‹‹Estad al servicio de los últimos, de los pequeños›› (9, 36s)

(Aclaración no pedida)      

A Jesús le gustaba hacer las cosas ‘de bulto’, como decimos. Se levantó y se dirigió a donde estaba jugando un niñito, todo lleno de tierra, con la cara sucia, el pelo revuelto. Lo llamó y lo abrazó, y así abrazado con ternura se lo trajo y lo puso de pie allí en medio de ellos, como se les propusiera un modelo.

 Los niños pequeños eran considerados apenas un proyecto de hombre y, como tales, no eran tenidos en cuenta por los judíos. Pronto adquirían la mayoría de edad, a los doce años, pero mientras tanto no contaban. Por eso les extrañó más todavía a los discípulos lo que luego les dijo: no sólo se trataba de servir, sino de ponerse al servicio de los últimos de la sociedad. ‹‹El que reciba a uno de estos niñitos en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí no es a mí a quien recibe, sino al que me envió. Quien mira por los marginados por la sociedad, mira por el Padre››.

 Eso que Jesús revelaba, nuevamente con una paradoja, era muy serio: Jesús identificaba su propia suerte y la de Dios con la suerte de los niños, los que no tienen derechos ni quien mire por ellos, los últimos, los despreciados, los no tenidos en cuenta. Porque en realidad todo él se identificaba con ellos: se había puesto de su lado, había asumido su causa como propia. Por eso decía que todo servicio hecho a ellos se le hacía a él mismo y, en definitiva, al Padre. Nuevamente ponía la jerarquía de valores de la sociedad al revés o, mejor, al derecho. Una sociedad que mira sólo por los de arriba no garantiza ni el Reino ni la vida; ésta sólo puede sobrevivir en un mundo que desde abajo mire por los de abajo, los que no tienen derechos.

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