‹‹Los hombres me van a matar, pero yo tengo puesta mi confianza en que el Padre me rescatará››  (10, 32-34)

 (Aclaración no pedida)

Ahora sí la cercanía de Jerusalén era inminente. Y con ella, la incertidumbre amenazante. Por más que les hablara claramente de lo que preveía que sucedería en Jerusalén, no sabían nada sobre cuándo o cómo, o si podían hacer algo para evitarlo. Cuántas veces trataron de disuadirlo algunos de los discípulos, temerosos de lo que pudiera sucederles; otros, viendo que la gente aún los seguía, y todavía recordando el éxito que los había embriagado al inicio, soñaban con el triunfo de Jesús al que estarían asociados ellos como jefes del pueblo judío, cuando llegara el reino.

Por eso los desconcertaba Jesús caminando tan resueltamente hacia la ciudad santa. El no dudaba para nada. Pero eso mismo a ellos los ponía a la defensiva, y otros que iban con ellos tenían francamente miedo; -es que no tenían fe-.

 Jesús se apartó con los Doce y comenzó a hablarles de lo que ya estaba a punto de sucederle. Y les dijo: ‹‹Dense cuenta de los serio del momento: ya estamos subiendo a Jerusalén, y a este hombre lo van a entregar a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los romanos; lo van a ultrajar, a escupir, lo azotarán y lo matarán; pero el Padre lo resucitará después de tres días››.

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