Este Templo ya no tiene sentido; será destruido (13, 1-2)

 

Salió Jesús del Templo, ya para siempre. Jamás volvería a él. Después entenderíamos que con aquello empezaba lo que habían anunciado los profetas: Dios retiraba su presencia de aquel que era tenido por el lugar sagrado. ‹‹Vayan a ver cómo está Siló, mi lugar en otro tiempo, donde estuvo mi nombre aposentado en la antigüedad, y vean lo que hice con él ante la maldad de mi pueblo de Israel. Y ahora, porque no me han oído a pesar de haberles hablado con frecuencia, y porque no me respondieron cuando los llamé, yo haré con la Casa que lleva mi nombre lo mismo que hice con Siló... y a ustedes los echaré de mi presencia, como eché fuera a sus hermanos, los descendientes de Efraím, las tribus del reino del norte››; así había hablado Jeremías.

 Pero por entonces aún no comprendían los discípulos. Y cuando iban saliendo, le dice uno, que aún venía contemplando el impresionante edificio que aún estaba en construcción: ‹‹Maestro: ¡Ve las piedras y qué construcción tan bella para nuestro Dios!››. En efecto: eran impresionantes los enormes bloques de piedra que lo componían. Jesús le dijo algo que no se esperaban: ‹‹¿Verdad que son impresionantes por su enormidad y belleza?. Pues así como las ven, no quedará piedra sobre piedra, porque va a ser destruido de raíz...››. Jesús había emplazado al Templo a juicio, y ahora lo concluía. No quedará piedra sobre piedra. La higuera llena de follaje pero sin frutos era el símbolo de aquel Templo, en otro tiempo con vida; ahora se había secado y ya no daba vida. Por eso sería destruido. Jesús no había buscado purificar el Templo, sino denunciar sus esterilidad e iniciar el éxodo que nos llevaría a sus seguidores después a abandonarlo también en busca de la verdadera vida, del verdadero culto, del verdadero Dios.

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