|
La
confirmación del Padre (9, 2-10)
Pasados seis días se
llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan a un monte elevado. Los tres a
los que había puesto un nombre especial: Piedra y los hijos del trueno.
Se preguntarán qué importancia tiene ese dato cronológico ‹‹seis
días››. Es una llamada de atención a quienes me lean, sobre los símbolos
de que está cargando este relato. Cuando alguien tiene una experiencia
profunda, sólo puede comunicarla, y muy a medias, a base de símbolos.
Cualquier lenguaje que pretenda ser objetivo se rompe ante la
incapacidad de encerrar la hondura de lo que se refiere a la relación
del hombre con Dios. Hasta cuando queremos expresar una experiencia
humana muy honda, las palabras se nos quedan cortas: ‹‹No sé cómo
decirlo; no encuentro las palabras...››. Y entonces recurrimos a imágenes
para expresar la profunda verdad de lo que hemos experimentado. Les
hablo, pues, de lo que sucedió a Jesús a los seis días: el día séptimo,
o día de plenitud. Pero lo digo mediante símbolos: no pregunten si así
exactamente fue como sucedió; busquen el mensaje detrás de los símbolos:
el Padre confirmó todo el caminar de Jesús, y el nuevo rumbo que ahora
tomaba, al enfrentamiento más definitivo con las autoridades judías,
con todas sus consecuencias.
-Un
ejemplo muy sencillo les ayudará a entender el símbolo fundamental de
este pasaje de transfiguración. Si una mujer sufre una angustia por la
enfermedad de un ser querido, se le nota el dolor en todo su ser: en las
arrugas de la frente, en la sombra de los ojos. El día en que
finalmente le dicen que no hay peligro, todo se ilumina nuevamente para
ella; como si se hubiera transfigurado. Los ojos le brillarán cuando
platique con sus amigas, el cielo mismo le parecerá más luminoso, y
todo vuelve a estar abierto a la vida y a la esperanza.-
La
crisis que habían experimentado Jesús y sus amigos había sido muy
honda. Una crisis de identidad que afectó la confianza entre ellos y
Jesús. Y en medio de aquel conflicto, la experiencia que tuvo del Padre
cambió todo el panorama. Desde estas claves lean lo que escribí en mi
primera redacción de este relato: ‹‹Estaba Jesús en oración y se
transfiguró delante de ellos; sus vestiduras se volvieron
resplandecientes, tan blancas como ningún lavandero en la tierra podría
blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés y conversaban con
Jesús››.
¿Qué experimentó Jesús?. Que el Padre confirmaba su caminar.
Después de aquella ‘primavera galilea’ en la que parecía florecer
una nueva esperanza en el pueblo, había constatado el fracaso: lo que
hacía para despertar la fe en el Reino no había dado el resultado
esperado; y se le había quedado clavada una pregunta: ‹‹¿Qué es
lo que ha fallado?. Yo sólo hablo del Reinado de mi Padre, y la gente y
los discípulos no entienden, sino que se centran en mí y buscan sólo
acciones prodigiosas, solución a todas sus necesidades. ¿O soy yo
quien ha fallado en algo?. ¿Toca seguir haciendo milagros?. ¿Ya no es
tiempo de ellos, sino tiempo de cruz?››.
Y
también a los discípulos llegaba clara la revelación del Padre sobre
quién era Jesús: ‹‹Este es mi Hijo, el amado; escúchenlo››.
El incomprendido, el tachado de blasfemo, de endemoniado, de loco, de
impuro, es el único que de verdad cumple lo que el Padre quiere, el se
hace responsable por la causa de la vida. Moisés y Elías, la Ley y los
Profetas, no tienen ni comparación con Jesús: es superior a ellos, y sólo
él es propuesto como norma de seguimiento.
-‹‹Maestro,
qué bueno que vinimos; deberíamos quedarnos para siempre aquí, en la
seguridad de esta revelación , en la seguridad de la oración,
cobijados por la certeza, protegidos por el Padre. Que nunca más vuelva
la incertidumbre ni la duda a nuestros corazones...››. Del asombro
que tenían, Pedro no sabía ni lo que estaba diciendo.
Permanecer
en la contemplación era una tentación. Pero de pronto la nube que los
había cubierto, (la presencia de Dios), se disipó; y ya no tuvieron
que ver ni a Moisés ni a Elías; sólo Jesús estaba con ellos. Ya no
necesitaban ni la Ley ni los Profetas, si tenían a Jesús. Esa era la
certeza que les había quedado. Jesús era la norma viva.
Y
ahora tenían que volver al camino,... que a partir de este momento los
encaminaría hacia Jerusalén, hacia la muerte amenazadora, tal vez más
cercana de lo que querrían. Tenían que bajar del monte. La revelación
no era excusa para la evasión. Y mientras bajaban, Jesús les ordenó
que no contaran a nadie lo que vieron hasta que el hijo del hombre
resucitara. Así lo hicieron, pero entre ellos discutían algo que no
acababan de comprender: qué era eso de resucitar de entre los muertos.
|