Jesús: pan partido y compartido (14, 22-25)

 

Seguían comiendo en silencio. Nada se había aclarado. Todos sospechaban de todos. En torno a Jesús se había tejido toda una maraña de malas interpretaciones. El había hablado de Dios como Papá y lo acusaban de blasfemo; miraba por la vida de los pobres y le decían endemoniado; compartía su pan y lo querían hacer rey; curaba, y lo miraban como impuro y lo tachaban de loco; anunciaba el Reino y lo aclamaban como el mesías que encabezaría la revuelta contra Roma.

 Para acabar con todos esos malentendidos iba Jesús a realizar una doble acción profética de tipo simbólico. Jesús quería que lo vieran como uno que se parte y se comparte para dar vida, como aquel por cuya sangre derramada violentamente se hace la Alianza y se rehace el pueblo. En ese símbolo se hará presente en toda su densidad lo que él ha sido.

 ‹‹Alabado seas tú, Señor, nuestro Dios, rey del mundo, que haces salir el pan de la tierra...››, decía la oración ritual. Jesús, en cambio, tomó un pan de la mesa, bendijo a su Padre y comenzó a partirlo y a repartirlo mientras les decía: ‹‹Tomen esto, mi cuerpo››. Y se lo fue pasando para que comieran.

 La sorpresa de la predicción de la traición se cortaba con la sorpresa de esta revelación. Era como si les dijera: ‹‹Esto que pasa con el pan es lo que pasa conmigo: seré partido y repartido para dar vida››. Como si para aclarar el sentido de su vida les dijera: ‹‹Como este pan, jamás he buscado nada para mí; sólo he buscado dar vida. No soy el Rey que esperan, no soy blasfemo, no estoy loco, no soy el mesías guerrero; soy esto: pan que se parte y se reparte. Este pan soy yo››.

 Y antes de cantar el gran Hallel, pidió una copa llena de vino y, consciente del giro trágico que iba a tomar su vida, les dijo: ‹‹Esto es mi sangre; la sangre en la que se sella para siempre la Alianza de Dios con su pueblo; la sangre que se derrama por todos los hombres. Tómenla ustedes, que yo ya no volveré a beber vino hasta el día aquel en que beba el vino nuevo en el reino de Dios››. Expresaba Jesús su firme esperanza en la llegada del Padre y en su intervención en la historia. Y al mismo tiempo les descubría el sentido de su vida: era sangre que se derramaba para que aquella multitud dispersa y desorganizada, aquellas ovejas sin pastor, fueran pueblo, en primer lugar, y pueblo de Dios. Y, al invitarlos a participar en su sangre, los invitaba a asociarse a su misma causa y a asumir su mismo destino.

 En este día de recuerdos de liberación descubría y revelaba el sentido de su entrega: para rescatar al pueblo y reunirlo en libertad frente al Padre; porque sólo con un pueblo libre hace Dios su Alianza. todo estaba aclarado. Ya podía Jesús terminar con la segunda parte del gran Hallel (Sal 115-118).

 ‹‹Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante... Me envolvían redes de muerte, me alcanzaban las redes del abismo, caí en tristeza y en angustia... Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo: arrancó mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída...

 ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?. Alzaré mi copa por el triunfo invocando al Señor; cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor: yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava; rompiste mi yugo, y yo te ofreceré un sacrificio de gracias, invocando tu nombre... ¡aleluya!.

 Alaben al Señor todas las naciones, aclámenlo todos los pueblos: firme es su lealtad con nosotros, su fidelidad dura por siempre, ¡aleluya!.

 Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor... En el asedio clamé al Señor, y me respondió dándome espacio. El Señor está conmigo; no temo, ¿qué podrá hacerme el hombre?. El Señor está conmigo y me auxilia, veré la derrota de mis adversarios. Mejor es fiarse del Señor que fiarse de los hombres... No he de morir; viviré para contar las hazañas del Señor... Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación. La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular: es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: ¡a festejarlo y celebrarlo!››.

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