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El
Templo, esa bella higuera estéril (11, 12-24)
Jesús no había
podido dormir; se le había atravesado en el corazón lo que vio en el
Templo. Recordaba aquellas palabras de Jeremías: ‹‹Ponte a la
puerta del templo y pronuncia estas palabras y di: Oigan la palabra de
Yavé todos los de Judá que entran por estas puertas para adorarlo. Así
dice Yavé de los ejércitos, Dios de Israel. No se hagan ilusiones con
razones falsas, repitiendo: ¡El Templo de Yavé, el Templo de Yavé,
este es el Templo de Yavé!... Ustedes roban, matan, cometen aduterio,
juran en falso, queman incienso a Baal, siguen a dioses extranjeros y
desconocidos, ¡y después vienen a presentarse ante mí en este templo
que lleva mi nombre y dicen: ‘Estamos salvados’, para seguir
tranquilamente cometiendo sus abominaciones. ¿Creen que es una cueva de
bandidos este templo que lleva mi nombre...?››.
Cueva
de bandidos... Eso habían hecho de la casa del Padre. Pero seguía el
oráculo de Jeremías: ‹‹Anden, vayan a mi templo de Siló, al que
di mi nombre en otro tiempo, y miren lo que hice con él, por la maldad
de Israel, mi pueblo. Pues por haber cometido tales acciones... porque
les hablé sin cesar y no me escucharon, porque los llamé y no me
respondieron, por eso trataré al templo que lleva mi nombre y en el que
han puesto su confianza... igual que traté a Siló; y a ustedes los
arrojaré de mi presencia...››.
De
madrugada salieron de Betania; era el lunes. Rumbo a Jerusalén Jesús
iba inquieto. Iba desazonado, con una sensación que no sabía definir;
y, sobre todo, iba dándole vueltas a lo que pensaba hacer, y que no había
comentado con ninguno de sus discípulos. ¿No sería demasiado riesgo?.
¿Cómo reaccionaría la gente de Jerusalén?. ¿Y los sacerdotes, los
comerciantes, los escribas?.
No
había comido y tenía hambre. Era la ocasión de hacer otra acción
simbólica de tipo profético. Vio una higuera, (el árbol en que tantas
veces simbolizaron los profetas al pueblo de Israel) llena de hojas y,
aunque no era tiempo de higos, fue a buscar alguno para comer. Claro, lo
único que encontró fueron hojas. Y Jesús, frente a sus discípulos
que lo estaban viendo y oyendo, maldijo la higuera: ‹‹¡Nunca jamás
volverá nadie a comer frutos de ti!››.
No
era un capricho; era un símbolo de lo que ahora iba a hacer, también
al estilo de los profetas. Llegaron a Jerusalén y, en cuanto entró al
Templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían animales, junto
con los que compraban; y volcó las mesas de los que cambiaban dinero
judío por romano, y tiró los puestos de los que vendían palomas para
los sacrificios de purificación de los pobres, y no permitió que nadie
más atravesara el Templo cargando leña, animales, pieles, nada. Era
como una toma del Templo.
Jesús
paralizó todas las actividades del que era el corazón del sistema
religioso, convertido en el gran negocio: interrumpe el culto, los
trabajos de la reconstrucción, que aún seguía, y toda la actividad
económica que allí tenía su sede. Era tal su decisión y la fuerza de
su mirada que nadie se atrevía ni siquiera a reclamarle. Y una vez
pasado el primer momento de sorpresa, cuando se fue calmando el griterío
que suscitó su acción, comenzó a explicarles: ‹‹Mi Padre tenía
una casa para que cualquiera de sus hijos, de cualquier nación que
fuera, viniera a hablar con El; pero ustedes han aislado a Dios en una
celda y prohiben a sus hijos que se acerquen al El, bajo pena de muerte;
han inventado tantas ocasiones de pecado y tantas leyes de purificación
y tantas necesidades de sacrificios que se han hecho indispensables para
tratar con él. Se han apoderado de ella y cobran la entrada. La han
convertido en cuerva de salteadores en la que ustedes tienden sus
emboscadas para asaltar a los pobres que vienen a hablar con su
Dios››. (No les dijo simplemente ‘ladrones’, sino
‘salteadores’, ‘bandoleros’, gente que ejerce la violencia para
robar. Hubo una época en que las palomas para los sacrificios de los
pobres llegaron a venderse en cincuenta denarios de plata, o sea, lo
equivalente al salario de cincuenta días...).
