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Nada
más un último grito... (15, 37-39)
Pero Jesús había
llegado al límite extremo, de donde no hay ya retorno y, lanzando un
fuerte grito sin palabras, murió.
Aquel
grito quedó resonando en el corazón de todos los que lo siguieron. Y
en ese preciso momento en el que parecían haber triunfado los jefes judíos,
desgarrando la vida de Jesús, destrozando las esperanzas de sus
seguidores, arrancando de raíz toda posibilidad de proseguir su causa,
con el Templo sucedió algo parecido: el enorme Velo de pelo de camello,
que aislaba a Dios en el interior del santuario, (el Santo de los
santos), se rasgó de arriba abajo. Dios abandonaba el Santuario; no podía
seguir en el centro de aquel sistema que excluía a sus hijos y mataba a
su Hijo. Allí ya no había vida.
Así,
la muerte de Jesús fue su triunfo, porque quedaba al descubierto la
maldad de los piadosos que dan más importancia a las leyes que al
hombre y que, para defender supuestamente los derechos de Dios violan
los derechos del hombre. No era la cercanía de Dios lo que amenazaba al
hombre; era, al contrario, la cercanía al hombre lo que amenazaba la
vida del hijo de Dios. Pero además, muriendo Jesús fuera de la ciudad,
había consagrado los márgenes como el lugar de Dios. Y el Centro había
quedado desenmascarado como el lugar donde Dios mismo (en su Hijo) era
amenazado de muerte.
Nunca
más tendría ya sentido hablar de distancia entre lo sagrado y lo
profano; se acababa la barrera que la ley de la pureza ponía entre Dios
y los hombres; nunca más volvería a estar Dios allí, encerrado y
separado de su pueblo; y el sacerdocio concebido a la manera judía
dejaba de tener validez. El Templo mismo, construido como lugar de
selectos, como receptáculo de la santidad de Dios, ahora perdía
definitivamente su razón de existir.
Y
el capitán romano, al ver aquello, y cómo había muerto dando aquel
grito, dijo: ‹‹En verdad que este hombre era hijo de Dios. Haber
sufrido lo que sufrió, experimentar su abandono, y todavía mantenerse
en diálogo con su Dios... sólo puede hacerlo quien de verdad sea su
Hijo››.
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