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Un
ciego proclama Mesías a Jesús, ya
cerca de Jerusalén (10, 46-52)
El
camino que viene del norte hacia Jerusalén pasa por Jericó, la ciudad
más antigua de Palestina. Había estado habitada ya desde 7.000 años
atrás, y era de gran importancia para Jerusalén, porque allí vivían
los sacerdotes y los levitas que servían en el Templo.
Jerusalén estaba a
una jornada de camino (unos 30 Kms.). Y cuando salía hacia allá,
acompañado por sus discípulos y mucha gente que lo seguía, y que iban
también a celebrar la Pascua; saliendo de la ciudad se encontraron con
un mendigo ciego, llamado Bartimeo (hijo de Timeo), sentado al lado del
camino que iba a Jerusalén.
Le
extrañó al ciego aquel percibir que pasaba tal cantidad de gente y
preguntó qué era aquello. Le dijeron que era Jesús, el de Nazaret. Y
entonces empezó a gritar con todas sus fuerzas: ‹‹Hijo de David,
Jesús, apiádate de mí››. Por lo que había oído de él, era sin
duda el Mesías esperado. Y tal vez él pudiera devolverle la vista.
La
gente lo regañaba para que se callara; pero él gritaba todavía más
fuerte: ‹‹Hijo de David, apiádate de mí››. Jesús lo oyó y se
detuvo; y mandó que lo trajeran. Entonces la gente cambió de tono con
él. ‹‹Animo, te está llamando, levántate››. El ciego arrojó
su manto a un lado, y se le acercó casi corriendo. Jesús lo recibió y
le preguntó qué quería que le hiciera. Claro que ya lo sabía, pero
quería darle la oportunidad de enfrentar su fe, a ver si realmente creía
que él pudiera darle la vista.
Esa
era su petición: ‹‹Maestro: que vuelva a ver››. Aún recordaba
con nostalgia sus primeros años, cuando tenía ese regalo maravilloso
de Dios. Y luego, aquella enfermedad que nadie puedo detener: poco a
poco se le fue nublando la mirada, ante la tristeza de sus padres, ante
su propia desesperación. Y después, los años que habían transcurrido
en soledad y en amargura, cuando todos lo fueron abandonando, como si
fuera un maldito de Dios. Y ahora, la esperanza de nuevo anidaba en su
corazón; más que la esperanza, la certeza. Y Jesús le dijo:
‹‹Anda, esa fe que tienes es lo que te da la vista››. Y volvió
a ver. Y desde aquel momento su vida tuvo rumbo: decidió seguir a Jesús
por el camino.
Si
quieres entender lo que quiero decir, no se queden sólo en la curación,
porque allí no está el mensaje que quiero darles. Me he servido de ese
hecho como un pre-texto para que descubran lo que estaba pasando con los
discípulos de Jesús: son como ciegos, que lo proclaman Mesías de
acuerdo a sus expectativas. Acuérdense del primer ciego, el que curó
en Betsaida: veía a medias, como ellos. A pesar de las instrucciones
que les ha dado y de los criterios que les ha corregido, todavía no lo
ven como lo que es en verdad. Pero también como este ciego, cuando vean
quién es Jesús, se levantarán y lo seguirán por el camino. Y yo
espero que pase lo mismo con todos los que lean lo que estoy
escribiendo.
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