La decisión (1, l4a)

 

De ese período de búsqueda lo sacó la noticia de que habían apresado a Juan el bautista. Aún no había comenzado y ya había nubes negras en el horizonte...

 Basta ya de incertidumbres -se dijo-; Papá-Dios me está hablando en este hecho. Sólo que Jesús no iba a continuar la obra de Juan. Durante su permanencia en el desierto descubrió diferencias importantes con el pensamiento de Juan: la llegada inminente de Papá-Dios no era para realizar un juicio de venganza, ni para poner el hacha a la raíz de los árboles; era tiempo de gracia, de remisión, que ofrecía un Dios al que no le interesa aclarar cuentas pendientes, ni cobrar con intereses, sino salvar, responder por la vida.

 Decir que Juan fue precursor de Jesús no significa que Jesús fuera continuador de la obra de Juan. Jesús irá más allá que Juan y que nadie. Por eso Jesús ni siguió bautizando ni se quedó en el rumbo del Jordán. Precavidamente tomó distancia del Centro judío, de Jerusalén, y se fue al Norte, a Galilea, que eran sus rumbos. En suma, Jesús pasa de la predicación sobre cómo escapar al juicio de venganza que llega, al anuncio del Dios que ama la vida y la da gratuitamente: de la predicación para la conversión a la acción en favor de la vida, (con los enfrentamientos que fue implicando); del lugar fijo a la itinerancia; de la marginación en el desierto a la vida con los marginados (Galilea); de la concepción nacionalista de Reinado de Israel sobre los paganos a la expectativa del Reinado de Dios sobre Israel y sobre todos; de entender el acceso a Dios en base a normas rituales de pureza, a comprender que sólo el amor concreto por los que sufren es camino seguro hacia él.

 El Norte, Galilea... Siempre había habido problemas con el Sur, con el Reino de Judá, primero por la intransigencia de Roboam, hijo de Salomón, luego por los intereses y las alianzas de los reyes de Israel. Aquella separación fue la ruptura irreparable del ideal de un pueblo de Dios unido, inquebrantable. Y siempre quedaron sospechas mutuas que hacían difícil la relación. Más con los samaritanos, donde estuvo la capital del reino de Israel, pero también con los galileos, por otros motivos.

 Siendo frontera con otros países, los reyes del Norte hacían alianzas con otros reyes paganos, se casaban con mujeres extranjeras, incluso muchos levantaron altares a dioses extranjeros, y les dieron un culto por el que se prostituyeron, siendo infieles al amor de Yavé. Por esa historia pasada, y por lo que había dejado de herencia, los galileos eran despreciados por los judíos como impuros, semipaganos, pecadores, contaminados.

 Pero nadie podía negar que en el Norte se mantuvo siempre viva la inquietud por la libertad. Siendo Jesús muchacho, en el pueblo de Séforis, lugar muy importante que distaba de Nazaret sólo cinco kms., tuvo lugar un levantamiento contra Roma por resistencia al pago del impuesto, en el que veían los galileos una aceptación del dominio del César sobre el pueblo de Dios, a lo cual sólo Dios tenía derecho. No era sólo por motivos económicos la resistencia, sino por fidelidad a la Alianza.

 Y Jesús decidió irse precisamente allá, lejos del Centro, a plantear a sus compatriotas la alternativa que Dios les ofrecía. A muchos no les parecería la mejor elección: Galilea estaba puesta bajo sospecha, tanto por el poder central religioso como por el poder romano. La realidad fue que el origen de Jesús, (uno del pueblo, y galileo) condicionó sus acciones y marcó su destino.

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