EL TRABAJO ¿ES UN CASTIGO?

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VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO OBRERO

ayamos por planos, pero todos ellos sobre un fondo primero, el de las nebulosas originales. «El hombre» entre las cosas, no como perdido entre ellas, no como haciendo suma con ellas, «conviviéndolas», sino el «hombre» interesado y preocupado ante el ferial tan extraño y tan opulento de los mil y mil seres que no eran él y de los que no podía, sin embargo, escapar; que le atraían y repelían, y ante los que se sentía, se iba sintiendo capaz de enseñorearse, de utilizar, de «dominar» según el Génesis (de «producir» según economías modernas).

La estampa es tan primaria como la del amor y dialéctica entre varón y hembra; mejor dicho, más profunda y problematizadora; al fin de cuentas, el «bios» ya daba pie a la bipolaridad sexual que concluiría en auténtico «eros»; pero ¿esto del «trabajo»?... Porque del «trabajo» se trata, se trata y se tratará indefectiblemente. El hombre llamado por los enfáticos griegos «sapiens» (en latín resulta más fácil); antes, por supuesto, es el «manufactor», el ser tentado desde el mismo albor más primero de hacer eso de coger la «cosa», mondarla, moldearla, acomodarla, cambiarla. Y fue entonces no sólo cuando el llamado cosmos adquirió una nueva servidumbre, sino cuando el mismo hombre dejó del todo de ser homínido (¿preferís decir «polvo»?), y comenzó nada menos que esto tan original, tan maravilloso, tan doloroso, tan ininterrumpíble que llamamos «historia».

Antes del amor interhumano, antes incluso de lo que el Libro denomina «el pecado» (al fin de cuentas, un abuso y torpeza en la administración de esas cosas), antes no había más que hombres admirados de lo que descubrían fuera y dentro de sí, y cosas. La humanidad como hecho que llamaríamos social apunta entonces, y el mismo hombre se descubre asombrado en su misma potencia.

Mucho y bien se ha escrito en esta dirección, no siempre en virtud de los datos originales de la Biblia; sí modernamente, repito, en los humanismos de nuestra era y en los planteamientos científicos de economías que precisamente surgen fuera de nuestro ámbito cristiano, pero llamándonos la atención sobre este dato dinámico y primordial un mucho preterido por nuestras cavilaciones clásicas. El hombre es no sólo y en primer lugar un productor, es «el productor», y su historia no es un serial de sucesos inconexos, sino un desarrollo difícil de aquella primera disponibilidad humana: el trabajo. Habrán podido exagerar en parte, pero esta original intuición es merecedora de todo respeto y admiración. Hoy, además, incuestionable.

Estudiar al hombre, considerarlo, darle vueltas y «humanizar», dando de lado o concediendo al caso citado un margen reducido, ha constituido y constituye un error colosal de consecuencias atroces. No se olvide que dentro del cristianismo han sido precisos unos veinte siglos para poder leer lo que nos parece hoy tan elemental: «El trabajo humano que se ejerce en la producción, en el comercio y en los servicios económicos, es muy superior a los restantes elementos de la vida económica, pues estos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos» (CONC. VAT. II, Gaudium et spes n.67).

Aquí y ahora, José, un artesano galileo de hace muchos siglos que nos aparece en los libros revelados como un importante eslabón -secundario en cierto modo- en el estudio genealógico del llamado Hijo del hombre. José, el artesano del que se habla en la tradición de Mateo principalmente y de quien no se conoce una palabra y, a la verdad, muy pocos de sus hechos.

Su figura, sin duda, encierra diversos sentidos muy dignos de meditación; pero uno de ellos, el más olvidado por cierto, dice de lo que acabamos de afirmar hace un momento. Se trataba en formas diferentes de asegurar que el nacido en Belén era un hombre cabal, no un disfrazado, no una quimera; se trataba de garantizar la categoría humana del Salvador. Y aparece José, no sólo como esposo muy especial de María, no sólo como descendiente directo de David, sino también como trabajador, como hombre situado en el horizonte primero y más genuino de toda la humanidad. José el artesano (aquí podríamos, sutilizando un tanto, sacar punta hasta a lo de la artesanía o «fabrilería»; José no era un hombre sirviendo a señor alguno en su oficio, ni un erudito trabajador del cerebro o de la Ley; era un artesano sin más, lo que se aproxima radicalmente al homínido despabilándose al manipular las cosas, y al primer hombre ya social en virtud del trabajo, cooperando en la construcción de la «ciudad»).

