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Rey
de burlas (15, 15-20)
En ese juego de
fuerzas habían ganado los jefes judíos. Habían ganado a Pilato,
desbaratando su inconsistente oposición; habían impedido que los
galileos defendieran a Jesús; habían logrado cambiar el apoyo del
pueblo en oposición; y habían asegurado la destrucción no sólo de
Jesús sino de su movimiento, dándole una muerte política, y arrebatándole
de paso la muerte que tal vez él esperaba, como profeta. En adelante
nadie se gloriaría de haber seguido a uno que moriría en esa
ignominia, con la muerte de un maldito de Dios.
‹‹Fuiste
tú quien me sacó del vientre, me tenías confiado en los pechos de mi
madre, desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno tú
eres mi Dios. No te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me
socorre››.
Pilato
cedió; no se iba a echar encima a la gente ni por mantener su oposición
a los jefes judíos ni menos por salvar a un galileo despreciable.
Entonces les soltó a Barrabás, y a Jesús, después de azotarlo, lo
entregó a los soldados para que lo crucificaran.
La
guarnición romana estaba aburrida. Los habían traído de Cesarea para
la Fiesta, pero no había pasado nada. Ahora tenían la oportunidad de
divertirse a costa de un Jesús que les entregaron hecho guiñapo después
del espantoso castigo de la flagelación. Algunos habían muerto allí
mismo, bajo los azotes.
Se
lo llevaron al patio interior de la Torre Antonia, fortaleza adosada a
la muralla norte de Jerusalén, prácticamente fuera de la ciudad santa.
Llamaron a toda la guardia al pretorio, el patio que daba fuera, por
donde entraba la caballería. Le pusieron como vestido una vieja y sucia
túnica de color púrpura, trenzaron unas varas de un arbusto espinoso
con las que hicieron una corona y se la encajaron en la cabeza, y
empezaron a fingir un saludo real: ‹‹¡Viva para siempre al rey de
los judíos!››. Y con una caña, que le ponían y quitaban de entre
las manos, a manera de cetro de burlas, le golpeaban en la cabeza; le
hacían reverencias entre carcajadas, y luego lo escupían en la cara.
Una vez que se cansaron de tanta burla, cuando aquello dejó de
divertirles, le quitaron la púrpura, abriéndole de nuevo la llaga que
había en la espalda por los azotes, le pusieron de nuevo sus ropas y lo
sacaron para crucificarle. Era todavía temprano.
Jesús
repetía interiormente: ‹‹Soy como el agua que se derrama, tengo los
huesos descoyuntados, mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas;
mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar;
me aprietas contra el polvo de la muerte››. (Sal 69).
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