Dios o el César.

La hipocresía de fariseos y herodianos (12, 13-17) 

     

El Centro judío había decidido no darle cuartel a Jesús. Y enviaron a unos de los fariseos y a unos de los herodianos a ponerle una trampa. Se trataba de pescarlo en alguna afirmación que lo comprometiera y de restarle popularidad. Y ¿qué mejor que el asunto del pago del impuesto a Roma?. No tendría escapatoria. O se echaba encima al pueblo que le volvería la espalda y les dejaría el camino libre para eliminarlo, o se echaba encima a Roma, con lo cual ni siquiera tendrían que preocuparse ellos por eliminarlo.

 Y buscando comprometerlo desde el principio le dijeron: ‹‹Maestro, tienes fama bien ganada de ser muy libre en tus opiniones, porque buscas sólo la verdad y no el quedar bien con nadie; porque se dice que tú enseñas el camino de Dios. Roma nos exige el pago de un tributo, y queremos preguntarte dos cosas: ¿Es lícito pagar el tributo al César?. ¿Pagamos o no pagamos?››.

 Le estaban planteando un problema candente, ante el que nosotros, los judíos, éramos sumamente sensibles; y le hicieron una doble pregunta; una era ética, sobre la licitud de ese pago, y la otra era política: ¿pagamos o nos declaramos en resistencia y no pagamos?.

 Jesús se acordaba del levantamiento de Judas el Galileo en Séforis, ciudad que estaba a escasos cinco Kms. de Nazaret. El tendría entonces unos doce años. La revuelta había tenido como motivo este mismo asunto del impuesto romano, por el que el Imperio recibía una cantidad anual de 600 talentos, (o seis millones de denarios, moneda equivalente al salario de un día). Judea tenía que pagar además distintos impuestos: el tributo por el uso de la tierra y el tributo por cabeza, además de los derechos de aduana y los impuestos sobre ventas. Y para el cobro de impuestos contaba el Imperio con la colaboración de judíos que se encargaban de eso, y se enriquecían cobrando de más: los odiosos publicanos (o encargados del públicum, que era el impuesto).

 Los argumentos de Judas seguían siendo válidos para un judío: la tierra pertenecía sólo a Dios, y Roma no tenía ningún derecho a cobrar impuestos por su uso; pagar el tributo suponía aceptar como legítimo el dominio romano.

 La respuesta de Roma fue tremenda: el alzamiento fue ahogado en sangre y los habitantes de Séforis fueron vendidos como esclavos. Después de aquello Séforis se convirtió en un enclave romano en Galilea, totalmente dócil al Imperio.

 Y ahora Jesús era requerido mañosamente a pronunciarse sobre el mismo asunto. Eran unos hipócritas, tanto los herodianos como los fariseos. Los primeros vivían de los impuestos que Herodes cobraba del pueblo; los sacerdotes habían aceptado la situación de dominación, y gozaban de amplios privilegios de parte de los romanos; incluso los fariseos la toleraban sin problema.

 Jesús los encaró: ‹‹Hipócritas, lo que buscan no es la verdad, sino comprometerme públicamente. Pero está bien: traigan un denario para verlo. Yo no traigo ninguno››. Se lo trajeron, y les preguntó: ‹‹¿De quién es esta imagen y esta inscripción?››.

 Pilato había acuñado moneda romana con la imagen del César y una inscripción que decía Tiberius Caesar, Divi Augusti filius, (Tiberio César, hijo del divino Augusto) y formaba parte del culto dado al Emperador como dios.

 Con esa pregunta Jesús estaba situando el problema en su verdadera dimensión; no era cuestión sólo ética, ni menos política, sino religiosa. Cualquiera de nosotros, judíos, inmediatamente recordaba el segundo mandamiento de la Ley de Dios: ‹‹No te harás ídolos: figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso...››. Pagar o no pagar dependía, pues, de en qué Dios se creía y a quién se quería servir, no de quién era el tirano en turno. Y por eso contestó, pero en un lenguaje cifrado, para protegerse: ‹‹Al César lo del César y a Dios lo de Dios››. O sea: ‹‹Que el César se lleve esta moneda, este ídolo que mancha nuestra tierra santa, y que le dé a Dios lo que le pertenece, el dominio sobre el pueblo, que él injustamente retiene bajo su poder››. Devolver al César el dinero que era símbolo de la dominación colonial, era una ruptura de relaciones; implicaba no aceptar su dominio.

 He sabido que algunos han querido interpretar estas palabras de Jesús como si él estuviera aprobando el pago del impuesto al César. El nunca dijo: ‹‹Paguen el tributo››. Y no por no caer en impopularidad; para él sólo el Padre era rey y vivía en función de que reinara sobre el Israel reunificado. Por eso convertir a Jesús en guardián de los intereses del César es la traición más grande que se le podría hacer. Prueba de que así pensaba fue la reacción de la gente del pueblo, que entendió perfectamente, y se quedó maravillada al ver cómo respondía escapando de la trampa que le habían puesto. Y los romanos, en cambio, que no comprendían el trasfondo judío, no encontraron nada malo en su respuesta. Sin embargo, esa sería una de las acusaciones que más tarde sacarían los jefes judíos en su contra: que prohibía el pago del impuesto. Señal de que su mensaje había sido muy claro para quien tenía oídos dispuestos para oír.

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