Es decir, José proporcionando la dimensión adámica a Jesús al introducirle en el despertar y dominar y bien sudar del primer trabajo (con su maldición subsiguiente), José situando al hijo aprendiz del oficio precisamente allí donde dejó todo Adán cuando se marchó de la tierra: entre aparejos e instrumentos de trabajo. Bien sabemos que Jesús venía a sustituir al «primer hombre pecador» por este Segundo fuera de pecado y vencedor de él; José en tal menester sitúa bien al hijo de María, a quien socialmente -¿no hemos dicho que la ciudad, la sociedad y la historia vienen hechos por el trabajo?- denominaban en Nazaret «el hijo del carpintero». Jesús era, pues, hombre; no había manera de haberlo dicho ni más claro ni más hondo. Y de ello se trataba.

Aquí se podría, haciendo pinturerías, decir incluso que José puso en manos de Jesús nada menos que la bengala de un Adán ya requetemuerto, pero presente en todo el dinamismo de la historia. José hizo de intermediario, y la sucia pero primera bengala de aquel que trabajó el primero, aunque trabajó pecando, vino en virtud de este otro trabajador, «el justo», a las manos de quienes venían a limpiar de toda falta y a prometer toda salvación; pero sin renunciar, sino todo lo contrario, a la vocación primera del primer padre, vergonzosamente tal de sus hijos, quienes sin poder librarse de la herencia del trabajo, bien que durante siglos -antes y después de Jesús- han ido haciendo de ella el gran secreto de la injusticia, el gran promotor del odio y enfrentamiento, la gran baza de Satán, a quien Jesús venía a desbancar de su reino (y su reino era y es el del trabajo desbaratado).

Figura y papel de un José menos conocido y menos admirado que el carpintero de las luengas barbas que enseñaba a su hijo a trabajar para que nosotros no nos desanimásemos, amásemos a los pobres y trabajásemos con dignidad. Más profundo, menos «devoto»; más hiriente, menos propio para un altar; más revelador y menos a propósito para hacer ahora de José un mero «patrono» de los trabajadores. Lo es, sin duda, pero no como Santa Rita de los imposibles o Santiago de los españoles. Otra cosa.

 

TAMBIÉN EL TRABAJO TIENE SU TEOLOGÍA

quí podíamos ya dar por rematada la sugerencia, pero me piden que apostillemos lo dicho. Dicen que cuadra entonces explayarse sobre la llamada «teología del trabajo», y me explayaré, por supuesto, aunque, sin duda, no conforme esperan algunos de los lectores.

Teología del trabajo, no lo entiendo, primero porque «teología» no es sino «logia» o palabra acerca de Dios, y entonces todo lo que sea hablar acerca de otra cosa ya no es propiamente «teología», sino a lo más, en nuestro caso, «laboriología».

Pero, en fin, dejémonos de sutilezas; algo querrá sin duda decir esto de la «teología laboral», algo que tampoco acabo por identificar del todo. Se ha insistido mucho en el segundo de los preceptos mosaicos como muestra de un Dios laborante en su creación, a la que pone fin en el séptimo día, el cual, por ello, es santo y obliga a sus fieles a no trabajar. Israelíticamente, la conclusión era radical, y frente a sus exageraciones tuvo que levantarse el mismo Jesús diciéndonos aquello de que el «hombre no es para el sábado», sino al revés.

El precepto era, pues, de descansar y dedicar a Dios Yahvé tal reposo, lo cual suponía implícito, curiosamente sólo implícito, el correspondiente precepto de trabajar el resto de los días. Seamos sinceros: no se insiste en la Ley tanto sobre tal deber como sobre el del sagrado reposo. Hasta llegara San Pablo, podríamos decir, no aparece con toda claridad el deber laboral: «El que no trabaje, que no coma»; es decir, un deber al que ni siquiera se tipifica como propiamente moral; la consecuencia del no trabajar era solamente la de no comer. Y ello enseñado a los tesalonicenses, porque, interpretando ellos como inmediata la vuelta del Señor, se dedicaban -con cierta lógica- a holgazanear (2 Tes c.3).

Es decir, y yo me entiendo, el trabajo de por sí viene con la naturaleza humana; más que como un deber moral, como un complemento del hombre, como una su realización, como un su abrazo a la misma vida. Entonces, podríamos decir que, por duro que sea (y parece ser que su dureza vino tras el pecado), antecede a los mandamientos como un prolegómeno de autenticidad. Los preceptos divinos suponen un sujeto sobre los que advienen, un sujeto cabal, hecho, histórico; es decir, labora n te.

