¿Resurrección como retorno?.

Los saduceos sin camino (12, 18-27)

 

Los saduceos eran lo más conservadores entre los judíos. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, los atribuidos a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida, lo consideraban ideas ‘liberacionistas’ de resentidos sociales. No había otra vida que esperar que la actual, y en esta ellos eran los privilegiados.

 A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los ancianos, o sea, los jefes de las familias ‘bonitas’, y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a ‘fundamentar’ teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un tren de vida de acuerdo a las costumbres paganizantes de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

 Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigada era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente, por lo que les expuse arriba. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre.

 Y se acercaron a Jesús unos saduceos y, pretendiendo enredarlo, le pusieron un caso que no era real, como muchísimas de sus discusiones de teología, que eran sobre casos ficticios. Y le dijeron: ‹‹Maestro: Moisés nos mandó que, si un hombre moría sin haber tenido hijos, su hermano mayor tomara a la viuda como mujer, y pondrá al hijo que tengan el nombre del hermano muerto, para que no desaparezca el nombre de su hermano, y lo libre así de la ignominia de no haber tenido descendencia. Suponte este caso: ‹‹Había siete hermanos. El primero se casó, y se murió sin haber tenido hijos con su mujer. Entonces el segundo en cumplimiento de la ley de Moisés tomó a la viuda como mujer, pero también murió sin tener descendencia; y lo mismo el tercero, y luego los demás, y ninguno de los siete tuvo familia con ella. Por último se murió también la mujer. ¿Te imaginas lo que pasará cuando resuciten?. ¿De quién va a ser mujer?. Porque los siete la tuvieron como mujer››.

 Jesús ya no estaba para contemplaciones. El último servicio que estaba haciendo a la causa del Reino, y en lo que se jugaba la vida, era desenmascarar las intenciones torcidas de los del Centro judío. Había declarado a los de Sanhedrín incompetentes para decidir si tenía o no autoridad para hacer lo que hacía; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el Imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad: la ley de Moisés.

 Y les dijo: ‹‹Es el colmo que anden tan fuera del camino de Dios y ni siquiera se den cuenta de que es precisamente porque no conocen ni comprenden las Escrituras ni la fuerza de Dios. Se imaginan que el Reino es este mismo mundo, nada más que para siempre. Pero será totalmente diferente. Allí no habrá, por ejemplo, matrimonio, relaciones entre hombre y mujer, otros hijos, sino que será una vida dominada por el espíritu, no por la carne. Pero lo que a ustedes les hace problema es eso de la resurrección de los muertos, porque, según ustedes, son doctrinas de hombres. ¿Es que no han leído siquiera el pasaje central del libro de Moisés, el de la Zarza, donde Dios le habla y le dice: ‘Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’?. ¿Qué significa eso si no que es Dios de vivos, no de muertos?. De veras que andan totalmente fuera del camino››.

 Dios es un Dios de vivos, que ha confirmado en la vida a Abraham, Isaac y Jacob; pero ellos no creen en su poder de resucitar de la muerte. Y por eso, porque no tienen ni idea de quién es el verdadero Dios, ni aceptan su Reinado, no tienen derecho ni autoridad para juzgar la práctica de Jesús; sus intereses prejuician su interpretación de la Escritura y eso los ha extraviado y les ha hecho perder el camino.

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