Como si toda la luz del mundo se hubiera acabado (l5, 22-36)

 

Llegó el mediodía y con él cayó la oscuridad por toda la tierra hasta las tres de la tarde. Pareciera el fin del mundo. Jesús sacó de sabe Dios dónde fuerzas para dar un grito desgarrador. En su lengua materna, el arameo, gritó: ‹‹Eloí, Eloí, ¿lamá sabactaní?›› Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?. Y seguía el salmo 22: ‹‹No te alcanzan mis clamores ni el rugido de mis palabras...››.

 

No reclamaba; en aquella pregunta sólo manifestaba que no comprendía por qué no había podido ser de otra manera, por qué no se había hecho presente como su salvador. No le llamó Abbá, como era su costumbre. Jesús estaba apurando hasta las últimas gotas el cáliz de lo que significa ser hombre y, desde la experiencia de su limitación se dirigía a él asumiendo la distancia que había entre la creatura y el creador; y aceptando que no le competía conocer la razón de todo aquello, en medio de aquel tormento le llamó ‹‹Mi Dios››. Se mantenía en oración a pesar de que la pregunta no tuviera más respuesta que el silencio del Padre.

 

Verlo en aquel tormento era insoportable. Uno de los presentes, al oír aquellas palabras, corrió a ofrecerle algo de vinagre en una esponja clavada en una lanza, para aliviarle la sed. Había confundido las palabras de Jesús pensando que estaba invocando al profeta Elías, y decía: ‹‹¡Vamos a ver si aguanta un poco, y veamos si viene Elías a descolgarle!››.

Volver a la WEB

Anterior    Volver a la página anterior                                          Continuar leyendo: Página siguiente    Siguiente