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‹‹Es
tiempo de cruz›› (9, 30-32)
(Aclaración no pedida)
Pero
ya no era tiempo de señales milagrosas. No era tiempo de pueblo. El
tiempo que quedaba era todo para rehacer la fe de sus discípulos. Y yéndose
de allí atravesó Galilea. Y no quería que nadie supiera a dónde
iban, porque iban instruyendo a sus discípulos. -Se trataba de un
cambio definitivo en su práctica: el pueblo pasaba a segundo plano ante
la urgencia del momento-.
Y
les decía, presagiando lo que iba a sucederle: ‹‹A este Hijo de
hombre lo entregan en manos de los hombres y lo matarán; pero después
de muerto, resucitará al tercer día››.
No
estaba Jesús ‘adivinando’ el futuro o ‘anunciando’ algo; les
compartía lo que él mismo había ido descubriendo en el diálogo con
Papá-Dios en la oración, en la que hablaba con él sobre la oposición
creciente que había a su proyecto y a lo que decía de El; y poco a
poco iba madurando la decisión de llegar hasta las últimas
consecuencias en el anuncio del Reino de ese Dios-Padre que se le había
revelado; lo que en un primer momento fuera un mero presagio de
conflicto cuando la prisión de Juan, se iba convirtiendo en certeza de
muerte.
Desde
ella se revelaba a sus amigos lo que preveía que sucedería, para
prevenirles contra el desaliento y la duda. Pero no lo tomaba como un
destino fatal, marcado de antemano, sino como lo normal en la historia
de los profetas. Y también la Sabiduría hablaba del justo perseguido
que pone en Dios su seguridad de ser salvado. Desde la certeza
irrenunciable en la fidelidad de Papá-Dios les expresaba también su
profunda confianza en que lo rescataría de la muerte. La fe de Jesús
se enraizaba en la creencia, común entre los fariseos, de que Dios era
el garante de la vida, resucitando a los justos después de la muerte,
el Día Final.
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