Condena del Sanedrín, condena de Pedro

(14, 53-72)

 

A Jesús lo llevaron ante el sumo sacerdote. Era de noche y ningún juicio realizado a esas horas podía ser válido. Pero ya no se necesitaba ningún juicio, dada como estaba -ya desde hacía tiempo- la sentencia. Sólo era cuestión de guardar las apariencias. Para eso se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas, unos, saduceos, otros, fariseos: todos los que habían sido juzgados y desautorizados por Jesús.

 Pedro, que había salido huyendo de aquel huerto de olivos donde lo habían aprehendido, se fue siguiéndolos entre las sombras. Y así llegó al palacio del sumo sacerdote; entró tratando de disimular, y se fue a sentar entre los criados que estaban calentándose junto al fuego.

 Mientras, allá arriba, en la sala principal estaba reunido el Sanedrín en pleno; habían convocado también a los miembros de las otras familias sascerdotales más influyentes, entre ellas la de Anás, suegro de Caifás, el sumo sacerdote aquel año. Se trataba de encontrar algún testimonio contra Jesús, que fuera suficiente para darle muerte, pero a pesar de lo amañado del supuesto juicio no lo encontraban. Muchos que se presentaron daban falso testimonio contra él, pero el problema era que los testimonios no coincidían, incluso se contradecían.

 Estaba el episodio del Templo. Pero preferían no resucitar aquella controversia que los había dejado en ridículo: habían tenido que alejarse, dejándolo a él como dueño y señor del Templo. Si no hubiera sido por Judas, todavía estarían rompiéndose la cabeza para ver cómo apresarlo. Y ahora que lo tenían, no encontraban causas claras para condenarlo a muerte... Ni sabían cómo reaccionaría la gente cuando, ya de día, se enteraran de la aprehensión de Jesús. Por eso se tenía que acelerar todo; durante la mañana debía quedar todo resuelto, porque a partir del atardecer ya no podrían hacer nada por la solemnidad del Sábado de Pascua. Y tener a Jesús preso unos días más no les daba garantías.

 Algunos de los que estaban allí dijeron: ‹‹Nosotros le oímos decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por mano de hombres y en tres días levantaré otro no hecho por hombres’››. Jesús había predicho la destrucción del Templo; jamás dijo que él lo destruiría. Allí estaba la falsedad. Pero era cierto el juicio y condena de Jesús contra el Templo y el sistema montado en torno a él. Había interrumpido por unos días el culto, y aquí estaban las consecuencias. Sin embargo, a la hora de buscar coincidencias entre los diversos testimonios, se encontraban contradicciones que hacían ver que aquellas eran acusaciones falsas y amañadas.

 El tiempo iba pasando y, con ello, aumentaba la impaciencia de los miembros del Sanedrín. Entonces se levantó el sumo sacerdote y se puso en medio. Y se dirigió a Jesús: ‹‹¿Qué dices a todo esto que atestiguan contra ti?. ¿No dices nada?››. Jesús había decidido dejar su defensa en manos del Padre, y callar. Ya estaba dicho todo (o casi todo) lo que tenía que decir.

 El sumo sacerdote le urgió una última pregunta: ‹‹¿eres tú el Mesías, el hijo del Bendito?››. De cara a la muerte Jesús iba a aclarar todo lo que había buscado que quedara en secreto, para defenderse, para defender la misión, para que no se le malinterpretara su identidad. Ahora ya no había nada que ocultar, nada qué defender. La muerte misma era la que revelaría en plenitud quién era y cómo era hijo de Dios, y de qué Dios era hijo. Eso fue lo que reveló con toda claridad: ‹‹Yo soy. Y les digo más: a este hijo de hombre que ahora pretenden juzgar lo verán venir entre las nubes del cielo, sentado a la derecha del poder de Dios››.

 Jesús no cedió al miedo. Abiertamente dio su último testimonio de la verdad. Y ante aquella revelación el sumo sacerdote, con un gesto que pretendía impresionar definitivamente a todos contra Jesús, se rasgó las vestiduras, (el gesto que se hacía ante alguna ofensa que iba directamente contra Dios), y gritó: ‹‹¿Para qué andamos buscando otros testigos?. Ustedes mismos son testigos, pues han oído la blasfemia. ¿Qué condena merece?››. Y todos gritaron: ‹‹¡La muerte!. ¡Merece la muete!››. Y empezaron a escupirle, a jalarle de la barba, a golpearlo...; algunos le cubrían la cara y le daban de bofetadas y le decían: ‹‹¡Adivina quién te pegó!››; y los criados lo sacaron a empellones y lo siguieron golpeando...

 Abajo estaba Pedro. Y llegó junto a él una de las criadas del sumo sacerdote y se le quedó mirando fijamente. Al darse cuenta Pedro buscaba ocultarse en la oscuridad; pero la mujer le dijo: ‹‹Yo te he visto antes... ¡Tú andabas con Jesús de Nazatet!››. Pedro trató de disimular su miedo, y lo negó, diciendo: ‹‹¿De qué estás hablando?. Yo ni conozco a este tal Jesús, ni sé siquiera de qué estás hablando››.

 Ya no se sentía seguro allí dentro, y se fue saliendo disimuladamente hacia el portal. Pero la criada estaba segura. Nunca se le olvidaba un rostro. Y todo el revuelo que se había levantado en aquellos días la había llevado por curiosidad a ver quién era aquél de quien tanto se hablaba. El palacio de Caifás quedaba cerca de donde Jesús había celebrado la cena de Pascua, hacía apenas unas horas. Entonces lo había visto. Y también a los que iban con él. Y por eso comenzó a decirles a los que estaban allí: ‹‹¿Ven a ese hombre sentado allá?. Ese es uno de los que andaban con Jesús››. Pedro volvió a negar, cada vez más nervioso y violento. Pero entonces los que estaban allí le dijeron: ‹‹Ni lo niegues; es claro que tú eres uno de ellos; en el modo de hablar se te nota que eres galileo››. Pedro entonces empezó a echar maldiciones y a jurar: ‹‹¡Yo les juro que no conozco a ese hombre de quien hablan!››. Y en ese momento, cuando Pedro acababa de juzgar y condenar a Jesús, oyó que un gallo cantaba, anunciando por segunda vez la cercanía del amanecer...

 Pedro se quedó helado. Entonces midió la dimensión de lo que acababa de hacer. Toda su seguridad se había venido por tierra. Y se acordó de lo que le había dicho Jesús: ‹‹Antes de que el gallo cante dos veces ya tú me habrás negado tres››. Y salió llorando, a buscar entre las sombras de los callejones de la ciudad, el refugio para la vergüenza de aquella amistad traicionada.

 Mientras, allá había quedado Jesús, al que le quedaba todavía un largo rato de burlas, de golpes, de humillación, de soledad.

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