Compañeros para el Reino (1,16-20)

     

Yo les voy narrando sólo lo más importante; les repito que muchas cosas no siguen un orden cronológico, ni tampoco sucedieron tal como yo las narro; todo narrado introduce en su narración su propia manera de valorar las cosas. Lo que sí puedo decirles es que todo lo que digo es verdad: la verdad sobre Jesucristo. Hay muchas otras cosas que él hizo, pero en estas que yo he seleccionado y estructurado a mi manera ustedes pueden tener un conocimiento profundo de quién fue Jesús y por qué causa vivió y murió.

 Una de las decisiones para mí más importantes de Jesús fue haber invitado compañeros a ir con él en las tareas del Reino. Por eso la pongo al principio, aunque el hecho fue más complejo. No se imaginen que se encontró de pronto con unos desconocidos y les dijo que lo siguieran y estos lo hicieron, como hipnotizados. Jesús llevaba ya algún tiempo anunciando el Reino, pero nunca se sintió un superhombre, capaz de hacerlo todo por sí mismo y él solo. Y se fue un día a la orilla del mar de Galilea, a la hora de pesca. Y vio a Simón y a Andrés su hermano echando la red en el mar. Y Jesús les dijo: ‹‹Vénganse conmigo y los haré ser pescadores de hombres››.

 ¿Qué habrían dicho ustedes ante tal invitación?. ¿Para qué quiere uno ser pescador de hombres?. Además, con eso no se come. Un pescador saca los peces del mar, donde viven, y al sacarlos mueren, pero dan vida a quien los come. ¿Ser pescador de hombres...?. O sea, ¿sacarlos del mar, donde el hombre no puede vivir -el mar era símbolo de la muerte- para que afuera vivan...?. La imagen empezó a cobrar sentido a los ojos de aquellos pescadores. Era una invitación a dejar un trabajo conocido por otro desconocido; un proyecto personal, centrado en sus propias necesidades y las de los suyos, por otro en el que tendrán que hacerse responsables de la vida de los demás hombres...

 Pues sí, dio resultado: Simón y Andrés dejaron inmediatamente las redes y se fueron con él. Esas dos cosas caracterizaron a los que lo siguieron: dejaron lo que tenían y se fueron con él.

 Y poco más delante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, en la barca remendando las redes. Inmediatamente los llamó. Y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

 Aquel nazareno tenía algo especial para llamar así la atención. Todavía no sabían a qué iban con él. Lo intuían, pero no les quedaba nada claro, ni menos por qué ellos pescadores, eran los invitados. ¿Por qué no el otro Simeón, hijo de un escriba, de manos cuidadas, de palabra elegante?. ¿O el otro Johannan, joven sacerdote?.

 Jesús invitó gente del pueblo, trabajadores sin una formación especial, ni pertenecientes a ningún grupo de élites. A nadie se le hubiera ocurrido seleccionar ese personal para una empresa tan importante. Pero esa era la mejor manera de dar con hechos la buena nueva al pueblo: Dios está con ustedes. No tienen que tener credenciales, estudios, lista de obras buenas, para ser objeto de su amor y predilección, para ser invitados a poseer el Reino y a trabajar por él. Dios no es propiedad de selectos, sino Papá-Dios del pueblo.

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