‹‹A Dios le importan los que el mundo desprecia: son los destinatarios de su Reino›› (10, 13-16)

(Corrección a conductas inadecuadas de los discípulos)

Llegaron varias mujeres, que le traían a Jesús a sus niños para que los tocara y bendijera. Era mucho de alboroto que se había armado, de gritos, de llantos, de risas. Y los discípulos se molestaron y las detuvieron y les prohibieron que se los acercaran. No les parecía que, en ese momento en que iban a Jerusalén al triunfo -así pensaban- se entretuviera en algo tan poco importante.

 Decididamente algo no estaba funcionando en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó mucho con ellos; su paciencia también tenía límites; si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo con mucha energía: ‹‹Dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente en favor de ellos?. ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el mundo?››

 ‹‹Anden, acérquenme a sus niños, no tengan miedo››. Algunos niños todavía miraban con recelo a Pedro, a Santiago, a Juan; y atrayéndolos a sí, Jesús los abrazaba y los bendecía y les imponía las manos, para que sobre ellos viniera la benevolencia del Padre.

 Cuando ya la gente se iba yendo, Jesús dijo a sus discípulos: ‹‹Miren, les digo esto muy en serio: aprendan de los niños, porque el que no se acerque al Reino con la confianza incondicional que tienen ellos, no va a entrar en él. Como nadie los toma en cuenta, cuando alguien se fija en ellos y los acepta responden con un agradecimiento y apertura totales; todo lo reciben de buena gana, sin poner peros; y así hay que recibir el Reino: sin ponerle condiciones, sin exigir nada, con la conciencia de que se recibe algo que no se merece, pero que al Padre le ha parecido bien regalárnoslo. Ante el Reino no hay merecimiento que valga››.

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