Camino de cruz (15, 21-24)

 

Salieron de la Torre Antonia, por el camino que bordeaba la muralla. El monte Gólgota, (que quiere decir lugar de la Calavera), un promontorio de apenas unos diez metros de altura, no quedaba a más de un kilómetro de distancia. Allí lo iban a crucificar. Pero siempre hacían con los condenados a muerte un recorrido por algunas de las calles principales, para escarmiento de la gente y, en este caso, para desalentar cualquier intención de alzamiento. Le cargaron el pesado tronco que serviría de travesaño, pero los azotes y la pérdida de sangre lo habían debilitado mucho; después de varios tropiezos y caídas, los soldados temieron que se les muriera antes de llegar a la cruz, lo cual frustraría los planes. Iba pasando un hombre, un tal Simón, originario de Cirene, que regresaba del campo para prepararse a la festividad de aquella tarde, y lo obligaron a cargar el tronco de la cruz hasta el Calvario. Aquel hombre era padre de Alejandro y de Rufo, que destacaron mucho entre los primeros cristianos por su servicio a la comunidad.

 Por fin entre las apreturas de la gente curiosa que llenaba las estrechas calles de la ciudad llegaron al Gólgota. Hasta el último momento Jesús sufría el asedio de la multitud. Y sufría todo aquello en la más total soledad.

 ‹‹En ti confiaban nuestros padres; confiaban y los ponías a salvo. A ti gritaban y quedaban libres, confiaban y los ponías a salvo. Pero yo... yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo››, repetía Jesús, diciendo al Padre su desconcierto.

 Sólo mucho después fuimos comprendiendo que aquello tenía un sentido, a la luz de lo que vivieron otros hombres de fe: los profetas, los salmistas. Pero de pronto aquello resultaba simplemente incomprensible, escandaloso. Incluso los mismos textos que después nos iluminaron, entonces parecían condenarlo.

 Le dieron un vino amargo, mezclado con mirra, pero él no lo tomó.

 ‹‹Espero compasión y no la hay; consoladores, y no los encuentro. En mi comida echaron veneno amargo, para mi sed me dieron vinagre››, rezaba el salmo 69.

 Y lo crucificaron y se repartieron sus vestidos, echando a ver qué se llevaba cada uno.

 ‹‹Ellos me miran triunfantes, se reparten mi ropa, se sortean mi túnica››, se había escrito en el salmo 22.

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