¿Una alternativa en favor de Jesús? (15, 6-15)

 

A pesar de su dureza, Pilato intuyó que ese preso era diferente a otros. No mostraba ningún temor, no se dejaba impresionar; sus respuestas nacían de una profunda libertad, aunque no eran insolentes, como las de otros revoltosos que había juzgado. Y se quedó extrañado.

 Parecía claro que el Imperio no tenía nada que temer de aquel hombre. Y pronto encontró la que parecía la solución más fácil para salir de aquel problema y, al mismo tiempo, frustrar los planes de los sacerdotes y escribas. Había la costumbre de que, con motivo de la Fiesta de Pascua, dejara en libertad un preso, el que pidiera el pueblo. Ahora Pilato iba a jugar con la gente, dándoles a elegir entre un tal Jesús Barrabás, (que significa hijo del maestro, según unos, hijo del padre, según otros) y Jesús de Nazaret. El primero estaba encarcelado, junto con los sediciosos que habían levantado contra Roma, porque había matado a alguien durante la revuelta que había habido en Jerusalén poco tiempo antes. Aunque no había un movimiento organizado de zelotas, sin embargo surgían revueltas aisladas de sicarios, que iban armados con una daga, y también había asaltos de bandoleros, que mantenían un cierto ambiente de inquietud social.

 Y Jesús seguía su doloroso diálogo con Dios: ‹‹Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre; porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Respóndeme por tu gran lealtad, por tu fidelidad que salva; arráncame del cieno, que no me hunda; líbrame de los que me aborrecen y de las aguas sin fondo... no escondas tu rostro a tu siervo: estoy en peligro, respóndeme en seguida››. (Sal 69).

 Pilato tal vez pensaba que el pueblo se inclinaría por el Nazareno. Había muchos peregrinos en Jerusalén, entre los cuales había galileos que seguramente abogarían por Jesús. El prefería soltar a Jesús que a Barrabás. Y preguntó a la gente: ‹‹¿A cuál Jesús quieren que les suelte?. ¿Al que me han traído como pretendiente del trono de Israel?››. Pero los jefes judíos estaban decididos a ganarle la partida y presionarlo para que condenara y ejecutara él a Jesús. Y comenzaron a sugerir a la gente de Jerusalén para que pidieran la libertad de Barrabás. En eso fueron apoyados también por los grupos de rebeldes, que necesitaban más de un hombre definido, como Barrabás, que alguien que no acababa de responder a las expectativas del pueblo y que a ratos les parecía un soñador místico.

 ‹‹Que retroceden mis enemigos cuando te invoco, y así sabré que tú eres mi Dios. Me glorío de la promesa del Señor, en Dios confío y no temo, ¿qué podrá hacerme un mortal?. Te debo, Dios mío los votos que hice, los cumpliré con acción de gracias, porque libraste mi vida de la muerte, mis pies de la caída, para que camine en presencia de Dios en la luz de los que viven››. (Sal 56).

 Al Procurador romano no le importaba propiamente la libertad de Jesús, sino el oponerse a las presiones de los jefes judíos; entonces dijo: ‹‹Pero ¿qué haría entonces con el que ustedes llaman ‘el Rey de los judíos’?››. Los jefes judíos estaban a punto de lograr lo que buscaban. Y empezaron a gritar: ‹‹Crucifícalo››. Y la gente se les fue uniendo en un único griterío que dominó la débil protesta de los galileos: ‹‹¡Crucifícalo!››. A un crimen político, un castigo político. ‹‹¡Crucifícalo!››. Todavía intentó Pilato oponerse: ‹‹Pero ¿qué ha hecho de malo?››. Ya no cabían razonamientos. No era ya posible oponerse con argumentos al griterío del pueblo. Los que apenas unos días antes lo habían aclamado como el Rey que viene de nuestro padre David, ahora lo condenaban a muerte romana como pretendiente al reino judío. Los que habían concebido una esperanza de liberación, ahora abdicaban de todo sueño de libertad.

 Y Jesús: ‹‹Me acorrala una jauría de perros, me cerca una banda de malhechores, me taladran las manos y los pies y puedo contar mis huesos››. (Sal 22).

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