|
Tocan
a conversión (1, 9-11)
Eran tiempos de
expectativas. Se esperaba la famosa ‘edad de oro’; los poetas
latinos hablaban del Emperador como de aquel con quien cambiaría la
suerte de la humanidad. Se había forjado el mito de la famosa Pax
romana. César Augusto era venerado como el ‘salvador’, el
‘restaurador del mundo’; el ‘Dios presente’ y como tal se le
rendía culto.
Si
esas ansias se percibían en Roma, con mayor razón en nuestra tierra,
sometida bajo la dominación desde el tiempo inmemorial. Apenas habíamos
vivido la ilusión de la tierra prometida unos años, bajo David y Salomón;
luego vino el desmembramiento del reino y, hacía ya ocho siglos, la
destrucción del reino del norte, patria de diez tribus. Sólo habían
quedado en el sur las tribus de Judá y de Simeón, cuya autonomía sólo
duró poco más de un siglo; luego todo había acabado en el destierro
en Babilonia.
Recomenzó
la esperanza cuando Ciro, el ungido rey persa, permitió el retorno a
Jerusalén, y la reconstrucción del Templo. Pero luego caímos bajo el
dominio griego, el egipcio, el seléucida sucesivamente. Nuevamente
resurgió la esperanza, cuando logramos la independencia con los
Macabeos, pero otra vez vino la desilusión cuando esa dinastía judía
empezó a usurpar las funciones sagradas del sacerdocio judío, y
actuaron de manera aún más dura que las dominaciones paganas. Y,
finalmente, desde hacía ya casi 100 años, la dominación romana. ¿Cuándo
llegaría el salvador, que hiciera justicia al proyecto idealizado de
dominación judía sobre las naciones, de las que por fin tomaría
venganza?.
‹‹Haz
que resurjan nuestros jefes como el pasado y sé tú Rey sobre nosotros,
¡oh Señor único!››, era la oración de muchos judíos. ‹‹Y
brotará un retoño del tronco de Jesé... sobre el que reposará el espíritu
de Yavé... No juzgará por vista de ojos ni argüirá por oídas de oídos,
sino que juzgará en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la
tierra››. Esas expectativas de un modo nuevo eran expresadas
mediante bellas imágenes poéticas: ‹‹Habitará el lobo con el
cordero y el leopardo se acostará con el cabrito, y comerán juntos el
becerro y el león, y un niño pequeño los pastoreará. La vaca pacerá
con la osa, y las crías de ambas se echarán juntas, y el león, como
el buey, comerá paja››.
Se
trataba de un mundo hecho a la medida de los pobres, de los de abajo, no
de acuerdo a los intereses de los poderosos. Sólo el lobo que
renunciara a comer cordero entraría a ese mundo nuevo. Para muchos eso
no podría darse más que mediante la destrucción de los enemigos de
Israel, o la destrucción incluso de todo este mundo que era
irreformable, y tendría que ser creado de nuevo. Y la mayoría del
pueblo esperaba la llegada de un Mesías, cuya tarea sería primero
organizar la liberación de Israel de la dominación romana, tras lo
cual vendría el Reino de Dios sobre todo el mundo, mediante el
predominio de Israel sobre las naciones.
Un
día llegó al Jordán, junto con otros galileos, un carpintero de
Nazaret, que se llamaba Jesús (ya su nombre tenía un gran significado:
Yavé salva). Era un hombre del pueblo, formado en la mentalidad farisea,
que era la que más influía en el pueblo, a pesar de que los sacerdotes
eran de mentalidad saducea. Se sintió atraído por Juan y su mensaje.
Quizá le llamó la atención que era el primero que abría una
alternativa real de salvación al pueblo, a los que llamaban el am-ha-arez,
es decir, el pueblo de la tierra.
Realmente
no se sabe si venía con la intención de regresar, o si buscaba un
alejamiento definitivo. El movimiento de renovación de Juan no pretendía
que la gente se quedara con él. Sea como sea, esa decisión de
abandonar su pueblo, su trabajo, su madre y demás familiares para ir al
desierto cambió su vida y, (sin pretenderlo él entonces) cambió también
las nuestras.
