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Contra
lo que deshumaniza al hombre (1, 21-28)
Yo creo que Jesús no
comenzó a predicar en su tierra. Ya ven cómo en donde menos confianza
se le tiene a un profeta es en su propia familia. Eso lo habría de
experimentar Jesús mismo poco tiempo después. Durante un tiempo
Cafarnaum, el pueblo de Pedro y Andrés, Juan y Santiago, al norte del
lago de Galilea, fue su base de operaciones.
Llegó
a Cafarnaum con su pequeño grupo, que apenas comenzaba. Y un sábado se
fue luego a la sinagoga. Era un desconocido. Pero pidió la palabra y
comenzó a hablar. Y algo comenzó a suceder en la gente. Lo que les decía,
nacido de su experiencia de Dios, les calaba hondo y los sacudía. Nada
del tono rutinario, legalista, regañón e impositivo de los escribas;
la predicación de estos les cerraba la esperanza, los hacía sentir a
Dios lejos de ellos, verlo como Juez inflexible, ante el que no había
escapatoria. Al oír hablar a Jesús sentían un nuevo ánimo, así como
la brisa fresca en el calor del desierto, así como la mano suave y
firme sobre el hombro apenado, así como los ojos del amigo, vistos a
través de las lágrimas, así como el triunfo de la vida sobre la
muerte.
Más
que lo que decía, impactaba ese poder de sus acciones en favor de la
vida y contra el mal que aplasta al hombre. La presencia de Jesús
privaba al mal de toda fuerza. Esa era la clave de su autoridad: no tenía
estudios, ni credenciales o títulos que lo autorizaran, pero cuando él
hablaba, algo comenzaba a cambiar en favor de los que sufren.
La
gente sencilla tiene un sexto sentido. Y comparaban: ‹‹Ese no es
como los escribas; ese sí habla con autoridad››. ¿Qué autoridad,
si no tenía estudios, ni formación?. La autoridad que da la convicción
de tener una misión y de ser responsable de una causa: la causa del
Padre, la causa de la vida.
Su
enseñanza era como un viento fresco en el verano, como la brisa de la
tarde; alentaba la esperanza. Los escribas hablaban y hablaban y no
sucedía nada nuevo. Sólo la carga cada vez más pesada de preceptos y
prohibiciones. En cambio, Jesús hablaba y empezaban a suceder cosas
nuevas que les hacían tener nuevas esperanzas en que el futuro sería
diferente.
Pero
volvamos a lo que les platicaba de aquella primera vez que Jesús habló
en la sinagoga de ellos en Cafarnaum. Aquel ambiente de atención, de
cosa nueva, fue interrumpido de pronto por unos gritos: ‹‹¿Por qué
te metes con nosotros, Jesús Nazareno?. ¿Viniste a acabar con
nosotros?. ¿Quién te crees?. ¿El santo de Dios?. Yo te conozco y sé
quién eres››.
Es
que había allí un pobre hombre medio loco, que constantemente estaba
gritando e interrumpiendo; a esas gentes que vivían como fuera de sí,
como poseídos por una fuerza del mal que les hacía daño y que los
empujaba a dañar a otros, se les veía como endemoniados. La gente se
quedó como paralizada, a la expectativa. Empezaron a hacer un hueco en
torno a él, más que nada por miedo a esa fuerza que se apoderaba de él
cuando le daba el ataque.
¿Qué le quería decir a Jesús?. ¿De dónde le venían esas
palabras?. ¿Sabía lo que estaba diciendo?. ¿O quería burlarse de él?.
Porque decirle a alguien ‹‹santo de Dios›› era peligroso para
alguien como Jesús, sin títulos ni credenciales. Algunos, molestos por
la interrupción, pedían que lo sacaran. Jesús no; no era contra el
hombre que sufre, sino contra el mal que lo oprime contra lo que había
que luchar. Y se enfrentó al hombre y, en él, a esa fuerza oscura que
lo dominaba, y con toda energía le exigió: ‹‹Cállate y sal de él››.
Todavía
hubo un momento de confusión, porque aquel hombre empezó a
estremecerse, a sacudirse, a azotarse contra el suelo, gritando con
fuerza, como si ese mal que salía de él lo estuviera estrujando por
dentro y luego, poco a poco, se fue serenando, volviendo en sí, y quedó
sano.
Ante
Jesús y su palabra el mal se debilitaba y nada podía contra la vida. Y
así quedaba claro que, aunque el mal es más fuerte que el hombre, no
puede contra Dios. Y que lo que Jesús anunciaba -que el plazo para el
mal se había terminado y que Dios estaba ya comenzando a reinar- era la
gran noticia.
Todos
se quedaron estupefactos ante aquello; nadie podía parar aquel hablar y
hablar buscando una explicación. Y sólo había una: que estaban ante
una nueva manera de enseñar; con hechos, con poder de Dios. Jesús
hablaba y sucedía lo nuevo: el hombre quedaba liberado del mal que lo
esclavizaba. Sus hechos mismos eran su enseñanza. Había anunciado que
el plazo para el mal ya se había vencido, y que Dios estaba llegando
para reinar y aquel hombre liberado del demonio era el testimonio de la
verdad de su anuncio.
Pero
antes de seguir, quiero dejar en claro una cosa. Jesús jamás se cuidó
de sí mismo, de su imagen, ni de probar nada acerca de su persona. Lo
que lo acaparaba totalmente era el Padre y su causa, la causa de la
vida, el que los hombres aceptáramos el reinado de Dios y que creyéramos
que con él se abrían nuevas posibilidades para el hombre. Esto lo
digo, porque Jesús sufrió ciertamente la tentación de la popularidad.
La venció, pero tuvo que enfrentarse con ella. Y también tuvo que
aprender a manejar algo más peligroso para él: acaparado por el Reino
y por la causa de la vida, dejaba en segundo término cosas que para los
judíos eran muy importantes, por ejemplo, la guarda del sábado... en
una situación en la que había pena de muerte para quien lo violara.
Ya
había sucedido en el pasado: un hombre que había recogido leña en sábado
había sido apedreado por órdenes de Moisés. Y Jesús había curado a
un hombre en sábado, en público y en la sinagoga misma... En ese
primer momento la gente, sorprendida por la vida que de él manaba, tal
vez no cayó en la cuenta de eso. Seguramente algún fariseo o escriba
se haya inquietado. Pero ¿cómo negar la evidencia de que allí había
vida?.
Las
noticias corren; por todas partes de Galilea se empezó a saber de lo
que Jesús hacía y decía. Y eso le comenzó a crear problemas. Porque
la gente comparaba... y los escribas y fariseos no salían nada bien
librados en esa comparación.
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