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Reclamaciones
y amenazas.
Un
Sanedrín sin autoridad (11, 27-12, 12)
Y así llegaron a
Jerusalén nuevamente. Como el día anterior, Jesús anduvo yendo y
viniendo por todo el Templo. En cuanto de él dependiera el Templo
estaba acabado.
Pero
los sumos sacerdotes y los escribas y los ancianos se habían pasado la
noche planeando lo que harían , para no dejar así las cosas. Estaba en
juego su autoridad, puesta en entredicho por la acción de Jesús. Y
estaban en juego sus intereses económicos. Y, por supuesto, también el
asunto del culto a Dios y de la Ley. Y comenzó una situación de
controversia que iría cerrando cada vez más la pinza en torno a Jesús.
La
primera reclamación es sobre el asunto de la autoridad. ¿Recuerdan que
así habían comenzado las dificultades para Jesús, cuando la gente de
Cafarnaum decía que su enseñanza era nueva, con autoridad, no como la
de los escribas?. Ahora de eso le piden cuentas: ‹‹¿Con qué
autoridad haces esas cosas?. ¿Quién te dio autoridad para actuar así?››.
Dos preguntas, que sólo quien piensa tener el monopolio de la autoridad
puede hacer: qué autoridad tienes, y quién te la dio (dado que no te
la hemos dado nosotros).
Tienen
razón. Ellos son los responsables de la ortodoxia, y lo que Jesús hace
se sale de los cauces ordinarios. Aunque muchos piensan que es un
profeta, los profetas siempre han sido un problema; y toda enseñanza pública
debe ser regulada por aquellos a quienes Dios constituyó como maestros.
Si no hubiera quien normara la enseñanza de la fe, todo sería en breve
una pura anarquía perjudicial para el pueblo sencillo. Todo debe
ajustarse a lo que siempre se ha enseñado. Tienen, pues, no sólo el
derecho, sino la obligación de pedirle cuentas a Jesús por ese
‘magisterio ilegal’, que ejerce sin autorización oficial.
Pero
Jesús había determinado desenmascarar sin miramientos la hipocresía
de los maestros de la Ley, y que se atribuían el monopolio y el dominio
sobre el acceso a Dios y sobre Dios mismo. Y les contestó con otra
pregunta: ‹‹Les voy a preguntar una cosa nada más y, si me
contestan, les diré con qué autoridad hago lo que hago. Es sobre el
bautismo de Juan. ¿Era cosa del cielo o cosa puramente humana?. Respóndanme››.
Se
quedaron callados, pensando qué le dirían. Decir que era ‘del
cielo’, es decir, que venía de Dios, era reconocer que era posible
que alguien actuara en nombre de Dios sin necesidad de un reconocimiento
oficial de ellos, incluso aun cuando ellos se opusieran; sería
reconocer una instancia superior de autoridad que escapaba a su control.
Y Jesús seguramente les reclamaría, en ese caso, por qué no le
creyeron. Más aún: sería reconocer que el Templo y los sacrificios ya
no eran necesarios para el perdón de los pecados y para acercarse a
Dios, puesto que Juan ofrecía eso mediante el bautismo; y ellos mismos
tampoco eran necesarios como puente entre los hombres y Dios. Y por
tanto, Jesús tendría razón en esa acción profética contra el
Templo. Pero decir que era un mero invento humano... La verdad era que
le tenían miedo al pueblo, porque todos pensaban que Juan había sido
realmente un profeta que actuaba movido por Dios.
Entonces
le dijeron: ‹‹No; realmente no sabríamos qué contestarte››. Y
Jesús les dijo: ‹‹Si ustedes se cierran de esa manera a las
evidencias de la acción de Dios, es inútil que yo quiera explicarles
nada; no podrán reconocer las señales de Dios en mis acciones; y si no
pueden discernir lo que es de Dios, no tienen capacidad ni derecho de
juzgarme o pedirme cuentas. No los reconozco como maestros de Israel.
Por eso no les diré en nombre de quién hago esto. Porque no lo
conocen››.
Y
todavía fue más allá. Dejó en claro que la ortodoxia más piadosa,
si se cierra a la posibilidad de que Dios hable por otros canales que
los suyos, corre el riesgo (y cae en él con frecuencia) de convertirse
en homicida, matando en nombre de Dios; matando incluso al enviado de
Dios, a su hijo amado. Si de algo estaba seguro Jesús era de que Dios
lo amaba. Y les dijo una parábola:
‹‹Un
hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, excavó un lagar,
para hacer el vino, y edificó una torre de vigilancia; la rentó a unos
labriegos y se regresó a su ciudad, que quedaba lejos de ahí.
Llegado
el tiempo de la vendimia envió a uno de sus trabajadores para que los
labriegos le dieran la parte de cosecha que le tocaba; pero estos lo
maltrataron y lo regresaron con las manos vacías. Se extrañó el dueño,
pero todavía les envió a otro; a ese no sólo lo maltrataron, sino que
le dieron de golpes en la cabeza y lo ultrajaron. Y les envió a otro, y
a ese lo mataron. Y les envió a muchos otros, de los cuáles a unos se
los hieren y a otros se los matan.
Ya
no sabía qué hacer aquel hombre. Tenía todavía una posibilidad:
enviarles a su hijo amado; y lo mandó ya como el último enviado, diciéndose:
‘A él lo van a respetar’. Pero nada. Los labriegos se dijeron:
‘Este es el heredero; vamos a matarlo y la viña será nuestra
herencia’. Y lo apresaron, lo mataron y echaron su cuerpo fuera de la
viña.
¿Qué harían ustedes si fueran ese hombre, dueño de la viña?.
Seguro que irían allá y darían muerte a los labriegos, y la viña la
entregarían otros.
¡Si ustedes se abrieran al menos para entender aquello que está
escrito: ‘La piedra que los constructores despreciaron se ha
convertido en piedra fundamental de la construcción; eso ha sido la
obra admirable que el Señor ha hecho delante de nosotros!››.
¡Claro que se dieron cuenta de que la parábola aquella había
dicho por ellos!. No eran tontos como para no ver que los estaba
retratando en aquel ejemplo. Pero no hay peor ciego que el que no quiere
ver. Algunos de ellos querían ya allí mismo detenerlo por la fuerza
pero se lo impidió el miedo que le tenían a la gente. Y optaron por
retirarse, dejándolo solo en el Templo... hasta que llegara una
oportunidad mejor.
Fíjense
cómo el entender lo que Jesús dice o quiere no basta para seguirlo; a
ellos los llevó a perseguirlo.
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