Y volvamos al punto de partida. Israelitismo puro es la concepción o imagen de un Dios trabajado primero y reposador después. Pero sin duda algo más profundo dice la Revelación acerca de un Dios misterioso y trascendente. No «trabajó»; la creación no es un trabajo en manera alguna, y no tan sólo porque no fatiga y porque no «recrea» al trabajador, sino porque no le expresa. Se ha insistido demasiado en que dicha creación o cosmos le sirve de cara a Dios, como los resultados de nuestro esfuerz1o y trabajo nos expresan a los hombres. Pues no, Dios creador sigue siendo el Inexpresable, el de la tras‑nube, el que deja en su creación ¿rasgos?, ¿huellas? Antropomorfismo todo... El hombre, en cambio, no tiene otra forma de expresarse en profundidad si no es por la palabra y el trabajo. De aquí que no podamos ni debamos hacer comparaciones. Dios crea al hombre trabajador, a quien le impondrá caminos, y le destina a la salvación, pero sin más comparanzas, sin más rebajamientos ni explicaciones, y siempre, siempre considerando el trabajo no como un elemento adjunto o un deber impuesto, sino como un elemento constitutivo con que Dios le marcó para que se terminase a sí, haciéndose su camino.

No hemos hecho teología del trabajo, reconozcámoslo, o porque no sé hacerla -es probable- o porque no cabe desarrollarla -es posible-. Según lo dicho, el trabajo es tan humano, tan intrincado en las entretelas del hombre y su andadura, tanto que lo que cabe no es más que su «antropología»; en sí es «inteologizable». Más acá de toda trascendencia, tan identificado con toda inmanencia, tan de este lado de la frontera, que para buscar desde él es preciso dar un salto en fe hacia lo trascendente, lo cual es precisamente, pero al revés, lo que hizo El cuando nos habló de José y le interpuso en nuestros caminos salvadores con toda naturalidad, sin acentuación alguna.

Bien supongo que abocetar tal cavilación, a más de uno ha de parecer no demasiado ortodoxo e incluso de cierto toque marxificante. Lo supongo, lo siento; pero hora es de que cada cual, desde su posición, limitación y perplejidad, diga lo suyo, cargue con su vela y se exponga al juicio de los que saben, posiblemente con «demasiada» y estereotipada sabiduría.

Y una última sugerencia en este apartado: ¿por qué, se han fijado ustedes, por qué el Maestro que habló, enseñó y trató de tantos temas necesarios para ir hacia la Vida, para imitarle a El -¡el Hijo del artesano por demás!-, nunca nos dejó una enseñanza clara y precisa acerca del trabajo?, ¿por qué?

 

¿UNA VISIÓN CRISTIANA DEL MUNDO DE LOS TRABAJADORES?

  eseen que termine lo apuntado con algo que equivalga a una «visión cristiana del mundo de los trabajadores», y la verdad es que, siguiendo con docilidad el paradigma, me siento incómodo y confuso. Acabamos de recordar que Jesús en sí no dijo nada ex profeso acerca del deber de trabajar. También antes cité a Pablo y el primer texto neotestamentario donde se trata directamente del trabajo recomendándolo, imponiéndolo por un motivo tan poco «cristiano» como este de que «el que no trabaje, que no coma». Entonces «la visión cristiana del mundo de los trabajadores» no es fácil de perfilar, porque en el fondo surge la «visión humana del mundo de los trabajadores». Apenas más.

Este ser laborante, si es que no quiere desaparecer y si en verdad considera el trabajo como su primer alborear y despabilar para que el mundo deje de ser fatal y aliente en él un espíritu humano de transformación; este ser laborante, sea o no cristiano, vivirá su trabajo con la simplicidad de un José el artesano o su aprendiz. Desde ahí, desde esa peana de autenticidad, se planteará su respuesta al convocado por la gracia que le llama a la fe, la cual no sólo otorga la llamada salvación, sino lo que hoy queremos entender con el término «sentido» de esta vida. Repito, apenas más.

Y digo apenas, porque es posible -los eruditos que hablen-, es posible que desde la Revelación sí se puedan encontrar «materiales» que ayuden .a centrar y clavar bien al hombre en su condición histórica de laborante. Me refiero a aquello de Caín -léase hoy como se lea-, aquello donde ya aparecen dos hombres, él y su hermano, entre cosas, rebaños y trigales. ¿Cómo las «usaban» o administraban? No sabemos; lo único que dice el Libro es que la ofrenda del esfuerzo ¿trabajo? de Abel fue grata, y la de Caín no. Dos modos de administrar y trabajar las cosas, dos modos diferentes, a no ser que prefiramos «caprichos» en el Dios que había concedido las cosas todas a los hombres. Dos modos.

