Amenaza para la Seguridad Nacional (15, 25-32)

 

Cuando lo crucificaron eran como las nueve de la mañana. Arriba de la cruz habían puesto un letrero en el que decía la causa de su condena: ‹‹El rey de los judíos››. Y para dar más fuerza a la condena, adelantaron la muerte de dos bandoleros, y lo crucificaron en medio para resaltar la peligrosidad de Jesús, como jefe de subversivos.

 Los jefes judíos miraban aquello triunfantes. Habían logrado todo lo que pretendieron: condenar a Jesús como un enemigo de Roma y desautorizar toda su causa al llevarlo a morir como un maldito de Dios, como decía la Ley: ‹‹Maldito el que muere colgado en un leño››. (Dt 21, 23).

 Y siguieron las burlas. Los que pasaban por allí se quedaban mirando y lo insultaban, meneando la cabeza y diciendo: ‹‹¡Anda, tú que destruyes el Templo y lo reedificas en tres días...!. ¡A ver si puedes bajarte de la cruz aunque sea, para salvarte a ti mismo!››. Los sumos sacerdotes, junto con los escribas, se burlaban también: ‹‹¡A tantos que salvó y ahora no puede salvarse a sí mismo!. ¡Y se decía Mesías y Rey de Israel!. ¡Qué baje de la cruz ahora mismo, para que veamos señales y creamos!››. Los que habían sido crucificados con él también lo insultaban, achacándole la culpa de ese tormento mortal en que estaban.

 Y allá, en el fondo de la conciencia, le resonaban a Jesús las palabras del salmo: ‹‹Me ven y se burlan de mí, hacen gestos, menean la cabeza: ‘Acudió al Señor, que lo ponga a salvo, que lo libre, si tanto lo quiere’››.

Volver a la WEB

Anterior    Volver a la página anterior                                 Continuar leyendo: Página siguiente    Siguiente