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‹‹Distínganse
en el servicio a los demás›› (10, 35-45)
(Corrección a conductas inadecuadas de los discípulos)
¿No les ha pasado,
ante una tragedia que se avecina, que se bloquean, y les parece
imposible, absurdo lo que temen?. Y mucha gente simplemente lo niega, lo
pone entre paréntesis, como mera pesadilla, que nunca será realidad,
por temible que haya sido.
Así
les pasaba probablemente a los discípulos. ‹‹No puede ser. Jesús
exagera. Tenemos al pueblo de nuestra parte. Está bien que no la vea
tan fácil. Pero nadie es más poderoso que él; nadie le ha llegado al
pueblo jamás como él lo ha hecho. Nunca han sido más propicias las
condiciones para la liberación que ahora. ¡Y nosotros hemos sido
escogidos por él como los pilares del pueblo reconstruido!››.
Y
por ese bloqueo que les llevaba a negar lo que para Jesús era palpable
y patente, Santiago y Juan, que hacían grandes planes para su futuro y
el de su familia en el Reino de Israel que estaba por llegar,
aprovechando la cercanía con Jesús -se sentían hombres de su
confianza, sólo después de Pedro- le dijeron, adelantándose a todos
los demás: ‹‹Maestro, vamos a pedirte algo que no nos vas a negar,
y que además te conviene para tus planes››.
-
‹‹¿Qué quieren que les conceda?››, les dijo Jesús,
confiadamente, pues de verdad los estimaba.
-
‹‹Ahora que vas a manifestar tu goria en Jerusalén concédenos en
tu gloria como rey que estemos los dos a tu lado, uno a tu derecha y
otro a tu izquierda. Tú nos conoces y sabes que somos incondicionales
tuyos y que puedes confiar en nosotros››.
Ahora
Jesús era el sorprendido. ‹‹¿Qué se estaban pensando estos todavía?...››.
‹‹No, miren, -les dijo- de veras que no saben ni lo que están
pidiendo. ¿Creen que podrían beber la copa que voy a beber o meterse
en las aguas en que me voy a meter?››. Ya para este momento Jesús
estaba hablando con un doble sentido, a ver si alguno de ellos captaba.
Ellos por supuesto, pensaron en la copa de un banquete real o en una
unción también real. Y le dijeron, sin haber entendido el fondo de lo
que Jesús decía: ‹‹¡Claro que podemos!››.
Y
Jesús volviendo a darle a sus palabras la densidad de ese doble sentido
simbólico, les dijo: ‹‹Pues sí, les aseguro: siendo fieles a las
tareas del Reino beberán de la copa que yo beberé, serán sumergidos
en las aguas en que yo seré sumergido, pero sobre eso que me han pedido
de sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí
determinarlo; el Padre mismo es quien lo determinará a su momento. Es
para quienes El lo ha preparado››.
Para
eso, ya los otros diez se habían dado cuenta de las ambiciones de
Santiago y Juan y de cómo habían querido adelantárseles en las
pretensiones que todos compartían. Muchas veces habían discutido sobre
quién sería el segundo después de Jesús en el Reino de David que
llegaba con él. Y todos se enojaron contra Santiago y Juan y comenzaron
a reclamarles. Jesús cortó en seco la discusión y les dijo:
-‹‹Ustedes
saben perfectamente que los que se supone que gobiernan a los pueblos lo
que hacen es utilizarlos en favor de sus intereses y caprichos, y
someterlos bajo su tiranía; vean también cómo los poderosos abusan de
su poder y oprimen a los débiles. ¡Y son ustedes iguales que ellos!.
Si realmente quieren cambiar las cosas, y preparar el camino al Reinado
del Padre, todo tendrá que ser totalmente diferente entre ustedes. ¿Cuándo
van a entender que el Reino del Padre no se impone por el poder, sino
que se ofrece gratuitamente, y que busca cambiar esta historia
construyendo la igualdad, el amor, la preocupación por los otros, el
servicio a los despreciados, a los pobres?. El que quiera llegar a ser
grande entre ustedes, que se distinga en servir; quien de entre ustedes
quiera ser el primero, que se haga esclavo de todos y se ponga a sus
pies; lo que han visto en mí que no fui enviado para que me sirvieran,
sino para servir a todos dando la vida para liberarlos a todos, rescatándolos
para la vida››.
Esa
era la solución que Jesús ofrecía para superar lo diabólico de la
ambición de poder, y para construir un mundo nuevo, en el que se supere
la injusticia, causa de muerte para los pobres: ponerse al servicio de
los últimos, de los despreciados, de los que sufren.
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