejas que perecieron o se alejaron de la casa de Israel».

 

¿APROVECHAR O PRESCINDIR?

  la hora de tomar opciones suele plantearse, al menos en el área del catolicismo latino, este dilema: aprovechar los elementos de fe y tradición cristianas, entremezclados de elementos negativos, o partir de cero, como podría hacerse en Japón. Entiendo personalmente que casi todos los dilemas pecan de librescos y violentan la realidad, que siempre tiene más de dos caras. De otra parte, el «respeto al pueblo», que propugnan con razón y con fuerza muchos pioneros de la reevangelización, parece pedir que dejemos a nuestros hermanos ser ellos mismos hasta donde esto sea compatible -que puede serlo más de lo que pensamos- con las exigencias fundamentales de la condición cristiana.

Despreciar, consciente o inconscientemente, la religiosidad popular o descalificarla de un plumazo, sobre ser poco científico, puede ser pobremente cristiano y absurdamente pastoral. Gentes que bautizan a sus Mijos, permiten su catequización por la Iglesia, hacen la primera comunión, se casan en el templo, llaman, aceptan o no rechazan al sacerdote en la hora de la muerte. Que acuden a fiestas religiosas patronales o a cultos religiosos nupciales, bautismales o fúnebres, sintiéndose a su modo y llamándose cristianos. Personas que en su soledad intransferible acuden a Dios, a Cristo crucificado o a la Virgen, en fórmulas elementales de oración. Que en su vida moral -averiada por incumplimiento de mandatos de Dios o de la Iglesia- mantienen valores de dignidad humana, de honestidad y de fidelidad, de temple sacrificado, de entrega al prójimo, de moral familiar, de esperanza religiosa, procedentes en última instancia de un legado de fe en Jesucristo.

La fe de estas gentes es un don de Dios, que no puede sustituirse con toneladas de teología. Pero sí iluminarse con la evangelización, la vida sacramental y el compromiso cristiano, hasta rendir el ciento por uno. Tal es el desafío, el clamor más bien, con que estos cristianos del montón, marcados por la fe del carbonero, emplazan a los pastores de la Iglesia, a las mujeres y hombres consagrados y a los laicos de fe militante.

os niños y los ancianos son como el anverso y el reverso de la moneda de la vida. ¿Son también los protagonistas más sinceros de la religiosidad existencial? Toda generalización es peligrosa, pero algunas instantáneas fotográficas, tomadas al azar en cualquier rincón de España, ilustran ya una respuesta.

Por Mons. Antonio Montero   (Obispo)