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Como un ciego (8, 22-26) Exactamente igual que
un ciego que le trajeron cuando llegó a Betsaida pidiéndole el favor
de que lo tocara para curarlo. Jesús lo tomó de la mano y lo fue
llevando a las afueras del pueblo; en los márgenes, lejos de la
multitud, era donde se sentía menos amenazado. Mojó los dedos con
saliva y le tocó los ojos, imponiéndole las manos. ‹‹¿Ves
algo?›› -le preguntó-. Nunca había hecho Jesús una pregunta
parecida. Jamás dudó de la fuerza de Dios que actuaba a través de él.
Pero no era indiferente a las reacciones de la gente, sino que lo
afectaban. Primero, la oposición frontal de los fariseos y herodianos;
luego la persecución de los escribas enviados de Jerusalén a
satanizarlo; junto con ellos, la persecución de su propia familia;
después, la incomprensión creciente de los discípulos, la incomprensión
de su propio pueblo... La falta de fe por todos lados, excepto donde no
la esperaba: entre paganos. Y ese ciego que tenía delante, ¿tendría
suficiente fe como para ver que Dios estaba con él?. |
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