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SIN
NADA QUE ESPERAR
Llegó la noche con
que comenzaba el Shabbat de Pascua. ¿Qué podían celebrar?. Muerto Jesús
se habían muerto las ilusiones por la liberación. Otro más en la ya
larga serie de pretendientes a Mesías; otro más también eliminado por
razones de Seguridad Nacional y por la defensa de los derechos de Dios.
No tenían nada que celebrar ni con qué hacerlo, porque ni se les había
ocurrido preparar nada. Algunos incluso sentían que algo muy íntimo de
su fe judía se había roto.
Y
afuera se oían los cantos de alegría, los salmos de victoria:
‹‹Se
levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que
lo odian; como la bruma se disipa, se disipan ellos; como se derrite la
cera ante el fuego, así perecen los malvados ante Dios. En cambio, los
justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría.
Canten a Dios, toquen en su honor, allanen el camino del que cabalga por
el desierto; se llama El Señor... padre de huérfanos, defensor de
viudas... Dios prepara casa a los desvalidos, saca con bien a los
cautivos; sólo los rebeldes se quedan en la tierra abrasada›› (Sal
68).
Todo
les sonaba como vacío. O, al menos, no era para ellos, ni para Jesús.
¿Sobre ellos también había caído la maldición...?.
Llegó
la mañana. Con el mal sueño, lleno de pesadillas, de recuerdos, ni
Pedro ni ninguno de los que estaban en la ciudad, escondidos por miedo,
había logrado aclararse nada. Era la Pascua más absurda que habían
vivido. era, más bien, una anti-Pascua, una Pascua de opresión y de
muerte. En Egipto Yavé había pasado por las casas de los Israelitas,
marcadas con la sangre del cordero, rescatando sus vidas; ahora, el Abbá,
ante la cruz de Jesús, había pasado de largo...
Se
puso el sol, y comenzó el primer día de la semana. La decisión estaba
tomada. Había que desandar el camino y volver nuevamente a la fe de los
padres, que creyeron superada por Jesús. Tenían que dejar Jerusalén,
muerte de todo lo que habían esperado. Terminado el descanso había que
emprender el viaje de regreso a Galilea. Y mientras más pronto, mejor,
para dejar enterrada en Jerusalén la pesadilla, y para rehacer pronto
la vida.
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