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‹‹El
patrimonio de los pobres es la abundancia del Reino›› (10,
28-31)
(Respuesta a preguntas de los discípulos)
Todavía no les
quedaba nada claro. Todavía le daban vueltas a la respuesta que había
dado Jesús cuando preguntaron quién podría salvarse, a la que
respondió diciendo que humanamente es imposible.
-‹‹Entonces
¿a qué le tiramos?. ¿Dejamos todo para nada?››. Pedro abordó a
Jesús para aclarar la cuestión. Todavía había quienes flaqueaban, y
aquello no ayudaba al ánimo del grupo. Y le preguntó directamente:
‹‹A ver, Jesús, acláranos esto: tú ves que nosotros hemos dejado
todo y te hemos seguido; ¿cuál es el futuro?, ¿qué podemos esperar?.
Está bien eso del Reino futuro, está bien eso de que no seamos
ambiciosos, pero... ¿y para ahora?››.
Tenían
derecho a una respuesta clara. Y lo que Jesús les dijo no fue para
darles una tranquilidad falsa; no podía dejar de hablar del conflicto
que les esperaba. Pero también era cierto que él no idealizaba la
pobreza, el hambre, la enfermedad, como si fueran un bien; estaba claro
que eran un mal y que había que luchar contra ellas; estaba al lado de
los pobres, siendo uno de ellos, contra la pobreza. El ideal del Reino
era la abundancia, pero para todos , no para unos cuantos; la abundancia
nacida del compartir, no la originada en la injusticia, la opresión, el
despojo de otros. La abundancia de la vida era lo único que hacía
justicia a Dios, a su nombre de Padre. Y por esa causa se jugaba Jesús
la vida.
Entonces
Jesús les respondió: ‹‹Les hablo con toda la verdad de que soy
capaz: no hay nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas, o padre
o madre, o hijos o campos por causa mía y de la Buena Noticia del
Reino, que no reciba cien veces más ahora en el presente; en casas y
hermanos y hermanas, y madre e hijos, con persecuciones y, en el tiempo
venidero, la vida definitiva. Y será realidad que los primeros ahora
serán entonces los últimos, y los últimos ahora serán los primeros
entonces››.
Noten
cómo Jesús no menciona cien padres, porque Uno sólo es el Padre de
todos. En la comunidad cristiana nadie puede jugar el papel de Padre, ni
asumir su nombre; nadie es su ‘vicario’, porque no ha renunciado a
ser el dador de toda vida. También deja claro que ese destino de
plenitud no elimina la persecución ni la conflictividad en la historia,
que marca, a todo el que quiera seguirle, con la señal de la cruz. Y,
por último, una nueva advertencia contra la ambición: los primeros serán
últimos y los últimos, primeros, en ese Reino que tergiversa y pone al
revés los criterios de valoración del mundo.
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