(Corrección a conductas inadecuadas de los discípulos)
Llegaron varias
mujeres, que le traían a Jesús a sus niños para que los tocara y bendijera.
Era mucho de alboroto que se había armado, de gritos, de llantos, de risas. Y
los discípulos se molestaron y las detuvieron y les prohibieron que se los
acercaran. No les parecía que, en ese momento en que iban a Jerusalén al
triunfo -así pensaban- se entretuviera en algo tan poco importante.
Decididamente
algo no estaba funcionando en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de
Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó mucho con ellos; su
paciencia también tenía límites; si algo no toleraba era el desprecio hacia
los marginados. Y les dijo con mucha energía: ‹‹Dejen que los niños se
me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que
su Reinado sea precisamente en favor de ellos?. ¿No entienden todavía que en
el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el
mundo?››
‹‹Anden,
acérquenme a sus niños, no tengan miedo››. Algunos niños todavía
miraban con recelo a Pedro, a Santiago, a Juan; y atrayéndolos a sí, Jesús
los abrazaba y los bendecía y les imponía las manos, para que sobre ellos
viniera la benevolencia del Padre.
Cuando
ya la gente se iba yendo, Jesús dijo a sus discípulos: ‹‹Miren, les digo
esto muy en serio: aprendan de los niños, porque el que no se acerque al
Reino con la confianza incondicional que tienen ellos, no va a entrar en él.
Como nadie los toma en cuenta, cuando alguien se fija en ellos y los acepta
responden con un agradecimiento y apertura totales; todo lo reciben de buena
gana, sin poner peros; y así hay que recibir el Reino: sin ponerle
condiciones, sin exigir nada, con la conciencia de que se recibe algo que no
se merece, pero que al Padre le ha parecido bien regalárnoslo. Ante el Reino
no hay merecimiento que valga››.