También
los esenios estaban en contra de la administración del Templo, que debía
ser purificado. Jesús estaba desenmascarando directamente a los
sacerdotes y a los comerciantes. Jesús iba más allá : no buscaba su
purificación, después de la cuál pudiera servir nuevamente al culto
de Dios de manera recta; lo estaba declarando inútil, estéril. Esa
cueva de salteadores era un bello edificio, pero había perdido su
sentido y ya ‹‹nadie más debía buscar en él frutos de vida››.
Los
discípulos lo miraban asombrados. Nadie podía imaginarse que el Mesías
viniera a anunciar la muerte del Templo, orgullo y centro de la vida judía.
¿No se daba cuenta de que ahora sí estaba pisando el terreno más
peligroso que jamás había pisado?. Todos los otros choques que había
tenido con los escribas y fariseos de Galilea no eran nada comparado con
lo de este momento. Estaba minando los cimientos mismos de la identidad
judía.
Los
sumos sacerdotes y los escribas lo estaban oyendo, ocultos entre la
gente, y andaban buscando cómo acabar con él. Pero le tenían miedo,
porque toda la gente se había quedado muy impactada por lo que acababa
de hacer; nadie se había atrevido a desenmascarar la explotación que
se ocultaba bajo el velo de religión; nadie había salido de esa manera
al rescate de Dios y de su gloria; nadie había hablado así de los
derechos del pueblo a la cercanía del Padre.
Y
cuando ya estaba oscureciendo, Jesús salió de la ciudad y se fue
nuevamente a Betania. Todos iban callados; tampoco ellos se atrevían a
preguntarle nada. Pero sentían que se estaban metiendo en la boca del
lobo.
Llegó
el martes. Y muy de mañana -porque quería llegar pronto al Templo-
pasaron otra vez cerca de la higuera del día anterior. Se había secado
desde la raíz. ‹‹¡Oye, Jesús, -le dijo Pedro-, la higuera que
maldijiste ayer está totalmente seca!››.
Y
le dijo Jesús: ‹‹No es la higuera; es el Templo lo que está seco.
Ustedes tienen miedo ante lo que he venido a hacer. Les parece una
pretensión absurda la que me ha traído acá. Porque no tienen fe. Si
la tuvieran, le dirían al Monte ese de Sión ‘¡arráncate y arrójate
al mar!’, y le dirían al Sistema religioso ese, que ha pervertido el
nombre de Dios, ‘¡estás acabado!’, y así sucederá, con tal de
que no duden en su corazón. Lo que está en juego en esta acción que
realicé contra el Templo es el nombre del Padre, traicionado por los
que se han pretendido apoderar de él. Todo ese sistema que está
fundado en él ya no da vida sino muerte, y tiene que ser destruido. El
Padre no está encerrado en el Templo, ni es el acercarse a El lo que da
muerte al hombre; es más bien la lejanía de El que hace al hombre
morir. No son sacrificios de animales lo que El quiere, sino que el
pobre viva. Tal como lo dijo Jeremías: ‘Cuando saqué a sus padres de
Egipto no les ordené ni hablé de holocaustos y sacrificios; esa fue la
orden que les di’: ‘Obedézcanme y yo seré su Dios y ustedes serán
mi pueblo; caminen por el camino que les señalo y les irá bien’. Y
también decía de parte de Dios: ‘Si enmiendan su conducta y sus
acciones, si juzgan rectamente los pleitos, si no explotan al emigrante,
al huérfano y a la viuda, si no derraman sangre inocente en este lugar,
si no siguen a dioses extranjeros, para su mal’, entonces habitaré
con ustedes en este lugar, en la tierra que di a sus padres desde
antiguo y para siempre››.
Era
su fe lo que lo llevaba a enfrentarse con el Centro judío, a
desenmascararlo, para alertar al pueblo del peligroso engaño que
encerraba: daba un culto que no era el que Dios quería, y a un Dios que
no existía; creaba una sociedad de desiguales (de excluyentes y
excluidos); daba a los sacerdotes un lugar que no les tocaba e impedía
a los pobres la entrada al Reino que les pertenecía. Desde aquella
primera experiencia del Padre, su fe, aquilatada en la oración, era la
luz que iluminaba todas sus acciones. Y desde ella había juzgado al
Templo como camino que ya no llevaba hacia Dios, y que sería destruido.
(Esto sería una de las acusaciones que sacarían contra él para
condenarlo a muerte).
(Y
a propósito de la oración, me acuerdo de una frase de Jesús, que no
quiero que se olvide. Decía: ‹‹Y cuando estén de pie orando, si
tienen algo contra alguno, perdónenlo, para que también su Padre de
los cielos les perdone sus pecados››).
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