Como un ciego (8, 22-26)

   

Exactamente igual que un ciego que le trajeron cuando llegó a Betsaida pidiéndole el favor de que lo tocara para curarlo. Jesús lo tomó de la mano y lo fue llevando a las afueras del pueblo; en los márgenes, lejos de la multitud, era donde se sentía menos amenazado. Mojó los dedos con saliva y le tocó los ojos, imponiéndole las manos. ‹‹¿Ves algo?›› -le preguntó-. Nunca había hecho Jesús una pregunta parecida. Jamás dudó de la fuerza de Dios que actuaba a través de él. Pero no era indiferente a las reacciones de la gente, sino que lo afectaban. Primero, la oposición frontal de los fariseos y herodianos; luego la persecución de los escribas enviados de Jerusalén a satanizarlo; junto con ellos, la persecución de su propia familia; después, la incomprensión creciente de los discípulos, la incomprensión de su propio pueblo... La falta de fe por todos lados, excepto donde no la esperaba: entre paganos. Y ese ciego que tenía delante, ¿tendría suficiente fe como para ver que Dios estaba con él?.

 Era una fe muy a medias. Por eso fue un milagro muy a medias. Le dijo, alzando la vista como esforzándose por aclararse la vista: ‹‹Sí, creo que ya veo los hombres; porque veo como árboles que caminan...››.

 Era lo que les pasaba a sus discípulos y a la gente: que no lo veían como lo que era. Pero ¿cómo lo veían?. La pregunta le escocía a Jesús. Y era algo que tendría que aclarar sobre todo con sus discípulos. Porque la situación era cada vez más difícil, y él veía que lo que en un primer momento vio como una mera amenaza lejana de muerte, se iba convirtiendo en algo verdaderamente probable. Y sus discípulos aún no veían ni tenían claridad para asumir la continuación de su obra...

 Jesús volvió a imponer las manos al ciego aquel sobre los ojos, y comenzó a ver perfectamente y veía todo desde lejos y con claridad. Y le envió a su casa diciéndole : ‹‹Ni siquiera pases por el pueblo››. Jesús ya no quería arriesgarse para nada a una popularidad indiscreta, sobre todo cuando nadie lo entendía.

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