Y de aquellos dos modos salta la primera contienda y enfrentamiento, la primera envidia, el primer crimen. ¿Podría decirse -léase como hoy se lea el pasaje-, podría decirse que la primera sangre derramada -extremo de la opresión de un hombre sobre otro- provino del encaramiento de un buen trabajo con uno malo? Pregunto solamente. Pero no es ilusorio relacionar el problema siempre irresoluto del trabajo con el problema siempre sangriento del odio y la matanza. Se acompañaron durante siglos y culturas. Y aquí sí que la visión cristiana puede aportar algo...

Pero, en orden diferente, la visión cristiana se concreta -cada día lo vemos y sentimos con más profundidad- en la llamada a anteceder a todo el amor, el perdón, el mutuo servicio, la rota hermandad entre Caín y Abel. Entonces..., pues si ésta es la llamada, encontramos como su condicionamiento previo y presupuesto el de un trabajo vivido tala como no supo vivirlo Caín (su descendencia fue la que, también según el Libro, promocionó a la humanidad en esto de las muchas invenciones que tapaban las no menores injusticias).

La «visión cristiana del mundo de los trabajadores» no vendría en este caso, y, supuesta tal imaginación, no vendría a decir sino que, sin un arreglo del enorme y colosal desorden laboral del mundo, ni el amor es posible y, seguramente, ni la fe creíble del todo. Aquí la tremenda cuestión que de tantos modos hemos intentado cubrir con otras consideraciones, como la de la «paz» y el «orden» defendidos por el cristianismo ante todo y sobre todo, sin atreverse a tocar el susodicho desorden, el del desmigamiento de lo que cae de la mesa de Epulón -parábola evangélica-. Porque el pecado capital no se encuentra en la mala distribución de los bienes, sino antes en la mala distribución del trabajo, de esa realización humana nunca -¿desde Caín?‑ bien resuelta y, por ello, siempre base del enorme desbarajuste de las llamadas civilizaciones y culturas, todas tocadas de lo mismo.

Sobre tan mala realización vino la Luz a hacerse hombre, no a hacernos un discurso acerca del trabajo y su importancia y buena y nueva manera de llevarse a cabo; vino a hacerse hombre, y por ello «artesano», «hijo de artesano», lo cual le dio ámbito y autenticidad para después pregonar su mensaje salvador.

La «visión cristiana del mundo de los trabajadores» tendría entonces que comenzar por eso del silencio de un Nazaret donde se trabajaba de verdad, por aquello de un joven que aprendía un trabajo y de él vivía, por aquello de una humanidad que como primer problema irresoluto tenía y tiene el del trabajo mal distribuido entre los humanos, capaces de los mayores progresos globales y cualitativos a la hora del invento, pero parece ser que incapaces hasta ahora de arreglar el condicionamiento laboral. El cristianismo lo demanda entonces como algo previo a la predicación. Y bien hicieron los que incluso sin fe así lo entendieron y lanzaron sus teorías y planes, hasta el presente bastante utópicos, pero más acertados que tanto silencio y tanta preterición de un problema primero y básico, «mal tapado» en la aventura del hombre llamado gratuitamente a salvarse.

Y aquí de nuevo José para terminar, el bueno y silencioso trabajador que, como todos los de su clase, no nos dejó ni una palabra de aliento; tan sólo su sudor...; ¡ah!, y un Hijo que no sólo vino a ofrecer la salvación, sino a demandar la justicia como el gran «asunto de Dios» que tienen que llevar a cabo los hombres en su respuesta, en su cabalgada, en su llanto, en ¿su rebeldía?

 

  astigo o invitación a completar la Creación, he ahí una estampa del trabajo más tradicional: el de la tierra. La tierra, las bestias y el hombre, uncidos en un empeño laborioso que abarca desde los albores de la humanidad hasta nuestros días.

ficio o profesión, técnica o artesanía, son versiones diversas de una única realidad: el trabajo humano diario. Junto a una máquina de calcular, decorando amorosamente la arcilla o instalando los grifos en una casa nueva se cumple una misma ley universal: la del trabajo.

unque los tiempos han vaciado casi el campo y concentrado en las ciudades a los hombres en busca de trabajo, son muchos aún los que soportan en las faenas agrícolas los rigores del frío y del calor.

Por José Mª de Llanos