La crisis de Jesús y del grupo (8, 27- 9, 1)

     

Y en el camino les planteó a sus discípulos la pregunta que le preocupaba ya desde hacía algún tiempo: ‹‹¿Qué han oído a la gente decir de mí?. ¿Cómo me ven?. ¿Qué esperan de mí?››.

 La respuesta lo preocupó: ‹‹Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que eres Elías; otros te ven como un profeta más››. O sea, que nadie había entendido que era el mensajero último del Reino de Dios.

 Y ahora venía la pregunta que tenía miedo de plantear, pero que tenía que hacerlo; porque es más dolorosa la duda que el desengaño; en ella se jugaba el todo por el todo: ‹‹Y ustedes... ¿quién creen que soy?. ¿Cómo me ven?. ¿Qué esperan de mí?››. Pedro, el impulsivo, le dijo lo que no quería oír: ¡Qué pregunta!. ¡Si es claro que tú eres el Mesías!.

 Tampoco ellos lo entendían. Tampoco Pedro. Esperaban que él encabezaría la lucha de Israel para dominar sobre las naciones. No habían comprendido que por lo que Jesús vivía, y por lo que estaba dispuesto a morir, era por el Reinado del Padre mismo en la historia, no por ningún otro reinado de un Mesías durante mil años ni por el dominio de Israel sobre las naciones. Lo que quería era que reinara la justicia, la verdad, la vida. No habían entendido que no buscaba el poder; dejándose llevar de sus propias ambiciones no habían percibido la fuerza mortal de la amenaza que se cernía sobre él; tal vez se imaginaban que Dios lo protegía de manera mágica, y de seguro pensarían que no había nada que fuera más fuerte que él. Pero no habían entendido que el Reinado del Padre no se impone por la fuerza sino que se ofrece como amor indefenso a quien quiera abrirse a él. Y que Jesús había asumido esa manera de ser de Dios en la historia.

 Pero, además, para Jesús era sumamente riesgoso que dijeran eso de él. Roma era sumamente sensible a cualquier posibilidad de revuelta que cuestionara su imperio; los Sacerdotes, servidores vendidos a Roma por sus propios intereses, también estaban decididos a desalentar cualquier apariencia de organización contra Roma, pues sólo así podían conservar sus privilegios; los herodianos tampoco estaban dispuestos a dejar que cualquier posible levantamiento del pueblo les pusiera en peligro de perder el favor de Roma. Y señalarlo como Mesías era ponerlo en la punta de las lanzas romanas.

 Por eso les impuso una estricta orden de silencio: No anden diciendo eso de mí. Quería evitar que se malinterpretara su misión. Pero también quería evitar riesgos innecesarios. Estaba convencido de que, tarde o temprano, lo iban a matar, y sus discípulos aún no estaban preparados. Lo que esperaban de él era el poder, el triunfo, la fama. Y decidió jugarles con las cartas sobre la mesa.

 Era una lucha contra el tiempo. Los había invitado a que fueran con él, y les había compartido su misión y sus poderes para anunciar el Reino, para curar, para expulsar demonios. Eso era lo que él había hecho. Pero ahora las cosas habían cambiado. Algo le decía que llegaba el momento en que ni las palabras ni las acciones ajustarían para dar testimonio del Reino; sería necesaria la entrega de toda su persona.

 Tenía que hacerles la revelación que ellos jamás querrían oír y que no estaban dispuestos a ver; en la que Jesús se jugaba la posibilidad de quedarse solo. Pero la verdad siempre había sido la norma de su relación con ellos. Por eso comenzó a explicarles que iba a padecer mucho, que lo iban a rechazar los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y que lo iban a ejecutar; pero que estaba seguro de que Dios miraría por él y lo rescataría de la muerte.

 Les dijo eso con toda claridad, para que no quedara duda ni de la certeza que tenía ni de su decisión de llegar hasta el final. Y con eso el grupo entero entró en crisis. Y Jesús también, porque le afectaba la incomprensión de los discípulos, el desprestigio ante la gente y, sobre todo, la posibilidad de una muerte ante de tiempo, injusta, infame, no deseada ni buscada.

 Pedro no podía soportar aquello. Hablando de esa manera sólo iba a provocar una desbandada entre sus seguidores. Nadie que no estuviera loco lo iba a seguir en esas condiciones. Quiso por un momento ser prudente; se lo llevó aparte, para que no se hiciera notorio el desacuerdo y comenzó a regañar a Jesús. ‹‹¿Cómo te pones a pensar en eso?. Si toda la gente está con nosotros. Dios está contigo; ¿cómo puedes pensar que te va a abandonar?. Es cierto que muchos están en contra tuya, es cierto que andan buscando la forma de acabar contigo y con nosotros. Es cierto también que tú tienes mucha culpa, por la manera como te has enfrentado a ellos y a la Ley. Pero ahora tenemos más fuerza que nunca. No puedes ya dar marcha atrás ni desilusionar al pueblo, si es verdad que amas a la gente y que crees en el Padre del que hablas››.

 Para ambos fue un momento difícil. Jesús comprendía que aquello que les había dicho tiraba por tierra todos los planes que se habían forjado. Comprendía que aquello los desilusionaba y que era para desanimar a cualquiera. Comprendía la frustración de Pedro. Pero no podía dejar que esa crisis desdibujara la claridad con la que había hablado. Por eso decidió aclarar todo de una vez para siempre. Y llamando a todos los discípulos le dijo al pobre Pedro lo que jamás dijo a nadie: ‹‹Quítateme de enfrente, Satanás, Tentador. ¿Qué más que las cosas no llegaran a ese extremo?. ¿No crees que esos planes de triunfo que me presentas no son tentación para mí?. Pero tu problema es que no entiendes el modo de ser de Dios, no entiendes su Reinado; sólo piensas en el poder a la manera humana››.

 Y no bastaba todavía. Había que sacar las consecuencias. Y Jesús las sacó. Y llamando a todos -también a ustedes, los lectores- junto con los discípulos, les dijo: ‹‹Ya no tengo más palabras que decirles. Si después de esto todavía alguien quiere seguirme, quiero que sepa a dónde voy. Ya no se trata más de milagros y curaciones, sino que tendrán que renunciar a sus propios intereses y cargar con la posibilidad de una condena a una muerte infame e injusta, como yo››.

 Sonaba imposible que alguien quisiera así seguir con él. Era como caminar al fracaso. Por eso les dijo que lo que estaba en juego en la decisión que enfrentaban era la vida misma. ‹‹Si alguien quiere asegurar la vida, guardándola como en conserva, la perderá; pero quien la arriesgue por la causa del Reino, mi causa, la causa del evangelio, la salvará. Y piensen: ¿de qué les servirá conquistar el mundo entero, a costa de su vida?. ¿Qué pago podrían dar a cambio de ella?. Pues sepan que aquel que se avergüence de mí y de las exigencias del Reino ante los demás, también el hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre entre los ángeles santos››. La paradoja que Jesús vivió y cuya verdad experimentó a fondo: que la existencia humana sólo se asegura definitivamente a través de la muerte.

 Y para compartirles su esperanza, concluyó: ‹‹Sepan que algunos de ustedes no morirán antes de haber visto que el Reinado de Dios ha llegado en poder››.

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