La Cena: presagios de la traición (14, 17-21)

 

Ya atardecía. Desde mediodía se había iniciado el sacrificio de los corderos y ahora toda la ciudad se iba aquietando. Comenzaba la Fiesta judía por excelencia: el recuerdo de la salida de Egipto era el fundamento de la conciencia judía de ser pueblo de Dios, pueblo liberado. Millares de peregrinos de todo el mundo llegaban a Jerusalén. Después de la purificación ritual venía el sacrificio del cordero, que sólo podía ser sacrificado en el Templo y comido dentro de las murallas.

 Jesús llegó junto con los Doce a la casa que le habían prestado y subió a la sala preparada, en la que comerían juntos, como signo de amistad y de fe común en la liberación de Israel. En otros cuartos había otras familias de peregrinos preparándose también para iniciar la celebración. Se formaban grupos de diez al menos, dado que no podía quedar nada del cordero sacrificado para otro día. La cena se debía alargar hasta la medianoche. Antes nadie podía salir de Jerusalén.

 Ya se oían los cánticos y alabanzas a Dios: ‹‹Alabado seas tú, Yavé, nuestro Dios, Rey del mundo, que creaste el fruto de la vid... Alabado seas tú, Yavé, nuestro Dios, rey del mundo, que diste a tu pueblo Israel días festivos para el júbilo y para el recuerdo. Alabado seas tú, Yavé, que santificas a Israel y a los tiempos...››

 Y mientras estaban recostados comiendo, Jesús de pronto rompe la solemnidad de aquel ambiente religioso y les dice: ‹‹Tengo que decirles algo que me angustia: que uno de ustedes, uno que está a la mesa comiendo conmigo, que moja su pan en la misma fuente que yo, me va a traicionar y entregar en manos de los hombres››... El silencio podía cortarse, de tan denso que se hizo. Desconcertados se miraban, interrogándose en silencio, queriendo adivinar a la luz de las velas en algún gesto a quién estaría refiriéndose. Cada uno se sentía seguro de sus sentimientos, -incluso Judas-, pero sin embargo querían quedar libres de sospecha. Y le comenzaron a decir cada uno, Pedro, Andrés, Juan, Simón, Santiago, arrebatándose la palabra: ‹‹No creerás que soy yo...››, ‹‹dinos quién es››, ‹‹¿cómo piensas eso?››. Pero aquello había enturbiado la alegría de la fiesta. Contrastaba con el ambiente de exaltación que reinaba en otras casas.

 ¿Cómo podía ser eso?. ¿Un traidor entre ellos?. Jesús no lo iba a denunciar; pero iba encontrando sentidos a todo aquello a la luz de las Escrituras. Aquella amarga queja del salmo 41: ‹‹Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba y que compartía mi pan, es el primero en traicionarme››. Y les dijo: ‹‹Sí, uno que moja el pan conmigo en el plato, uno de ustedes, los Doce. Y esto me duele, que tenga que ser uno de mis amigos el que me traicione. Yo me voy; así tenía que ser; pero ¿traicionado?. ¡Pobre de aquel que me entrega!. ¡Más le valiera no haber nacido!››.

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