Ante el final: advertencias a los discípulos (13, 3-37)

 

Ya estaba cerca el final. Jesús había abandonado el Templo a su suerte. Bajaron el torrente Cedrón, saliendo por la Puerta Dorada y subieron al montecillo de los Olivos, que estaba enfrente, a escasos veinte minutos, y que tiene casi la misma altura que el Monte Sión, el del Templo. Se sentó, pues, enfrente, de cara al Templo, solo, a un lado de sus discípulos, a contemplarlo. Dentro de su corazón bullían mil sentimientos. ¿Qué es propiamente lo que irá a pasar?. ¿Es realmente momento de cruz?. ¿O toca seguir todavía manteniendo precauciones?. ¿Hasta cuándo?. El Reino va a llegar en poder, pero ¿cómo?. Y pensaba en sus discípulos, y en las reacciones que habían tenido al entrar en Jerusalén, y la fascinación que sentían aún ante el Templo: ¿Cómo irán a reaccionar en el momento en que afronte finalmente la muerte?.

 En eso se le acercan los tres, Pedro, Juan y Santiago, y a solas con él le preguntaron: ‹‹Acláranos algo. Tú hablaste de que el Templo va a ser destruído. Eso significa que el final de todo se acerca ya. ¿Cuándo va a ser esa destrucción?. ¿Y qué señales van a preceden el fin del mundo?››.

 Pensaban que, acabándose el Templo se acabaría Israel y con él, se acabaría todo el sistema edificado en torno a él. No habían entendido aún que lo que buscaba Jesús era reunificar y congregar al Israel renovado en torno al Padre, al margen del Sistema, y que al llegar su Reino se transformarían las relaciones entre los hombres haciendo una historia humana de amor, de libertad, de justicia, y que ellos jugarían un papel fundamental en esa reconstrucción de la humanidad nueva. Pero eso no se iba a dar sin la persecución, el sufrimiento, la muerte. Y para ayudarles a comprender lo que iba a suceder en la historia, comenzó:

 ‹‹No se confundan, y pongan cada cosa en su lugar. Una cosa es lo que va a pasar con Israel y con ustedes en relación con los jefes judíos, y otra muy distinta es el final de la historia. Ante esto ustedes tendrán que ver la manera como actuar en el presente.

 Respecto de Israel y ustedes, abran bien los ojos para que nadie los engañe. Van a venir muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy el Mesías esperado’; y muchos van a ser engañados.

 Y va a haber mucha muerte y rumores de guerras; ustedes no se asusten ni pierdan la fe. Eso es algo que tiene que pasar, pero aún no es el fin. Van a pelearse una nación contra otra, un reino contra otro; habrá terremotos en muchos sitios, habrá hambres, y eso apenas será el comienzo de los dolores del parto de la nueva humanidad.

 En esas situaciones vean por ustedes mismos; porque van a sufrir muchas persecuciones. Los entregarán a los tribunales, los van a azotar en las sinagogas, van a ser citados a juicio ante jefes y reyes y la manera como los traten será tomado al final como testimonio contra ellos; porque ese es el precio del anuncio de la Buena Nueva a todos los pueblos.

 Cuando se los lleven y los entreguen en sus manos no se preocupen ni piensen mucho qué van a decir en defensa del Reino; en ese momento el Espíritu Santo les inspirará lo que tengan que decir; en realidad será El mismo, no ustedes, quien hable por su boca.

 Será muy doloroso que, en ese momento, un hermano entregue a su hermano a la muerte, un padre a su hijo; y se rebelarán los hijos contra los padres y los matarán; y todos ustedes serán odiados por todos por causa mía; pero el que resista hasta el fin, ese será salvado.

 Pero después de todo llegará la destrucción de Jerusalén. Cuando vean que ‘el profanador’ entra al lugar santo, a destruirlo y devastarlo -tú que estás leyendo, entiende a qué me refiero-, quienes aún estén en Judea huyan a la montaña, (a Galilea); quien esté en la azotea de su casa, que huya también y ni siquiera entre a tomar nada para llevarse, y quienes estén en el campo, que no regresen ni a recoger su manto. ¡Ay de las mujeres que estén embarazadas entonces, o de las que tienen hijitos recién nacidos o que estén amamantando!. Rueguen a Dios para que esa destrucción no suceda en tiempo de invierno, porque eso haría mucho más difícil una tribulación que será la peor que haya venido sobre Judea desde el comienzo de la creación del mundo, ni habrá otra igual. El Señor se encargará de acortar aquellos días, porque si no, no se salvaría nadie; pero por amor a sus elegidos él ha determinado que no sea demasiado largo aquello.

