‹‹La riqueza es un serio peligro, porque impide la relación correcta con el Padre y con los hermanos››  (10, 17-27)

(Aclaración no pedida)

Jesús decidió proseguir su camino; y apenas habían comenzado a andar, un hombre corrió a su encuentro y, dando muestras de mucha estimación y reverencia, le preguntó. ‹‹Maestro bueno, tú debes saber: ¿qué tendría que hacer yo para tener derecho a la vida eterna, así como si fuera una herencia ya asegurada?››. A Jesús, en su sencillez y en su modo tan directo que tenía para tratar las cosas no acabó de gustarle mucho aquella manera de dirigirse a él. Y comenzó aclarándole algunos puntos: ‹‹¿Qué pretendes llamándome ‘bueno’?. El único verdaderamente Bueno es Papá-Dios. Y a nadie hay que atribuirle lo que es de El. En cuanto a tu pregunta, francamente me parece que sobra. Ya conoces cómo quiere Dios que tratemos a los demás: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no despojarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre. Eso es lo que El quiere y nos manda››.

 Jesús daba por supuesto que los mandamientos que se refieren a Dios eran fundamentales; pero ya había tenido la experiencia de la capacidad de perversión que tenemos los hombres; el gran conflicto que tuvo con los fariseos lo llevaba a poner el énfasis en el amor a los demás, para que comprendiéramos, en primer lugar, que Dios no quiere de nosotros nada para sí mismo ni que cuidemos de El o de sus intereses. -¡El se cuida solo!-, sino que quiere que, si lo amamos, amemos a quienes ha dado la vida; y, en segundo lugar, que lo que a él como Padre lo hiere y ofende son las relaciones injustas con sus hijos, el desprecio a la vida y a los derechos de los pobres, los pequeños, los desprotegidos; porque en la vida de los pobres es donde está en juego la verdad de su nombre de Padre en la historia. La gloria de Dios es que el hombre viva y, sobre todo el pobre, que es quien tiene la vida amenazada. Por eso no perdía ocasión para dar relevancia a las obligaciones para con los demás.

 Pero volvamos al hombre aquel. Era un hombre bueno. Y no por vanagloriarse, sino porque era verdad, le dijo: ‹‹Desde muchacho he vivido cumpliendo todo eso››. En la respuesta se veía que quería algo más, porque si no ahí hubiera terminado agradeciéndole a Jesús su respuesta. Y Jesús descubrió ese fondo bueno, descubrió que tenía capacidad de más y, mirándolo con simpatía le gustó para que se les uniera en la tarea del Reino. Era arriesgado que entrara alguien más en ese momento en que iban a Jerusalén; no había tenido toda la experiencia anterior de la misión, de la preparación que ya llevaban los otros, pero le veía posibilidades. Y le dijo: ‹‹Mira: ya no tienes que hacer nada; lo que te falta es una sola cosa: que te deshagas de lo que tienes, compartiéndolo con los pobres; no te preocupes por de qué vivirás, que tendrás un tesoro en Dios y en su pueblo y en la libertad que da el servir sin condiciones; y cuando hayas vendido y compartido todo lo que tienes, ven y sígueme››.

 El hombre aquel no daba crédito a lo que oía. Nunca se hubiera esperado algo así. Y horrorizado ante esas palabras se dio media vuelta y se retiró entristecido. Es que tenía muchas riquezas...

 Se comprobaba lo que había dicho Jesús: que hay terrenos en donde la Palabra de Dios no puede dar fruto; uno de ellos es el corazón que se deja enredar en la trampa de las riquezas. Porque el dinero exige que se deje todo para conseguir más riquezas: la salud, el bienestar de la familia, el amor de la esposa, de los hijos, incluso la misma conciencia... es como si fuera un Dios celoso que exige la totalidad del ser. Y Jesús, mirando a los que estaban a su alrededor, dijo a sus discípulos: ""¡Cuánto les va a doler a los ricos entrar en el Reino de Dios››. (La palabra que usó Jesús era muy descriptiva: era algo así como ‘qué mal hígado les hace a los ricos entrar al Reino...’).

 Ahora los sorprendidos fueron los discípulos. Todo mundo pensaba que las riquezas no sólo eran una bendición, sino que eran una señal de predilección de Dios, que a los buenos daba bienes aquí en la tierra, y a los malos, en cambio, males. Por eso los pobres, los enfermos, las estériles, los huérfanos, las viudas eran menospreciados. Y ahora Jesús volvía a poner las cosas de cabeza, diciendo que si a alguien le iba a costar entrar al Reino de Dios era precisamente a los ricos...

 Jesús notó la sorpresa, y volvió a remarcar su afirmación: ‹‹De verdad, hijos, -así trataban los maestros a sus discípulos; y Jesús estaba hablándoles como maestro-, para todos es penoso el camino al Reino; pero para los ricos... Es más fácil pasar por el ojo de una aguja una soga de esas que se usan para amarrar las barcas, que el que un rico, siendo rico, entre en el Reino de Dios››.

 Los discípulos no salían de su asombro; la pregunta obvia era: ‹‹Si ellos no, entonces ¿quien se podrá salvar?››. Tenían razón. Entrar al Reino de los cielos y salvarse, aunque no eran exactamente lo mismo, eran cosas que rebasaban la capacidad humana. Pero Jesús contestó sólo al asunto de la entrada de los ricos al Reino, y dijo: ‹‹Para los hombres definitivamente es algo imposible, pero no para quien está de parte de Dios: porque para Dios todo es posible››.

 Con esto Jesús llegaba al fondo del asunto. Dios no es un gran mago que anda haciendo cosas sorprendentes, como pasar camellos -así se llamaba a unas sogas gruesas, que servían para amarrar las barcas- por los ojos de las agujas, o como meter ricos al Reino; pero hay algo que si puede hacer, y que para los hombres es imposible: hacer que un rico se haga pobre y así pueda entrar al Reino de Dios como a su propia casa, sin sentirse mal en ella, como herencia dada por el Padre.

Volver a la WEB

Anterior    Volver a la página anterior                                   Continuar leyendo: Página siguiente    Siguiente