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EL
JUICIO DE JESUS CONTRA JERUSALEN.
ULTIMOS
DIAS DE SU VIDA.
Ya en otras ocasiones
Jesús había ido a Jerusalén. Yo les voy a narrar lo que sucedió en
la última ida suya a la ciudad santa. Estando las cosas como estaban,
los discípulos se habían dividido. Unos querían ir allá, porque,
todavía sin entender la seriedad del momento, suponían que ya era el
momento del triunfo; otros, en cambio, tenían miedo porque no preveían
nada bueno de un posible enfrentamiento con los jefes judíos. Pero lo
que sucedió no podía ni imaginárselo ninguno de ellos...
¿A qué iba Jesús a Jerusalén?. Quizá para entender esto
necesiten ustedes algunos datos para situarse.
Era
la semana de preparación de la Pascua, la fiesta de la liberación de
Israel. Pero éramos un pueblo dominado en nuestra propia tierra, que
nunca nos resignaríamos a tener otro Señor fuera de Dios. Todo el
pueblo mantenía la esperanza del rescate de Dios, y muchos vivían a la
búsqueda de señales del momento, para saber qué tocaría hacer y a
quién seguir. Se esperaba que el Mesías se manifestara en Jerusalén,
en el Templo, y reuniera a todo el pueblo para esa lucha definitiva que
regresara a Israel su liberdad perdida.
Jerusalén
tendría para entonces unos treinta mil habitantes; y lo peregrinos que
iban cada año serían unas tres veces más, como unos cien mil. Era el
momento más importante para la ciudad, desde el punto de vista
religioso, pero también desde el punto de vista político (la
confirmaba como centro del país) y económico (por la cantidad de
dinero que entraba, por diezmos, por limosnas, por impuestos y por la
compra de corderos para sacrificios y para la cena pascual). -Un cálculo
muy conservador: por el impuesto de la didracma para el templo, que
obligaba incluso a los judíos de diáspora, entraban a Jerusalén unos
quince millones de denarios al año-.
Ya
pueden ustedes ver la importancia que tenía el Templo para los
habitantes de Jerusalén: era su motivo de orgullo, la clave de su
identidad judía y la fuente de su economía: muchos vivían del
comercio de animales para los sacrificios; otros (l8.000, decían
algunos) trabajaban en la construcción, que aún seguía en tiempos de
Jesús, otros trabajaban en el servicio del Templo (unos 7.000
sacerdotes, y unos 9.000 levitas, tal vez). Las cuatro principales
familias sacerdotales (la de Anás, la de Boetos, la de Phiabi y la de
Kamith), que se iban turnando en el ejercicio del sacerdocio, habían
amasado sus grandes fortunas gracias al comercio del Templo. Y aunque
habían perdido prestigio ante el pueblo, por la manera lujosa como vivían,
por la colaboración que prestaban a Roma y por la manera como abusaban
de la gente, sin embargo el papel que jugaban en el Templo era tan
importante que mantenían sin dificultad su posición privilegiada.
El
Templo era la síntesis de la historia de la elección del pueblo judío
y clave para nuestra identidad como pueblo elegido. El primer Templo lo
había construido Salomón hacía novecientos años. Cuando se separó
el reino del norte, y Jeroboam edificó dos lugares de culto, para que
los israelitas no añoraran el Templo, pareció resquebrajarse su
importancia, pero la destrucción de Israel bajo los asirios fortaleció
su primacía. Pero luego vino la catástrofe jamás pensada: la
cautividad de Babilonia y la destrucción del Templo fue la prueba más
fuerte que sufrió nuestra fe en Dios. Sin embargo apenas sesenta años
después se inició la reconstrucción del Templo y, con él, también
del pueblo.
Su
época de mayor esplendor se inició cuando Herodes comenzó a
reconstruirlo, unos quince años antes de que naciera Jesús. Era un
proyecto que superaba en grandeza al Templo de Salomón y, por supuesto,
al que se había reconstruido cuando el regreso de Babilonia, y que
varias veces había sido destruido y reconstruido.
En
el centro del Templo estaba el Santo de los Santos, el lugar interior
donde estaba el Arca de la Alianza, las Tablas de la Ley y la presencia
de Dios mismo; una enorme cortina pesada, hecha con pelo de camello, lo
separaba de la recámara anterior, que era el Santo. La presencia de Yavé
era la gloria de Israel y su distintivo entre las naciones.
Pero
la santidad no toleraba la impureza; por eso ningún profano podía
estar en presencia de Dios sin morir. Por eso ningún impuro podía
entrar en ese lugar. Sólo el sumo sacerdote entraba, una vez al año, y
revestido de todos sus ornamentos, para que Dios no lo matara. Ese
privilegio era fuente de discriminación y separación del sacerdote y
su familia respecto del pueblo, que no podía ser invitado a comer lo
que tocaba al sacerdote como ofrenda sacrificial. Una de las
contradicciones del momento era que los ornamentos los guardaba Roma, y
se los prestaba al sumo sacerdote una vez al año para ese servicio
sacro. Así que el acceso al Dios de Israel estaba también bajo dominio
romano.
