La jugada maestra: pase a Pilato (15, 1-5)

 

La noche había sido fecunda para los jefes del Sanedrín. Habían apresado a Jesús, habían logrado su condena para cubrir las apariencias, y ahora tenían la jugada maestra para quitar a Jesús de en medio sin tener que enfrentarse al pueblo y, además echar sobre su memoria la ignominia que extirparía definitivamente del pueblo el peligro que representó el movimiento de Jesús. Sólo tenían que lograr que Pilato lo condenara y lo ejecutara: ellos no cargarían con la odiosidad de aquella muerte, y además moriría como maldito de Dios, fuera de la ciudad, en la muerte más ignominiosa, colgado de un madero. Para eso bastaba que lo convencieran de la peligrosidad que Jesús representaba para el Imperio y para su propio cargo.

 Muy de madrugada prepararon una reunión los sumos sacerdotes, junto con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín, sólo para cuidar las apariencias. Legalmente no valía lo que habían hecho durante la noche. De día ya era válido el juicio. Acabaron con aquello rápidamente y, después de amarrar a Jesús se lo llevaron para entregarlo a Pilato.

 Era un político duro: más militar que gobernante. Nunca se había distinguido por su sensibilidad hacia el pueblo judío. Había sido nombrado Procurador por influencias de Sejano, cuya política antijudía era evidente.

 Ya había dado muestras de su desprecio a la fe judía cuando introdujo de noche a Jerusalén los estandartes romanos con la imagen del emperador y no dudó en mandar al ejército contra el pueblo que había ido a Cesarea a protestar por aquella violación a la ley; ese mismo desprecio mostró cuando acuñó la moneda romana vigente, con la imagen e inscripción de Tiberio César; también provocó un disturbio cuando empleo el dinero del Templo, -lo que se entregaba como korbán, ¿recuerdan?- para la construcción de un acueducto; entonces él envió a los soldados, vestidos de judíos, a que se mezclaran entre la gente y, a una señal convenida, comenzaron a golpear con garrotes; en esa confusión murieron muchos, bien por los golpes, bien pisoteados por la gente que huía; y también mató a unos galileos, cuya sangre se mezcló con la de los sacrificios.

 Por eso habían quedado en una consigna: no tenían que presentarle a Pilato motivos religiosos para su condena, porque le importaban muy poco. Debían presentarle acusaciones de tipo político. Y le dijeron:

 - ‹‹Este hombre ha andado levantando al pueblo con el anuncio de un supuesto reinado de Dios que estaría por llegar; pero lo que busca es juntar a la gente para expulsar a los romanos››.

 - ‹‹Delante de todos nosotros confesó sus pretensiones de ser el mesías, eso es lo que el pueblo espera para organizarse contra Roma››.

 - ‹‹Pretende ser rey de los judíos››.

 No habían sido los suyos años de paz, sino de violencia, torturas, ejecuciones sin previo juicio, arbitrariedad. Tampoco se había distinguido como escrupuloso cumplidor de la justicia, sobre todo si se trataba de la muerte de un judío. Y, a pesar de tenerlos como aliados, no desperdiciaba oportunidad para hacer sentir su fuerza a los mismos jefes judíos, para vengarse de los problemas que le habían originado ante el Emperador con sus protestas. Y sabía lo que había sucedido en el Templo y la manera como Jesús había desenmascarado a las autoridades judías. Sólo por eso decidió investigar más el asunto. Mandó que le llevaran a Jesús y le preguntó directamente: ‹‹¿Eres tú el rey de los judíos?››. Jesús le respondió con una frase, que equivalía a una negativa: ‹‹Eso lo dices tú, no yo››. Y así lo entendió Pilato; porque si lo hubiera visto como una afirmación, exigiría una sentencia de muerte.

 Los sumos sacerdotes seguían gritando sus acusaciones. Pilato volvió a preguntarle a Jesús: ‹‹¿No contestas nada a todas esas acusaciones que te hacen?. ¿No te vas a defender?››.

 Jesús había decidido que era tiempo de silencio, de dejar en manos del Padre su causa: ‹‹Líbrame de mis enemigos, protégeme de mis agresores... Mira, hombres crueles me acechan emboscados, sin que yo haya pecado ni faltado... Despierta, ven a mi encuentro, mira... mira cómo sueltan la lengua, sus labios son puñales... Pero yo cantaré tu fuerza... porqué tú eres mi refugio, mi Dios leal›› (Sal 59).

 Y no le respondió nada.

 La oración de los salmos iba y venía a su mente. ‹‹Dios mío, sálvame, que me llega el agua hasta el cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; me he adentrado en aguas hondas, me arrastra la corriente. Estoy agotado de gritar, tengo ronca la garganta; se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios...›› (Sal 69).

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