Jesús, el hombre que cree en Dios (12, 28-34)

 

Había allí un escriba que había oído la manera como discutía con ellos, ya apreció lo bien que les había respondido; era un escriba fariseo, que creía en la resurrección. Y, además, era un hombre abierto, que se acercó a Jesús no en plan de ponerle trampas, sino de buena fe. Y le planteó algo que le inquietaba, no una mera discusión teórica. ‹‹Maestro -le dijo- ¿cuál es para ti el primero y más importante de los mandamientos?››. La pregunta no era fácil, pues los fariseos, en su deseo de cumplir totalmente la voluntad de Dios, la habían concretado en seiscientos trece mandamientos, de los cuales hay 248 preceptos y 365 prohibiciones. Pensaban que no todos tenían la misma importancia, pero no se ponían de acuerdo a la hora de determinar cuál era el más importante para Dios. Para unos era el guardar el sábado, para otros, el ayuno, para otros, el pago del diezmo.

 Jesús le respondió con la confesión de fe judía más ortodoxa y tradicional, la que está en el libro del Deuteronomio: ‹‹Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas››. Pero luego Jesús citó otra fórmula muy antigua, del libro del Levítico, que para él tenía la misma importancia que la anterior: ‹‹y el segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que estos››. Había tomado posición pública en este punto tan importante para la fe judía.

 Y aquel maestro le dijo: ‹‹Tienes razón, Maestro, al decir que El es el único y que no hay otro fuera de El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios››. Había entendido la razón más honda de todo lo que Jesús hacía: el amor a Dios y el amor al hombre, como una unidad inseparable y como camino a Dios más seguro que todas las prácticas rituales y todos los sacrificios que se hacían en el Templo. Había entendido el núcleo del conflicto que tenía con las autoridades judías, que daban más importancia a las prácticas religiosas que al compromiso con la vida, al culto que a la misericordia y la justicia. Había comprendido que el Dios del que Jesús hablaba era otro Dios, el Padre, al que le importa más la vida de sus hijos que los sacrificios o los ayunos o las oraciones rituales. Y al manifestar su acuerdo estaba confirmando la ortodoxia de Jesús, el excomulgado, el satanizado, el perseguido, el excluido, y diciendo que su fe en Dios era la fe verdadera. Eso mismo habrían podido ver los escribas y fariseos, si no estuvieran ciegos.

 Y Jesús, viendo la calidad de aquel hombre y el buen sentido que mostraba con aquella respuesta le dijo: ‹‹Y tú también estás muy cerca del Reino de Dios››. Estaba cerca porque había aceptado el reto que planteaba la respuesta de Jesús: el reto de lo ilimitado del amor. Las leyes nos marcan los límites mínimos y, por eso, dan seguridad. Un niño necesita que le digan claro qué puede y qué no puede hacer. Pero cuando se es adulto, uno mismo es quien decide, desde lo profundo de su conciencia y de su libertad y amor, qué puede o no hacer. Los fariseos preferían la ley a la responsabilidad de la conciencia. Por eso sus 613 mandamientos, en cuyo cumplimiento se sentían seguros. Pero no sabían qué hacer cuando se encontraban con que las exigencias del amor nunca terminaban.

 Tal vez por eso, porque intuyeron en aquella respuesta de Jesús un camino de compromiso, a partir de aquello la gente ya no se atrevió a hacerle más preguntas.

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