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¿Papá-Dios
u otro Dios? (1, 12-13)
Pero ¿cuál era su
misión?. Hablar de Dios así era algo no solo inusual, sino que era lo
contrario de como hablaban de El los maestros de la Ley, los sabios y
entendidos. En resumidas cuentas, era hablar de otro Dios. Y ¿con qué
autoridad? ¿con qué estudios? ¿con qué derecho?. Por eso se le
ocurrió también sino sería mejor relacionarse con los que sí sabían
de Dios; ser discípulo de los fariseos, o de los esenios... La tentación
de buscar tener más poder mediante relaciones con otros, de establecer
alianzas, en último término, fue una tentación real para él.
Mas
con la claridad del Espíritu de Dios que lo animaba descubrió que allí
había algo que era del mal espíritu. Pronto comprendió que era
imposible. Porque o se ajustaba a lo que ellos pensaban o no podría
hacer nada. Por eso descartó también esa tentación: porque tendría
que doblar las rodillas, lo cual en realidad, sería tanto como
renunciar a la experiencia que había tenido; tendría que hablar de
otro Dios, no de Papá-Dios. Definitivamente: no podría jamás rehacer
la esperanza del pueblo marginado desde dentro del Centro Judío sino
desde fuera, desde los márgenes, desde el pueblo que siempre había
pertenecido a Dios, pero al que los jefes habían secuestrado la promesa
y la esperanza.
Pero
¿qué pruebas dar a quienes las pidieran, de que su mensaje era palabra
de Dios?. ¿Cómo convencer a su gente de que Dios le había dicho que
era el Papá de todos y que quería la reunificación de Israel no para
dominar a las naciones sino para ser centro y factor de hermandad ahora
que Papá-Dios viniera a reinar?. Alguna acción espectacular, una señal
que viniera del cielo, tal vez predicar desde la punta del Templo, o
lanzarse desde allí y que Dios lo protegiera, qué sé yo... Pero ¿por
qué pretender sobrepasar lo humano? Dios no está en lo espectacular,
en lo extraordinario, sino en la flor que brota, en el niño que nace,
en el pueblo que se libera. Esas son las gestas de Dios, que sigue
realizando con mano fuerte y brazo poderoso; no tenemos derecho a
exigirle pruebas al amor.
‹‹Más que cosas espectaculares y fuera de la historia habrá
que ayudar a la gente -pensó Jesús- a buscar alternativas a la situación
de muerte en que viven, a que se pongan en pie y caminen, a romper las
cadenas de los oprimidos, a darles a los pobres la buena nueva de que
son los preferidos de Papá-Dios, y que de eso se van a dar cuenta
pronto››.
Mucho
tiempo le llevó a Jesús ese discernimiento. ¿Cuántos días?. No se
sabe; decir que fueron cuarenta es lo mismo que decir que fue un tiempo
largo de discernimiento, de tentación; como los cuarenta días de Moisés
en el Sinaí, o los de Elías en el Horeb; o como los cuarenta años de
Israel en el desierto.
A
lo largo de ese tiempo Jesús poco a poco, trabajosamente, fue
deslindando una posibilidad de otra, definiendo tareas, compromisos a
asumir. No un plan prefijado de antemano, ni menos un plan que le
hubiera dado Papá-Dios con todo detalle. Más bien fue llegando a una
madurez interna como nadie, desde la que se clarificó algo fundamental:
que por compartir con los demás esa experiencia de Papá-Dios, en la
que veía una fuerza liberadora enorme, estaba dispuesto a jugarse
incluso la vida; la experiencia de que Papá-Dios tenía que ver con
esta tierra, con esta historia, y que estaba a punto de llegar a ella
para transformar la situación de los hombres, si colaboraban con él.
Para eso trabajaría: para rescatar la armonía del hombre con la
naturaleza, con los animales, con el cielo, con los ángeles, con Dios:
porque el Reinado de Papá-Dios en eso consistiría: en una nueva creación,
en la que existiera la paz de las relaciones justas y nacidas del amor.
Fue
algo así como una conversión, que llevó a dejar su vida privada para
entregarse de por vida a los demás. Por lo que le quedaba de vida...
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