 Entonces, fíjense: cuando alguien les diga: ‘Mira, aquí está el Mesías’, ‘mira allá está’, no les crean. Porque, como les advierto, se levantarán falsos mesías y falsos profetas y harán milagros y prodigios para engañar incluso a los elegidos de Dios, si fuera posible. Fíjense, pues y tengan los ojos abiertos; les estoy advirtiendo todo esto antes de que suceda››.

 El fin del Templo no coincidía con el fin de la historia. No es más que el comienzo. Pero también existía la otra realidad futura: la historia humana, la individual y la colectiva, se encaminaba a un final, cuya cercanía o lejanía ningún humano podía determinar, pero a la que había que prepararse. Jesús usó imágenes muy conocidas para los judíos: las de la apocalíptica. Era una manera de hablar que, mediante símbolos, comunicaba una serie de verdades importantes sobre la victoria de Dios sobre el mal. La palabra apocalipsis significa revelación. Los discípulos querían fechas; Jesús no dirá nada sobre cómo sería el final, que es una pregunta estéril; les revelará cómo había que vivir la historia a fin de prepararse para ese final. Y les dijo:

 ‹‹En aquel día, después de aquel gran sufrimiento, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor y las estrellas irán cayendo del cielo, y los poderes celestiales serán sacudidos en sus cimientos››. (Con esos símbolos les hablaba de algo desconocido también para él; por eso yo siempre insistí en que no se tomaran estas frases al pie de la letra, sino tratando de leer detrás de los símbolos, porque si no, se perdería el mensaje principal, que creo que viene en lo que siguió diciendo Jesús):

 ‹‹Entonces verán al Hijo del hombre venir entre las nubes, con todo el poder y la gloria de quien ha triunfado sobre el mal. Y entonces enviará a los ángeles a que congreguen y recojan a quienes ha elegido del norte y del sur, del oriente y occidente, es decir, de todas las naciones, lenguas y razas, desde el último extremo de la tierra hasta el final del cielo››.

 Al decir esto Jesús ponía el acento en tres cosas muy importantes: primero, que lo definitivo en la historia no es el triunfo del mal, sino el del bien, no el del pecado sino el de Dios, por negro que se vea el panorama; segundo, que cuando El venga no lo hará como Juez castigador, sino que viene para salvar; y tercero, que la salvación no es sólo para unos cuantos, como pensaban los fariseos, ni sólo para los judíos -y tendríamos que decir que tampoco para sólo los cristianos-, sino que juntará gente de todas las razas, lenguas y naciones, a todos los hombres de buena voluntad.

 Y siguió Jesús con una comparación: ‹‹Ustedes se dan cuenta de que el verano está llegando cuando ven que las ramas de las higueras se ponen tiernas y empiezan a brotar de ellas las hojas. Aprendan de ese ejemplo: cuando vean suceder esto que les digo, sepan que el Reino de Dios está cerca, ya casi tocando a su puerta. de veras les aseguro que es a ustedes a quienes les tocará, no a otra generación. Podrían deshacerse los cielos, o desaparecer la tierra pero lo que les digo no quedará sin cumplirse››.

 Pero Jesús no era un adivino y, para corregir las falsas expectativas que tenían los discípulos, les dijo: ‹‹Pero ustedes me preguntaron por cuándo será todo esto y cuáles las señales de que la historia humana está por acabarse. Yo no les he respondido porque no lo sé; no lo saben tampoco los ángeles del cielo, sino sólo el Padre. es lo mismo que la muerte: sólo sabemos que sucederá, pero no sabemos ni el cuándo ni el cómo. Por eso esa pregunta no deben volver a hacerla jamás. Lo que sí les puedo decir es cómo deben actuar ante esta certeza: Vivan en actitud siempre vigilante, precisamente porque no saben cuándo será el momento. Hagan de cuenta que un hombre, dueño de una casa, se fuera lejos y le dejara a cada uno de sus trabajadores una tarea, y al portero le encarga que vigile. Ustedes deben estar al día, porque no saben cuándo vendrá el señor: si vendrá por la tarde, o a media noche, o al canto del gallo o a la madrugada. ¿Qué pasaría si, regresando de repente, los encontrara dormidos?. Así que ustedes vigilen; y eso es lo que les digo a todos: ¡Vigilen!››.

 De esa manera Jesús les dejó a sus discípulos -y a todos nosotros, que lo hemos seguido para proseguir su causa- tres lecciones: ante la conflictividad político-religiosa de la historia hay que vivir en actitud de discernimiento de las señales que en ella encontramos para actuar; frente al desconocimiento del momento y la certeza de su venida para llevar la historia a plenitud, vivir en expectativa esperanzada; y frente a las tareas del presente, actitud de vigilancia permanente.

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