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Sólo
las mujeres (15, 40-41)
Así
murió Jesús: en el abandono más desgarrador. En ausencia de sus discípulos,
en el silencio del Padre. Sólo estaban allí, mirando desde lejos, porque
los soldados romanos no permitían la cercanía de nadie junto a los
ajusticiados, unas mujeres, que lo habían acompañado en Galilea, ayudándole
con sus bienes y su trabajo, y que habían subido con él hasta Jerusalén;
entre ellas estaban María de Magdala, otra María, madre de Santiago el
menor y de Joset, y Salomé.
Los
discípulos todos, los varones, habían desaparecido; estaban escondidos
por miedo, por frustración. Se sentían señalados por todos los dedos y,
sobre todo, el dolor de haberse dejado llevar tras una ilusión. El
silencio de Dios, que desautorizaba todo lo que Jesús había dicho y
hecho, los escandalizaba; todas las esperanzas que se habían forjado habían
sido puro engaño. Había parecido muy bello, pero no era cierto nada: ni
que Dios es Abbá, ni que su Reino estaba a la puerta, ni que los pobres
son felices, ni que el Centro judío era estéril, condenado a la
destrucción; ni siquiera aquello de que sólo si muere da vida el grano
de trigo. La dura verdad seguía siendo que los privilegiados son los de
siempre, que la riqueza es señal de bendición, que el pueblo pobre y
pecador está excluido del reino y de las promesas, que apartarse de la
ley de la pureza y de todas las prescripciones es motivo de maldición y
de muerte. ‹‹Nosotros esperábamos... pero ¿cómo pudimos engañarnos?››.
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