‹‹La mujer no es inferior al hombre›› (l0, 2-12)

(Respuesta a preguntas de los discípulos)

Había querido que la gente no se enterara, pero era imposible y se le juntó mucha gente y se puso a enseñarles, haciendo un paréntesis en su plan de instruir a los discípulos. En eso estaba cuando llegaron unos fariseos, abiertamente en plan de ponerle trampas. Querían enredarlo en las discusiones de casuística que tenían. Era conocida de todos la manera como Jesús defendía a la mujer, incluso a las prostitutas; yendo contra las costumbres judías había aceptado mujeres entre el grupo de sus discípulos y seguidores (cualquier otro maestro pensaría que se rebajaba).

 Se acercaron los fariseos a Jesús y le preguntaron a rajatabla: ‹‹¿Qué piensas acerca del divorcio?. ¿Puede un hombre repudiar a su mujer?››. Jesús estaba en terreno difícil. Les regresó la pregunta: ‹‹¿Qué dejó escrito Moisés?››. (De hecho Moisés mismo había repudiado a su mujer Séfora). Ellos, conocedores de la Ley, le citaron lo que estaba escrito en ella: ‹‹Si una se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de la casa, y ella sale de la casa y se casa con otro, y el segundo también la aborrece, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de la casa, o bien muere el segundo marido, el primer marido, que la despidió no podrá casarse otra vez con ella, pues está contaminada; sería una abominación ante el Señor››.

 En tiempos de Jesús había dos maestros, Hillel y Shammay, que habían jugado un papel muy importante precisamente en este asunto del divorcio. Ambos pensaban que el divorcio era un privilegio concedido por Dios a los varones judíos. Y discutían la interpretación de aquella frase ‹‹algo vergonzoso››. Shammay lo interpretaba como una falta seria, por ejemplo, si la mujer cometía adulterio; Hillel, en cambio, pensaba que podía ser incluso algo tan banal como si la esposa hubiera dejado que se quemara la comida. Y esta escuela era la que se había impuesto; favorecía absurdamente al hombre, y dejaba en franca desprotección a la mujer.

 Y Jesús les dijo: ‹‹Pero ¿por qué escribió Moisés aquello?. Porque por la cerrazón de sus corazones no eran capaces de cumplir el proyecto de Dios. Pero al principio de la creación no fue así; Dios los creó varón y hembra; a ambos los creó el mismo Dios. Más aún: la mujer es razón suficiente por la que se justifica que el hombre deje a su padre y a su madre, sus raíces, su protección para unirse a ella de tal manera que ya no son dos seres sino uno solo. Por eso, lo que Dios ha unido, que el hombre no se atreva a separarlo››.

 La novedad de esta afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizada no sólo las opiniones de aquellos respetados maestros, sino incluso la misma motivación de la ley de Moisés. Y daba por tierra con las pretensiones de superioridad farisea, que despreciaba a la mujer, como despreciaba a los niños, a los pobres, a los enfermos, al pueblo. Nuevamente se ponía Jesús de parte de los rechazados, los marginados, los ‘sin derechos’, al defender a la mujer.

 Pero los discípulos compartían las mismas ideas de los fariseos en esto; por eso no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar. Jesús no explicó mucho más; simplemente les amplió las consecuencias de aquello: ‹‹Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio››.

 -Esta última frase no creo que la haya dicho Jesús, porque no era costumbre judía que una mujer repudiara al marido; pero esto sí se daba entre los romanos, que reconocían más derechos a la mujer. La comunidad de la que me llegó la tradición de estas palabras de Jesús ya había reinterpretado su pensamiento y lo había aplicado a su situación, de manera muy válida, creo yo, porque correspondía a su pensamiento de igualdad entre hombre y mujer y a la manera como entendía el proyecto originario del Padre sobre el amor humano-.

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