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Nota
del primer editor
(Yo creo que Marcos León
tuvo sus razones para terminar aquí su relato. No quiero desvirtuar su
intención, que nos enfrenta con toda la seriedad de las exigencias del
seguimiento de Jesús en el proseguimiento de su causa, sin lo cual
ninguna confesión de fe tiene sentido. Creo que puso el dedo en la
llaga de muchas de nuestras comunidades, que creen que basta confesar a
Jesús como el Mesías y como el Hijo de Dios, que creen que basta con
orar, con celebrar, pero se les pierde de vista de que Dios no reina
cuando se habla, sino cuando se actúa, como decía Pablo.
No
quiero corregirle la plana, ni atenuar su mensaje: ningún relato puede
suplir la experiencia del seguimiento, único lugar donde se conoce a
Jesús; pero quiero poner un resumen de las tradiciones que se
conocieron desde el principio sobre las apariciones de Jesús a los discípulos;
con eso quiero expresar una advertencia y una esperanza, en continuidad
con el mensaje de Marcos. Me parece fundamental para consolidar una
esperanza activa y responsable: para que caigamos en la cuenta de qué
barro estamos hechos, de dónde ha nacido nuestra comunidad cristiana,
cuál es nuestra tarea y dónde hemos de poner nuestra seguridad).
Jesús
resucitó el primer día de la semana; o, más bien, con él resucitó
la vida y la esperanza, en ese primer día del mundo nuevo que con él
comenzaba. A la primera persona a quien se apareció fue a María
Magdalena, aquella de la que había echado siete demonios -creo que con
lo que Marcos León ha explicado de los símbolos ustedes pueden ya
entender esto: era una mujer que vívía como sometida por todas las
fuerzas del mal; tratar con ella hacía daño-. Y su vida comenzó a ser
vida desde que lo conoció; esa conversión tan honda que tuvo la hacía
tener una finura especial para comprender en profundidad todo lo que
tuviera que ver con él.
Por
eso fue la primera en tener la experiencia de que Jesús había sido
confirmado en la vida por su Papá-Dios; que este le había hecho
justicia. Podía decir que lo había visto; no era una ilusión; era una
certeza. Lo veía con otros ojos, pero lo había visto.
Sacudida
toda ella por aquella certeza corrió a decírselo a sus compañeros,
que estaban de duelo, pero ellos, al oírle decir que estaba vivo y que
lo había visto, se negaron a creer. Al fin y al cabo ¿quién podía
aceptar la palabra de una mujer como testigo?.
Otro
tanto sucedió con dos de ellos que habían ya renunciado a toda
esperanza y decidieron olvidar aquella ilusión que había sido Jesús,
y regresaron al rancho de donde habían salido para seguirlo. Y Ellos
también, contra todo lo que podían imaginar o esperar, tuvieron la
certeza incuestionable que estaba con ellos y caminaba con ellos. Era
El, no podían ya dudar más, pero ahora lo veían de manera diferente;
poco a poco lo fueron reconociendo, en gestos semejantes a los suyos, en
una forma de hablar parecida a la de Jesús y, sobre todo, en el
compartir el pan con ellos. Esa misma noche regresaron a Jerusalén para
anunciarlo a los demás, pero también se estrellaron contra la dura
pared de incredulidad de los discípulos, que se negaron a creerles.
Todo
parecía perdido; la causa de Jesús, el Reino de Papá-Dios, parecía
sin futuro. Ya no eran Los Doce, el fundamento del Israel reunificado,
sino sólo Once, el pueblo incompleto, fragmentado, incapaz de
reunificar en torno suyo al pueblo de Dios. Pero el Señor no se dio jamás
por vencido. Y como lo último que podía hacer, hizo a Los Once capaces
de experimentarlo como resucitado; sucedió un día, cuando estaban a la
mesa, el lugar del compartir el pan y la vida.
¿Qué hubieran hecho ustedes?. Yo lo he pensado muchas veces: les
habría dicho que, dada su incredulidad y su cerrazón a la evidencia
que Papá-Dios les estaba dando, ya no había nada que hacer con ellos,
y que buscaría a otros que fueran menos duros de corazón. Jesús les
echó en cara su incredulidad y su terquedad en no creer a los que lo
habían visto resucitado. Pero luego añadió lo que sólo nuestro
incorregible Señor podía añadir. Les dijo:
‹‹Vayan,
pues, al mundo entero gritando a los cuatro vientos la Buena Noticia de
que Papá-Dios ya decidió reinar en el mundo y la historia. No esperen
a que les pregunten; anúncienlo a todo hombre. El que acepte esa buena
noticia con todo su corazón y toda su persona y se integre en la
comunidad de salvación a través del bautismo, se salvará; si alguien
se cierra y no acepta esta realidad nueva, no tiene remedio y se perderá
a sí mismo.
Y
todo el que crea y viva unido a mí hará cosas que serán señal para
los demás de que el Reino ya ha comenzado: vencerán al malo invocando
mi nombre; hablarán un lenguaje nuevo, capaz de ser entendido por
cualquier hombre: el lenguaje del amor; su cercanía cariñosa a los
enfermos devolverá a estos la salud; y por ese mismo amor pasarán por
encima de peligros sin sufrir daño: ni serpientes, ni venenos tendrán
fuerza para matar su amor››.
Todo
eso les dijo Jesús y, después de hablarles, dejó de estar presente en
nuestra historia para siempre, hasta el momento final en que regrese a
llevarla a plenitud, en el último día. dejó de estar en la tierra,
para vivir para siempre junto a Papá Dios, en el lugar que le
corresponde, a su derecha.
Y
los discípulos, confirmados por la fuerza de su Espíritu, vencieron
todo miedo y se fueron a gritar a todo el mundo su esperanza, su fe
renacida; y con ellos siguió caminando el Señor, confirmando su
mensaje con las señales que acompañaban su predicación.
Y
eso me hace pensar que somos una comunidad nacida de la incredulidad y
de la imposibilidad de ser pueblo; nacidos de la fragmentación y la
desesperanza. Somos de la misma carne que aquellos primeros seguidores
de Jesús. Y en nosotros ha puesto Jesús su confianza. No podemos
nosotros ni escandalizarnos de la incredulidad que, aún ahora, sigue
siendo nuestra tentación, ni renunciar a purificar nuestra fe y nuestra
práctica creyente, ni frustrar la ilusión y la esperanza de Dios.
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