Ningún
judío y menos si vivía en Jerusalén, se quedaría indiferente ante
cualquier crítica o ataque al Templo. Vivían un conservadurismo nacido
al mismo tiempo de su fe religiosa y de sus intereses económicos y políticos.
Ya Pilato había tenido serias dificultades una vez que, por la noche,
introdujo en él estandartes del Emperador con el águila romana.
Igualmente cuando acuñó monedas con la imagen de un augur y de un vaso
ritual romano.
En
esta situación Jesús decidió ir a Jerusalén. Y seguirán preguntándose:
¿A qué iba?. ¿A celebrar la Pascua, y lo sorprendió la muerte?. ¿O
fue una acción desesperada, casi suicida?. Hay quienes así lo han
pensado. Pero nada de eso le hace justicia. Síganlo paso a paso y lo
verán.
Era
una decisión madurada largamente. Consciente de las expectativas mesiánicas
falseadas que han surgido en torno a su práctica, ha intentado
corregirlas, al menos entre sus discípulos, pero eso sólo creó una
fuerte crisis en el grupo; las instrucciones que les dio no lograron
quitarles su ceguera, y aún esperan un golpe de fuerza mesiánica que
les reporte poder y gloria.
Las
autoridades religiosas judías, responsables de la ortodoxia del culto y
de la ley de la pureza, se daban cuenta perfecta de la amenaza que
representaba la libertad de Jesús y la manera como antepone al hombre a
la Ley. buscaron desautorizarlo, aunque inútilmente, satanizándolo allá
arriba, en el norte, en territorio galileo. Mientras siguiera allá su
influencia dañina sería muy limitada, y representaría un problema
menor; al fin y al cabo los galileos siempre habían sido gente poco
ortodoxa.
Jesús,
por su parte, ve que la crítica que ha hecho del poder no ha bastado
para cambiar la mentalidad de la gente; tampoco ha sido suficiente la
denuncia que ha hecho en Galilea sobre la manera como las autoridades
judías, con apariencias de respetabilidad, habían pervertido la idea
de Dios, habían secuestrado al pueblo la esperanza, y negaban a los
pobres, sus destinatarios por decisión de Papá-Dios mismo, la
pertenencia al Reino. Por eso tendría que enfrentarse con ellos en el
Centro mismo. Aquella fiesta de Pascua había sido escogida por él como
marco solemne de lo que iba a hacer.
Muchos
se habían decepcionado de Jesús, porque se enfrentaba directamente con
Roma, el Imperio opresor que usurpaba el lugar de Dios, único rey del
pueblo judío. Juan mismo, cuando aún vivía, se preguntaba
desconcertado si sería el que había de venir o aún había que esperar
a otro; porque no había en sus acciones nada que pareciera cambiar a
fondo las cosas; sólo curaciones, comer con pecadores, predicar por allá,
por Galilea, lejos del Centro, el lugar donde se tomaban las grandes
decisiones.
Jesús
tenía muy claras sus ideas. El dominio del Imperio romano era
absolutamente inaceptable. Ante sus discípulos había expresado
claramente su juicio respecto de los gobernantes: ‹‹Ustedes se dan
cuenta de que los que pretenden gobernar a los pueblos se portan como
tiranos y de que los poderosos los oprimen...››. Pero el problema
fundamental estaba en el terreno religioso. La tarea más urgente era la
de rehacer al pueblo, renovar a Israel, reunificarlo en torno al Padre.
La
dominación romana caería por su propio peso cuando el Reino de Dios
llegara; pero la manera como los jefes judíos habían metido en la
gente del pueblo la idea de que no tenían nada que esperar de Dios,
porque eran unos malditos, hacía que el pueblo fuera incapaz de aceptar
la buena nueva de que el reinado de Dios llegaba precisamente para
ellos.
El
obstáculo principal eran, pues, las autoridades religiosas judías y el
sistema que habían montado en torno al Templo. Habían hecho del pueblo
de Dios un pueblo excluido sin identidad, sin esperanza, incapaz de
pensar en un futuro mejor, incapaz de renovación.
Y
decidió comenzar con tres acciones simbólicas, como las que en otro
tiempo hicieron los profetas. Ese lenguaje sí lo entendería la gente.
-Para
comprender lo que Jesús hizo, recuerden aquello de Jeremías, por
ejemplo, cuando Yavé le mandó comprar una faja de lino y ceñirsela, y
luego dejarla en una hendidura de las piedras junto al río; después de
un tiempo la mandó recogerla, pero estaba podrida, no servía para
nada. Y Dios le dijo: ‹‹así haré yo que se pudra la soberbia de
Judá y el orgullo de Jerusalén›› (Jer 13, 1ss). O también cuando
rompió aquel jarrón de barro y dijo al pueblo: Así dice Yavé:
‹‹Porque me han dejado a mí y han ofrecido incienso a dioses
ajenos, llenando este lugar de sangre de inocentes, así romperé yo a
este pueblo y a esta ciudad, como se rompe un cacharro de alfarero, sin
que pueda volver a componerse›› (Jer 19)-.
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