Sepultado también en vergüenza (15, 42-47)

 

Con el atardecer se echaba encima la víspera del sábado de Pascua, el más solemne del año. La muerte de un crucificado podía prolongarse días, hasta que moría por asfixia, sin fuerzas ya para soportar el dolor que suponía incorporarse para respirar.

 Los crucificados no podían quedar en la cruz durante la fiesta. Después de acelerar su muerte, serían echados en la fosa común, que quedaba en el lado poniente, donde comenzaba la vertiente de la Gehenna, según datos que me dieron mis antepasados. Pero Jesús ya había muerto.

 Había un hombre muy respetado, miembro del Sanedrín, llamado José de Arimatea. Un hombre que simpatizaba con Jesús y cuya esperanza en el Reino se había fortalecido al escucharlo. Aunque no era de sus discípulos, fue el único que se atrevió a ponerse en público de parte de Jesús y, armándose de valor, fue donde Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús para enterrarlo.

 Eran apenas alrededor de las cuatro de la tarde. Y a Pilato le extrañó que hubiera muerto tan pronto; para cerciorarse llamó al capitán romano y le preguntó si era cierto que hubiera ya muerto. (¡Como si no lo hubieran destrozado con los azotes!. ¡Como si no lo hubieran deshecho interiormente la traición, el abandono, las burlas!). Informado por el capitán de que ya había muerto, le concedió el cadáver a José. Este fue a comprar una sábana mortuoria, y se dirigió hacia la cruz con algunos de sus sirvientes, descolgó el cuerpo, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, en donde nadie había sido enterrado. Luego empujaron la piedra de la entrada, para cerrar bien la tumba, y se fueron. A María Magdalena y María de Joset se les quedaron grabados todos los detalles del lugar donde lo pusieron.

 Eso era todo lo que se podía hacer por él: rescatarlo de la infamia de ser enterrado en la fosa común. Pero las costumbres judías eran tan inflexibles que tuvo que ser enterrado en un sepulcro en donde no hubiera sido sepultado nadie antes, porque quien había muerto así, fuera de la ciudad, como maldito, no podía mezclar sus restos con los de los santos de Israel. Al final mismo la infamia sellaba, con la piedra, su destino.

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