Rumbo a la soledad y el abandono (14, 26-31)

 

Una vez que terminaron de cantar los himnos, pasada la media noche, atravesaron la ciudad y salieron por la Puerta Dorada, la que da al oriente, hacia el monte de los Olivos. Entre la bajada del torrente Cedrón y la subida no era más de media hora. Para ese momento ya la luna llena iluminaba en plenitud toda la montaña.

 Y Jesús les dice: ‹‹todos ustedes se van a escandalizar de mí y de lo que me va a pasar. Y va a suceder aquello de ‘heriré al pastor y se dispersarán las ovejas’. Así ustedes: van a perder el rumbo, van a venirse abajo, van a arrepentirse de haberme seguido. Pero voy a ser resucitado por el Padre y, después de eso iré delante de ustedes a Galilea››.

 Pedro no estaba acostumbrado a que les hablara así. Ni ninguno de los demás. Lo decía con tal convicción que parecía irrefutable. Pero ¿cómo podía decirlo?. ¿No los conocía?. ¿No sabía que estaban dispuestos -al menos él- a seguirlo hasta la muerte?. ‹‹Maestro, perdóname, pero no puedes pensar de mí eso. Más todavía: aunque todos estos se escandalizaran, yo jamás lo haría. Y bien me conoces››.

 -‹‹Por eso lo digo, Pedro: porque te conozco. Yo te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que empiece a amanecer y el gallo haya cantado dos veces, tú ya me habrás negado tres veces››.

 ‹‹¡Por favor, Jesús! -dijo Pedro con insistencia- ni se te ocurra volver a decir esto. ¡Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaría!››. Y lo mismo le juraban los demás.

Volver a la WEB

Anterior    Volver a la página anterior                               Continuar leyendo: Página siguiente    Siguiente