También
fue bautizado por Juan, como todos, en el Jordán. A nadie le había
pasado lo que a él le pasó. Salió como transformado, como quien ha
visto a Dios. Después supimos que, cuando iba él saliendo del agua,
vio -hagan de cuenta- que los cielos, hasta entonces cerrados, se abrían,
para dejar paso al Espíritu de Dios, que venía sobre él, así como
van bajando las palomas, con ese susurro de alas, con esa suavidad. Y
experimentó a un Dios que se comunicaba con él con tonos nuevos, con
una ternura y cercanía insospechada, y le decía:
‹‹Tú
eres mi amado hijo, a quien quiero; estoy satisfecho de ti››.
Pero
había algo más: Jesús descubrió que ese Padre ofrecía una
alternativa de liberación al pueblo marginado y dominado religiosa y
políticamente, porque era el Padre del pueblo y era responsable de esa
paternidad.
Hay
cosas que sólo pueden decirse mediante imágenes. ¿De qué manera
podemos hablar de Dios?. Sólo usando esas imágenes que he usado: los
cielos abiertos, el Espíritu bajando a la manera como lo hacen las
palomas, la voz que se oye del cielo... Pero más allá de los símbolos,
imagínense la sacudida si tuvieran una experiencia así. Si alguien te
dijera ‹‹tú eres mi hijo››, de pronto te sentirías ligado a él
por la vida y de por vida; responsable de su nombre, de sus asuntos.
A
Jesús eso le pasó: que Dios le dijera ‹‹tú eres mi hijo
querido›› lo hizo ver todo de manera radicalmente nueva. Y obedeció
a un impulso interior de alejarse, de quedarse solo, de irse al
desierto; tenía que tomar en serio esa revelación, darle tiempo de que
se asentara, y darse tiempo para concretar cuál debía ser su respuesta
a eso que le había descubierto el Espíritu de Dios.
Jesús
fue el primero que comenzó a llamar Papá a Dios, como nadie se había
atrevido a hacerlo. Allí empezó un profundo cambio en él. Era un
carpintero que vivía en su mundito de maderas y de arreglos caseros;
pero ese descubrimiento de un Dios así ¿podía guardárselo sólo para
sí, en el gozo de la contemplación?. ¿Por qué los maestros no
hablaban de Papá Dios y, en cambio, ponían a los hombres delante de un
Dios lejano, inaccesible, al que más bien había que tratar con mucho
cuidado, con temor reverencial -y algo más que reverencial-?.
Así
comenzó para él una etapa prolongada de profundo discernimiento sobre
lo que le tocaría hacer. ¿Qué quería Dios de él?. Era un
desconocido, no tenía preparación, nadie le haría caso. Mejor
regresar a su tierra y guardarse para sí aquella experiencia, vivir de
ella. La vida cotidiana se iluminaría siempre con la luz del recuerdo
de aquel día en que Papá-Dios le dijo: ‹‹Tú eres mi hijo querido,
estoy satisfecho de ti››. Sería como si las piedras se convirtieran
de pronto en pan con solo decirlo o pensarlo, y que nunca más pudiera
pasar hambre.
Pero
él no era ni siquiera un hijo de un sacerdote, como Juan, el maestro;
no era profeta ni hijo de profetas; era carpintero, de padre carpintero
y de madre pobre, una bella y aún joven nazarena pobre, sencilla, pero
en cuyos ojos casi podía ver a Dios cuando le hablaba de El siendo
chico. ‹‹Y, por cierto, -pensaba Jesús- lo que ella me decía de
Papá-Dios se parece más a lo que ahora experimenté, que todas las
cosas que decían los escribas, los fariseos, los sacerdotes››. Quizá
por eso le quedaba la sensación de ‹‹eso ya lo sabía en
parte››, a pesar de su impactante novedad.
|